Maelbeek: la guerra en las entrañas

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Cuando el tren dejó atrás la estación de Maelbeek, la explosión reventó el segundo de los tres vagones y convirtió la realidad tranquila de la mañana en Bruselas en un amasijo de hierros dentro de un túnel oscuro. En los bajos de los edificios de la Comisión, los terroristas le habían apagado el corazón a Europa. La explosión sonó a las 9:19 en las entrañas de la ciudad, una hora después de que dos hombres se volaran a sí mismos en el 'lobby' del aeropuerto de Zaventem.

Hans van der Biesen sintió el mundo moverse y supo que algo más había ocurrido en los sótanos del hotel Thon, en la Rue de la Loi. La deflagración fue tan fuerte que los ladrillos de las paredes del parking público conjunto a la estación saltaron por los aires como si le hubieran dado una patada a un dominó. Ayer, en ese aparcamiento, aún quedaban algunos coches que nadie recogió y Hans recuerda todo lo que sucedió después.

El suyo es el relato tranquilo de una batalla. «A los pocos segundos comenzaron a salir». Los primeros pasajeros ganaron la calle desde el vestíbulo de la estación contiguo al hotel y salían por su propio pie «en estado de 'shock'». Después vino la sangre.

En el hotel reunieron a su «equipo de intervención», un grupo de trabajadores entrenados para atender una quemadura en la cocina y otro tipo de accidentes menores que tomaron cuatro o cinco equipos de primeros auxilios y salieron a apagar un incendio imposible. En la acera en la que se iban acumulando los cuerpos de los heridos pusieron carros con cientos de toallas y palés de botellines de agua. «Les queríamos calmar». Una dentista de la manzana, de las primeras en llegar, practicaba los primeros auxilios. Los heridos cada vez llegaban en peores condiciones. Los servicios de emergencia creyeron entonces que lo mejor sería trasladar a los afectados al 'lobby' del hotel, un sitio hasta entonces tranquilo y limpio. «Eran 40 o 50», recuerda Hans, que describe cómo retiraron a empujones los sofás y el mobiliario para liberar el espacio que pronto se cubrió de cuerpos, algunos en condiciones terribles. Por orden de gravedad, fueron saliendo hacia el hospital. «No pensábamos, solo actuábamos. Queríamos ayudarles. Recuerdo a un niño de dos años con su madre herida. Pasaron tres horas, pero en ese momento no te das cuenta del paso del tiempo», recuerda el director del hotel que quedó ayer encerrado en la zona blindada por la Policía, que incluye varias manzanas a la redonda. Ayer, allí sólo quedaban agentes de las fuerzas de seguridad, media docena de ramos de flores y las señales sonoras de los semáforos -tacatacataca- sonando fuera de contexto sobre pasos de cebra que nadie cruzaba entonces.

A veces, después de las explosiones hay silencio. En los túneles llenos de humo y de polvo, decenas de personas caminaban hacia el exterior calladas, casi resignadas. La televisión emitió el vídeo de una de ellas andando en la oscuridad con un ramo de flores en la mano. Los militares y los bomberos sacaron a los que estaban sólo un peldaño más sanos que los muertos, mientras los trabajadores y los vecinos tomaban manos de desconocidos, acariciaban frentes y daban el poco consuelo que les quedaba.

Por la noche, en la braserie La Galia en la trasera de la manzana, el propietario, Marcel Gaillard, Hans y los otros vecinos bebieron hasta la madrugada que siguió a la pesadilla. «Queríamos olvidar», explica Marcel. Hoy saben que siempre recordarán la mañana que Maelbeek se convirtió en una guerra hasta entonces impensable. 

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