Hasta un califato

Mientras Meritxell Batet va cocinando el poder armar un nuevo tripartito con Esquerra y los comunes, Quim Torra se va a Washington a explicar en el Mall de la capital federal cómo se cocina una fideuà amb allioli. El festival de la vida popular de la Smithsonian Institution tiene este año dos invitados: la República de Armenia y la cultura catalana, desde su cocina hasta los castellets. Y Torra se puede permitir ir allí a meter cuchara porque en casa las cosas no le van mal. El nuevo Gobierno de la nación da pasos, un día tras otro, para sentar a Torra a la mesa de negociación, como si a estas alturas no se hubieran enterado todavía de que con la Generalidad negociar quiere decir, exclusivamente, hacer concesiones unilaterales del Estado a la autonomía, con el fin de que ésta deje de ser tal y se convierta en república independiente.

La estrategia de Batet tiene su lógica. Al fin y al cabo el PSOE es un partido centenario que siempre se entendió bien con radicales y violentos, ya fuesen gentes como Largo Caballero o los revolucionarios de Asturias que se levantaron contra el Gobierno constitucional de la República. Al PSOE nunca le han disgustado esos compañeros de ruta.

Mientras tanto, la oposición está desaparecida. Ciudadanos sigue sin dar la cara en Cataluña porque Albert Rivera prefiere que su partido sea visto como una formación nacional, sin el carácter catalán que tuvo en su origen. Y el PP está temporalmente desaparecido mientras resuelve su nueva jefatura. El papel de sus bases catalanas es poco relevante en esa elección pues son números marginales en el total de España, pero el rechazo a Soraya allí está bastante extendido por lo poco que gustó a los militantes catalanes del PP la forma de gestionar el desafío independentista. En una provincia como Tarragona, que es en la que más peso tiene el PP después de Barcelona, el apoyo de las bases a Pablo Casado es claro. La cuestión es qué proyecto tendrá para el desafío catalán quien gane la Presidencia del PP. A lo largo de los últimos 25 años el PP ha tenido una actuación errática en Cataluña. Alejo Vidal-Quadras quiso mantener el discurso que luego ha hecho triunfar a Ciudadanos y aquello acabó con su destierro al Parlamento Europeo. A lo largo de los años las instrucciones de Génova a la organización en Cataluña han sido una y otra vez el no crear problemas al nacionalismo catalán para poder sacar adelante una ley u otra en Madrid. Y eso sólo puede tener una consecuencia, la que hoy vemos: un nacionalismo convertido en independentismo, en el que la democracia puede entrar en barrena. Porque estamos ya en un punto en que las libertades les importan cada vez menos a los independentistas. Con tal de lograr esa independencia están dispuestos a aceptar el califato como forma de gobierno.

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