Recordar mis datos | ¿Olvidaste tu contraseña?

A fondo

Mario Monti: El poder de la 'famiglia'

Carlos Manuel Sánchez

Mario Monti tiene fama de hermético. Tanto que llegó a responder con un «no comment» a un periodista que le preguntó por el nombre de su perro, un golden retriever.

"El nuevo César", lo bautizó la revista 'Time' cuando fue nombrado primer ministro de Italia sin pasar por las urnas. Y lo definió como el salvador de Italia y el hombre más importante de Europa. A pesar de las durísimas recetas económicas que Mario Monti ha aplicado durante su mandato y de su perfil tecnocrático y muy reservado, es el favorito para volver a ser primer ministro. Y eso que no se presenta como candidato en las elecciones de finales de este mes. Pretende que una coalición de partidos de centro que apoyan su programa político y económico, y que aspiran a conseguir la mayoría de diputados, lo elijan tras los comicios. Pero ¿quién es el mejor aliado de Monti? Su mujer: Elsa. A los italianos les fascina la solidez de este matrimonio y la normalidad que transmite. Les inspira confianza en tiempos difíciles.

Mario Monti y Elsa Antonioli forman una de esas parejas cuyos rasgos faciales son un calco el peinado, la disposición de las canas, las arrugas sin retoques, la nariz senatorial... hasta las gafas. Cuarenta años de convivencia los han amalgamado casi a nivel molecular. El diario La Repubblica titulaba que la señora Monti es una fotocopia de su marido. «Elsa fue mi primer amor», confesó Monti [Varese, 69 años] en una de las pocas entrevistas en las que ha dejado entrever algún retazo de su intimidad. «Soy una persona de muchas monogamias: la Bocconi [Universidad de Milán de la que fue rector y donde se prepara a la élite financiera], Europa, el Corriere della Sera [diario en el que lleva media vida publicando]. Creo en el valor de la continuidad». La señora Monti, de 68, licenciada en Ciencias Políticas, es el arquetipo de la mamma; viga maestra de la matriarcal sociedad italiana. El noviazgo fue corto porque Monti, recién licenciado en Economía, decidió viajar a la Universidad de Yale, en Estados Unidos, para continuar su formación, así que Elsa tomó la iniciativa y lo amarró antes de que volara. Fue un ultimátum. «Le dije que yo no estaba dispuesta a esperar a que volviese, así que le pedí matrimonio». Se casaron muy jóvenes, en 1970. Monti suele decir que tiene dos presidentes: «El de la República y mi esposa, que es la que manda en casa».

Elsa tiene fama de distante y fría. Siguió a su marido a Bruselas cuando fue nombrado comisario europeo en 1995 y pronto la apodaron Madame Findus. A Monti también lo han criticado por su gelidez y a veces lo pintan como a un tecnócrata robotizado. Es tan reservado que en cierta ocasión le respondió «no comment» a un periodista que le preguntó por el nombre de su perro, un golden retriever. Ninguno de los dos es proclive a los actos sociales, a excepción de la misa dominical y la ópera, pero quienes los frecuentan hablan de su amabilidad. Ella es voluntaria de Cruz Roja desde hace veinte años y dirige la delegación de Milán. «El voluntariado es un trabajo, y a veces trabajo de la mañana a la noche y no me da tiempo a hacer la compra y la nevera se queda vacía, pero mi marido es muy tolerante», puntualiza. Forman un matrimonio chapado a la antigua. El reverso de la perpetua bacanal de Berlusconi. «¡Por fin una señora en el palacio Chigi!», se admiraba una columnista de la Stampa. Sencilla y elegante, con predilección por los pantalones y la ropa de Armani y Raffaella Curiel y, sobre todo, en paz con su edad. Ni bótox ni bisturí. Y la comparaba con Verónica Lario, la ex de Berlusconi, que nunca se mudó a Roma ni participó en compromisos institucionales.

A los italianos, hastiados de 'bunga-bunga', les fascina la sobriedad de la pareja. Alta burguesía lombarda, afincados en el barrio milanés de Magenta. Dos hijos Federica y Giovanni, cuatro nietos. Elsa reconoció a la revista Chi que Monti solo se interesó por sus hijos cuando tuvieron suficiente madurez como para debatir con él. «Mi marido se volcó con los chicos muy tarde. Los quiere muchísimo, pero hasta que no ha habido entre ellos un intercambio intelectual no ha estado tan presente. Según crecían, la relación fue cambiando».

