De Loewe a Caramelos Paco: los comercios que forjaron la identidad de Madrid

La historia de Madrid es, en cierto modo, la historia de sus comercios, una ristra de nombres emblemáticos que van del glamour de Loewe a la sencillez de Caramelos Paco, locales que, moneda a moneda, del real al euro, pasando por la peseta, han forjado la identidad de la ciudad castiza por antonomasia.

De todo ello dan cuenta Enrique Ibáñez y Gumersindo Fernández en 'Comercios históricos de Madrid' (Ediciones La Librería), un libro que recoge 75 establecimientos, la mitad de ellos aún en activo y los restantes desaparecidos, cuya huella en la capital resulta indeleble.

La tarea no ha resultado nueva para estos dos historiadores, que ya habían publicado obras sobre la historia comercial de Valencia y Barcelona, pero Ibáñez reconoce en una entrevista con Efe que de Madrid les llamó la atención "el componente castizo" y la ingente cantidad de material fotográfico que han logrado reunir, "el fuerte de este libro" en su opinión.

Pero si hay algo de los locales madrileños que captura la imaginación es la riqueza de su anecdotario, colmado de relatos insólitos; de hecho, los autores han descubierto cosas "que los propios comerciantes no sabían".

Por ejemplo, la disputa judicial que, en el siglo XIX, enfrentó a dos familias, ambas apellidadas Botín y ambas dueñas de un restaurante (uno de ellos considerado "el más antiguo de la ciudad"), para ver quién tenía "la propiedad intelectual del nombre".

O el suicidio del dueño del Café de Fornos, que se pegó un tiro sobre una mesa de su propio establecimiento.

Ibáñez también cita el hotel Florida, el edificio de Callao, ahora ocupado por unos grandes almacenes, desde el que Ernest Hemingway escribió sus crónicas de la Guerra Civil, siempre bien abastecido de bebida, pese a la "carestía de alcohol" que por entonces había en el país.

No menos sorprendentes son los orígenes de la confitería El Riojano, en la calle Mayor, fundada a finales del siglo XIX por un repostero real cuyos pasteles tuvieron tal éxito entre la aristocracia madrileña que se permitió el lujo de abandonar su puesto en la corte palaciega para establecerse por su cuenta.

Sin embargo, el brillo y el bullicio que antaño destilaban estos locales se ven hoy amenazados, a menudo, por una realidad económica radicalmente distinta que, en los últimos años, ha traído consigo una catarata de cierres y despidos.

"El principal problema de los comercios históricos", recuerda Ibáñez, es "el final de los arrendamientos antiguos", contratos firmados hace décadas que garantizan rentas de alquiler asequibles a unos comerciantes que, a menudo, son incapaces de afrontar un precio "de mercado" en el centro de Madrid.

Para quienes poseen la propiedad de su local o pueden sostenerse gracias al turismo, las cosas son algo más fáciles, pero para las tiendas "más tradicionales, de gente de barrio" es complicado renovar su clientela, ante lo que Ibáñez propone como alternativa "especializarse muchísimo en un solo producto".

No son las leyes del mercado las únicas que representan un peligro para los establecimientos históricos; no hay norma que preserve el patrimonio material del interior de los locales, ya que, en cualquier caso, lo único que puede gozar de protección legal es "la fachada del edificio".

A pesar de este panorama, también hay historias felices como las de Chocolates Matías López o el bar Chicote, negocios "rescatados" por descendientes de las familias fundadoras que hoy viven una segunda juventud.

No en vano, Ibáñez subraya que en el comercio madrileño existe "una línea sucesora bastante más clara" que el Barcelona o Valencia y era bastante común que la propiedad pasara "de padres a sobrinos".

Y no pueden olvidarse firmas que dieron sus primeros pasos en la capital española y han acabado convertidas en marcas conocidas en todo el país, como El Corte Inglés o La Casa del Libro, e incluso allende nuestras fronteras, como la archiconocida Loewe.

Lo que queda claro es que, desde siempre, en Madrid hay sitio para todos, tanto para el hotel Ritz como para la fábrica de Mahou, para profesionales de la vieja escuela, como los de La Moderna Apicultura o Capas Seseña, y para clásicos actualizados como La Mallorquina o el restaurante Lhardy.

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