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Juan Manuel de Prada

Año Nuevo

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Año nuevo, vida nueva», reza el refrán, que aquí más que refrán es tópico; y que, como con frecuencia ocurre con los tópicos, constituye una perogrullada, o tal vez una falsedad. En realidad, la vida es nueva siempre; cada año, cada día, cada hora, cada minuto y cada segundo traen cosas nuevas a nuestra vida: personas nuevas, libros nuevos, tristezas y diversiones nuevas; y hasta aquello que no es nuevo o sigue siendo lo mismo puede ser mirado de modo nuevo y distinto, porque cada cosa que existe en el mundo es en sí misma una fábrica incesante de novedad. Pero, con cada año que empieza, formulamos propósitos para iniciar una vida nueva; y aquí es donde empezamos a cagarla. 

 Con esto no pretendo decir que la vida deba carecer de propósito, si por 'propósito' entendemos finalidad o sentido. Una vida sin finalidad es una vida desvertebrada y hueca; e, inevitablemente, acaba sucumbiendo al caos. Pero esa finalidad que vertebra y nutre una vida no es algo que pueda cambiarse cada vez que empieza un año, salvo que seamos los seres más tarambanas y voltarios del mundo. Por supuesto, en el camino de la vida podemos cambiar de finalidad unas cuantas veces, pues para eso Dios nos creó libres (y podemos hacerlo para salvarnos o para perdernos); pero cambiar de finalidad exige una metanoia completa, una conversión radical y exigente que excede esos 'buenos propósitos', mucho más modestos, con que iniciamos el año. Pero el caso es que en estos 'buenos propósitos' está el peligro. 

 Porque al formular 'propósitos' nos hacemos, inevitablemente, 'ideas' de las cosas. Así, por ejemplo, si uno es escritor, puede formularse el propósito de escribir un libro en el año que empieza; e, inevitablemente, al formular tal propósito, se hará una 'idea' sobre tal libro que aún no ha escrito (por supuesto, una 'idea platónica' llena de perfecciones, pues nadie imagina que va a escribir un libro chapucero o birrioso). Una vez formulado ese propósito, puede ocurrir que concluya el año sin que el libro haya sido escrito, por las razones más variopintas (bien porque hemos sido perezosos en demasía, porque la inspiración no nos ha iluminado o porque en nuestra vida se han cruzado otros acontecimientos, fastos o nefastos, que lo han impedido); y, aunque tales razones no sean achacables del todo a nosotros, nos aplastará un sentimiento de derrota. Puede ocurrir, por el contrario, que logremos acabar el libro que nos propusimos escribir; pero, por intenso que haya sido el proceso de creación, el resultado final no será tan perfecto como habíamos imaginado en un principio, cuando concebimos la 'idea platónica' del libro que pensábamos escribir; y entonces nos acometerá un sentimiento de decepción. Y hasta pensaremos que hemos escrito un libro chapucero o birrioso. 

En todos nuestros propósitos subyace una idea platónica que acaba malogrando, asfixiando nuestros ímpetus y manchándonos de decepción; y es entonces cuando somos incapaces de ver nada 'nuevo' en la vida: las vacaciones que proyectamos nunca coinciden con las vacaciones que finalmente disfrutamos (y, aferrados a la idea quimérica de las vacaciones imposibles, no disfrutamos de las vacaciones reales); la casa que anhelábamos es muy diferente de la casa que finalmente pudimos comprar (que, de este modo, se convierte en el recordatorio perpetuo de nuestro fracaso); la mujer o el hombre con el que nos casamos revela más defectos de los que creíamos (y así nuestra existencia conyugal se agosta y envilece de desilusiones), etcétera. 

La única vida nueva posible, la única que disfruta verdaderamente de la incesante novedad del mundo, es la que no se deja encarcelar por ideas o patrones, la que acepta la vida como le es dada. El idealismo es la cárcel y la sepultura de la vida, aunque para embaucarnos nos presente una vida imaginaria más lustrosa y apetecible; pues nos obliga a aspirar a vidas que no son la nuestra, vidas que no son verdaderas. Solo el realismo nos permite vivir con ilusión: porque nos obliga a aceptar la vida como viene; y todo lo que viene se convierte entonces en una fuente constante de novedad. A veces, en esa novedad descubriremos sorpresa y júbilo; a veces dolor y desencanto. Pero la sorpresa y el júbilo serán plenos, porque son regalos inesperados; y el dolor y el desencanto no serán esterilizantes, sino que aquilatarán nuestro carácter.

A este año que ahora empieza uno solo le pide una vida verdaderamente nueva, sin propósitos idealistas o ilusorios. Una vida realista. 

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