Ese gusto por la discusión es clave en la personalidad de Monti. Es un polemista temible que jamás levanta la voz. Lo sabe bien Angela Merkel. «Discutí con ella a las cinco de la mañana del 20 junio de 2012 durante un consejo europeo. No está acostumbrada a que alguien se le oponga con tanta dureza», recuerda. Aquel pulso dialéctico cambió la historia reciente de Europa. Las primas de riesgo de Italia y España se acercaban a niveles catastróficos. La tenacidad de Monti obtuvo unas mínimas concesiones de la canciller germana, suficientes para que los mercados aflojasen algo la presión sobre la yugular de las economías italiana y española. Jamás estuvo la UE tan cerca del abismo. Y añade: «Dicen que soy imperturbable. Y que eso lo aprendí de los jesuitas. Estudié diez años con ellos. Pero lo que aprendí en el colegio fue otra habilidad. En una ocasión [el excanciller alemán] Gerhard Schröder, después de una negociación agotadora en la que yo no podía darle lo que pretendía, me dijo: '¿Usted ha estudiado en los jesuitas? ¿Sí? Ah, entonces por eso argumenta, argumenta y no concede nunca nada».Sus profesores recuerdan que destacaba en griego, latín y literatura. «Su boletín de notas era un florilegio de sobresalientes, pero una vez suspendió en gimnasia era un poco torpe. No tenía madera de líder. Tampoco le interesaba la política», rememora el padre Umberto Librallato. Lo que le apasionaba a Monti era el estudio de las lenguas extranjeras, pero se decantó por la economía. No en vano su padre era banquero, nacido en Argentina de emigrantes italianos que prosperaron con una fábrica de cervezas. «Procuró siempre darme una educación equilibrada». A los 16 años le pagó sendos viajes, primero a la Unión Soviética y después a Estados Unidos. «Quería que mi hermana y yo nos hiciésemos una idea de las dos potencias. Funcionó, aunque tuve un pequeño contratiempo con los jesuitas. Escribí un artículo para la revista del colegio en el que elogiaba el sistema escolar soviético. Era una opinión sincera. Pero al poco me llegó una carta del padre rector en la que me explicaba que lo había censurado porque mi punto de vista era ingenuo sobre un sistema peligroso desde el plano ético. Él tenía razón, pero reaccioné con rabia y rompí la carta en pedazos», relata.

Fue casi su único acto de rebeldía juvenil. «Tuve una juventud tranquila. No he sido precoz para nada. Nunca he sido una persona triste; tampoco alegre. No tengo el don de ser sociable. He tenido que dar muchos discursos en mi vida en cenas de gala y siempre es un suplicio. Tampoco soy capaz de contar un chiste, aunque me solía reír con los de Berlusconi, que es un artista en el género», reconoce Monti, que entre sus pocas extravagancias cuenta la de ser aficionado a la egiptología y supersticioso [le dan pavor los gatos negros]. Lo que más le gustaba era salir de excursión con su bicicleta, su tienda de campaña y su radio de onda corta. «No era una forma de evadirme, sino de estudiar otros idiomas y sobre todo de conectar con el mundo». Su vocación europea y transnacional ya se adivina ahí. «En 1958 escuché en onda corta el mensaje en clave que daba comienzo a la guerra de Argelia. Y en 1960 el discurso de investidura de Kennedy».

Sus años más felices fueron los de rector. «Mi amada Bocconi ha sido la cosa más importante de mi vida profesional». Su reputación se forjó como docente y teórico, defensor a capa y espada del libre mercado. Pero su fama llegó durante sus años de comisario europeo de la competencia, cuando se ganó el sobrenombre de Super Mario. No se arredró ante las multinacionales. Su pugna con Bill Gates fue sonada y Microsoft tuvo que apechugar con un multazo de 497 millones de euros por abuso de su posición dominante. También aprovechó la ocasión para cultivar contactos influyentes. Un ejemplo: Coca-Cola, a la que se enfrentó, lo fichó como asesor; así como Goldman Sachs, el banco que simboliza los peores excesos de Wall Street y que ayudó a Grecia a ocultar su deuda para que entrase en el euro y luego, valiéndose de esta información privilegiada, apostó a que se hundiría. Monti fue introduciéndose en los círculos de poder en la sombra, think tanks y clubes muy herméticos e influyentes, como la Trilateral, fundada por Rockefeller, o el Grupo Bilderberg. Lo que le ha granjeado cierta imagen oscurantista y de poco apego a la democracia. De hecho, llegó a la jefatura del Gobierno porque se lo pidió el presidente, Giorgio Napolitano, pero como explica Elsa: «Todos estaban de acuerdo con que Mario tomase los mandos. No había alternativa ante la difícil situación del país. Se lo tomó como un deber».

Su reforma más polémica ha sido la del estatuto de los trabajadores para facilitar el despido libre. Y su metedura de pata más recordada fue decir que «los jóvenes tienen que acostumbrarse a la idea de que no tendrán un puesto fijo de trabajo para toda la vida. Por otra parte, digamos la verdad, ¡qué monotonía tener un puesto fijo para toda la vida. Es más bonito cambiar y tener desafíos!». Su propio desafío es que los italianos confíen en él como el único capaz de alejar a Italia de la quiebra.

publicidad
publicidad
publicidad