El único edificio bursátil europeo cumple 125 años de testigo de los mercados

La vida del único edificio bursátil europeo, el Palacio de la Bolsa de Madrid, se animó con los primeros atisbos del capitalismo popular de los años 70, 80 y 90, una actividad frenética que languideció a medida de que llegaron las nuevas tecnologías a este edificio, que cumple 125 años.

Situado en la Plaza de la Lealtad, número 1, en pleno centro de la capital de España, este emblemático inmueble fue inaugurado por la Regente María Cristina el 7 de mayo de 1893.

Hoy, 125 años después, este lugar sigue siendo punto de encuentro financiero tal como se puede contemplar haciendo un recorrido por algunas de las estancias del único edificio bursátil europeo, a las que ha tenido acceso EFEempresas.

Los pasos acelerados, el humo, las voces, los papeles y, en definitiva, el ambiente frenético de antaño han ido desapareciendo a medida que se desmaterializaron los títulos, llegaron las reformas del mundo de la deuda y del Banco de España y nacieron las referencias electrónicas.

Todo ello concluyó con la gran reforma de la ley del Mercado de Valores de 1988.

Según fuentes de Bolsas y Mercados Españoles (BME), la creación de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), en 1989, trajo consigo la mayor transformación de la Bolsa española desde 1831, que necesitó 10 años de debate y análisis, y cuya puesta en marcha supuso el inicio de la desintermediación financiera.

El Salón de los pasos perdidos (o conversaciones), es, actualmente, el punto de encuentro para las conmemoraciones oficiales relacionadas con el mercado bursátil.

Sus relieves en las paredes y ángulos muestran los símbolos más característicos del comercio, la industria, la navegación o la agricultura.

Uno de ellos, el caduceo, es un símbolo recurrente en muchas estancias del edificio y proviene de la mitología grecolatina.

El edificio alberga dos bibliotecas, una de las cuales está situada en la parte alta del palacio, que ahora agrupa, sobre todo, los primeros libros de registro de las órdenes de compraventa, anotadas a mano en la sala de contratación tras ser verificadas por la junta de síndicos después de ser celebrada cada sesión.

Curiosamente, esa es la razón por la que a los agentes se le exigía tener una buena caligrafía.

Al entrar al parqué, destaca, el portentoso reloj de la Bolsa de Madrid, una réplica del que existe en la Bolsa de Amsterdam.

Dispone de tres esferas para indicar el tiempo de cotización y una cuarta que ejerce la función de barómetro, que curiosamente, se estropeó, e indica que el tiempo es variable, como la evolución misma del mercado.

La "barandilla" separaba el espacio en el que se encontraban los agentes e impedía el paso a los inversores denominados "barandilleros", que debían dar sus órdenes sin entrar en los corros.

Según las mismas fuentes de BME, en los momentos de mayor apogeo, el parqué llegó a albergar a más de 1.000 personas.

Antes de los "tickers" digitales existían los tableros mecánicos para ir registrando las cotizaciones y que las conocieran los agentes.

Aun se conservan en el actual parqué y siguen funcionando, con su peculiar tintineo.

A día de hoy, las instalaciones acogen a más de 65.000 personas al año que asisten a salidas a Bolsa, reuniones, presentaciones o cursos de formación.

El visitante se enfrenta al llegar a un edificio con forma de piano de cola invertido, sobre cuya fachada principal, en una escalinata, están dispuestas seis grandes columnas estriadas de estilo corintio que forman un primer pórtico y dan paso a ecos de un pasado reciente de la historia de nuestro país.

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