28 de Noviembre, 05:08 am

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Juan Manuel de Prada

Obsesiones capilares

llave

Hubo una época de mi vida coincidiendo más o menos con los estertores de la adolescencia en que empecé a obsesionarme con la caída del cabello. Al levantarme, recolectaba los pelos que se habían desprendido en el curso de mis horripilantes sueños; luego, en el lavabo, mientras me peinaba (procuraba hacerlo muy someramente, sin hincar demasiado las púas), continuaba con aquella labor paranoica, hasta sumar una cantidad de bajas nada insignificante, próxima a la cincuentena. Yo había leído en alguna de esas enciclopedias médicas que se vendían por fascículos (muy recomendables para hipocondriacos y enfermos imaginarios, pues les suministraban una dosis semanal e infalible de zozobras) que la caída del cabello puede considerarse enfermiza cuando supera esa cifra fatídica, así que afrontaba el día con la preocupación de no admitir ni una baja más, como el estratega a quien le han encomendado la defensa de una plaza y no parece dispuesto a retroceder ni un solo centímetro. Para no franquear esa barrera, practicaba los hábitos más estrafalarios e hilarantes, o tal vez supersticiosos: caminaba siempre por la acera de sombra (suponía que la luz solar resecaba el cabello y calcinaba los folículos pilosos), me inventaba excusas laberínticas para evitar el ejercicio físico (suponía que el sudor, aliado con la natural tendencia grasa de mi cuero cabelludo, propiciaría una mayor hecatombe capilar) y evitaba rascarme, sobre todo en la coronilla, que suele ser la zona donde más arraiga la calvicie. Incluso ideé un sistema de ventilación que consistía en exponer el cráneo a las corrientes de aire, pensando que esta refrigeración rudimentaria estimularía la vasodilatación y la actividad metabólica del cuero cabelludo.

Pese a todos mis desvelos, mi cabello proseguía su vocación otoñal. Recuerdo que una vez, en clase de Literatura, me ordenaron salir a la tarima para hacer 'análisis de texto' (atrocidad pedagógica solo comparable a la moda de los conjuntos con que nos empedraron las clases de Matemáticas) a costa de un poema de Gustavo Adolfo Bécquer. Mientras lo declamaba con voz acongojada y pretendidamente emocionada, un pelo se desprendió de mi flequillo y fue a aterrizar sobre los versos donde el putero de Bécquer se las daba de delicado, glosando el regreso de las golondrinas. A mí, la caída de aquel cabello irrecuperable me conmovió mucho más profundamente que las observaciones que el autor de las Rimas hacía a propósito de los movimientos migratorios de las aves, y empecé a llorar con una sensación mixta de rabia y desposeimiento. La profesora de Literatura, que debió de notar la calidad trémula de mi voz, me exoneró de destripar el poema y me subió un poco la nota, supongo que en consideración a mi acendrada sensibilidad. Desde entonces, no me he atrevido a abrir otra vez aquel libro, convertido ya para siempre en catafalco de mi alopecia incipiente y fantasmagórica.

Aquel verano veraneé en Castelldefels, uno de esos cónclaves donde la gente se obceca en la tarea plebeya de ligar bronce. Yo frecuentaba mucho la piscina del hotel, para entretenerme en la contemplación de las macizas del lugar, pero por supuesto me abstenía de zambullirme, por miedo a que las salpicaduras de agua clorada devastasen mi cabello. A pesar de evitar las inmersiones en aquella charca con temperatura de caldo donde los jubilados alemanes meaban a escondidas la borrachera de la noche anterior, el pelo seguía cumpliendo las leyes de la gravedad, así que decidí cortármelo al cero. El peluquero que perpetró el desaguisado me recomendó que me empapase el cráneo mondo con una loción llamada ronquina, que olía como a pachulí rancio y tenía el mismo color que aquella cerveza de garrafón que los guiris y demás homínidos regurgitaban en plena calle, mientras entonaban una versión del ¡Que viva España!, a mitad de camino entre un himno marcial y un concurso de ladridos.

La ronquina era un remedio menos fiable todavía que aquellos crecepelos milagrosos que vendían los charlatanes de feria en las películas del Oeste, pero para mí fue mano de santo, supongo que por efecto de la sugestión. Desde que me asaltaran aquellas tribulaciones han pasado ya cinco lustros; y mi pelo, milagrosamente, sobrevivió lustroso a mis temores y aprensiones. Ahora, mientras lo veo encanecer a ritmo galopante, como un estandarte prematuro de la vejez, me río de mis tribulaciones adolescentes; me río, en realidad, por no llorar, porque sé que contra la decrepitud no hay loción capilar que valga. 

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