Werther: Las buenas intenciones

El comienzo es prometedor. En escena aparece un espejo que actúa de pantalla y sobre ella se proyectan imágenes evocadoras. Es el reflejo de una (¿falsa?) realidad que el protagonista atravesará de inmediato, poco antes de que el espejo se rompa y el destino le atrape. Lo que ha de suceder a partir de ese momento tiene el carisma de lo inevitable. Así lo explica Jean-Louis Grinda en la nueva producción de «Werther», estrenada en el Palau de les Arts de Valencia y realizada en coproducción con la Opéra de Monte-Carlo. A partir de ahí, el escenario es vulgar, decora sin refinamiento procurando transmitir una impresión: «¡La casa está tal y como la dejasteis!», dice Charlotte a Werther ante una habitación destartalada. Esta especie de metáfora de la realidad es un viejo recurso que, a la postre, reincide en la obviedad: cualquiera sabe (es casi un proyecto vital) que Werther hará del suicidio una forma de redención.

A la propuesta le beneficiaría que la música de Massenet se situara en el ámbito irreal de una interpretación aérea, sutil, cautivadora, también elocuente. La propuesta del maestro Henrik Nánási, director en Monte-Carlo tiene, por el contrario, se sustancia en la evidencia. Desarrollada con eficacia, no siempre exacta ejecución por parte de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, carece de algo importante: un sentido dramatúrgico que atisbe el desenlace, una atmósfera capaz de arropar la tragedia y envolver al espectador. Personalidad. La tierra de nadie es incómoda, especialmente ante una obra que juega con la muerte. Curiosamente es un asunto que preocupa poco.

El tenor Jean-François Borras canta su papel fetiche y hace una banal interpretación que añade contrasentido a la totalidad. La voz es potente en el registro agudo, apagada al apianar, la línea se dibuja sin detalle, la expresión llega vacía. Incluso Anna Caterina Antonacci queda escasa, los graves apagados, a la espera de un ángel que apenas asoma en el tercer acto logrando escasos aplausos de varios entusiastas. Sin duda, las fuerzas se concilian en esta producción logrando lo que nadie querría: «¡Es lo que llamamos morir!». Lo dice Werther.

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