Economía y política

Coronavirus. Nuevas y viejas ideas para reactivar la economía

Las economías modernas cambiarán para siempre tras el coronavirus si algunos pensadores radicales se salen con la suya

La crisis de coronavirus es, de hecho, un experimento de la vida real sobre lo que se conoce como decrecimiento

Los gobiernos ya han dejado de lado algunos dogmas, al menos por ahora, como los famosos presupuestos equilibrados del «cero negro» de Alemania, para proteger a las empresas y el empleo en la recesión más profunda en tiempos de paz en casi un siglo. 

Sin embargo, determinadas medidas como la entrega de pagas a los ciudadanos por parte de los gobiernos y el hecho de que el Gobierno del Reino Unido haya recurrido a un crédito directo del Banco de Inglaterra permiten vislumbrar diferentes formas de gestionar esta coyuntura a largo plazo. 

«Todas las crisis son una oportunidad para replantearse las prioridades», afirma Maria Demertzis, subdirectora del Centro de Estudios Bruegel en Bruselas.

«La magnitud y el tipo de crisis suponen que, por definición, las herramientas con las que operamos no son suficientes». El cambio no va a ser fácil.

El colapso financiero mundial de hace una década provocó lamentos similares que, en su mayoría, cayeron en saco roto y conllevó un endurecimiento de la normativa de los bancos que, con el tiempo, se diluyó.

Estas son algunas de las ideas, muchas de ellas ya clásicas, que quienes las enarbolan esperan que esta vez sí acaben calando a gran escala. 

Dinero a cambio de nada 

Las ayudas en efectivo por parte de los gobiernos han sido una medida llamativa de la lucha contra la crisis. Los Estados Unidos han entregado cheques por valor de 1.200 dólares  a los hogares con un nivel de renta bajo y medio-bajo; y Hong Kong ofrece prestaciones a sus residentes por valor de 10.000 dólares hongkoneses (1.300 dólares).

Algunos gobiernos asumen temporalmente los salarios de los trabajadores del sector privado para poder recurrir a procesos de ERTE y evitar despidos. 

No es la primera vez que vemos esto. Los Estados Unidos y Australia emitieron cheques durante la crisis financiera mundial, y Hong Kong lleva tiempo recurriendo a este tipo de medidas de forma ocasional. Pero la diferencia esta vez es que apenas ha habido oposición por parte de los conservadores fiscales. 

Esto ha relanzado los llamamientos a favor de una renta básica universal; una prestación a los ciudadanos por parte del Estado, independientemente de su situación laboral. Entre las razones para ofrecerla, se incluyen la mejora de la flexibilidad económica, la erradicación de la pobreza y la reducción de la explotación laboral. 

Sin embargo, los primeros proyectos han tenido poca continuidad. En el 2018, vimos un experimento en Finlandia con resultados desiguales. No dio el empujón que se esperaba al mercado laboral, pero supuso una alegría para la gente. 

En España se ha aprobado un «ingreso mínimo vital»; un primer paso impulsado por Podemos y asumido por el PSOE. En el Congreso de los Diputados superó el trámite sin oposición.  

Cheques gratis 

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Buena parte del pensamiento económico se centra en la forma en que los gobiernos deben pagar este tipo de planes para poder seguir asumiendo el resto de facturas que se van acumulando. Una rama radical afirma que deberían hacer que sus bancos centrales crearan dinero de la nada, sin deudas. 

Es el conocido como dinero de helicóptero, por el que abogan determinados  grupos de presión, como Positive Money, así como algunos  economistas. Los responsables del Banco Central Europeo afirman una y otra vez que este tipo de medidas no están sobre la mesa. 

Muy en la misma línea está la Teoría Monetaria Moderna, que argumenta que los gobiernos pueden asumir déficits presupuestarios en aras de políticas como el pleno empleo sin aumentar los impuestos o incluso vender bonos para financiar los gastos. La única razón para dejar de hacerlo sería un aumento excesivo de la inflación. 

La profesora de la Universidad de Stony Brook, Stephanie Kelton, una destacada convencida de dicha teoría, afirma que los Estados Unidos debería  gastar  mucho más de lo que ingresa en forma de impuestos mientras dure la crisis. Según los economistas de Pictet Wealth Management, ya se están viendo algunos indicios  de esta teoría en la respuesta de los Estados Unidos al batacazo. 

Otra idea son los «bonos a perpetuidad» que no hay que devolver; un concepto que han puesto sobre la mesa ciertos políticos en Italia y España. Los políticos más escorados a la izquierda en Europa abogan por la compra ilimitada de bonos por parte del BCE y la subsiguiente cancelación de la deuda. 

Este tipo de monetización  sería ilegal en la Unión Europea y en cualquier otro lugar, con la legislación aprobada desde el temor a la hiperinflación; pero las formas más moderadas de esta teoría sí están calando.

Hay economistas que afirman que el BCE podría comprar créditos privados a empresas y extender los vencimientos a varias décadas. En cierto modo, se podría decir que Japón ya lo está haciendo. 

A trabajar 

Si los fondos públicos se conciben como una herramienta política, entonces el empleo es un objetivo popular. El paro de larga duración puede llevar a lo que se conoce como histéresis, una pérdida de capacidades que socava el potencial de la economía. 

Las garantías laborales son muy populares entre algunos demócratas en los Estados Unidos, ante las deprimentes perspectivas para los más jóvenes, con el Gobierno como último recurso para crear empleo. 

La pandemia de coronavirus también ha puesto de relieve que algunos de los trabajos que resultan esenciales a la hora de hacer frente a esta crisis, como los servicios de limpieza, enfermería o reposición en supermercados están entre los peor pagados.

Si es cierto que los sanitarios han recibido el aplauso diario de los ciudadanos en muchas ciudades, no parece  que eso se vaya a traducir en subidas salariales. 

En el otro extremo de la escala salarial, el antropólogo David Graeber afirma que la crisis refuerza su teoría  de que muchos de los trabajos mejor remunerados actualmente no tienen ninguna función real. 

A por los «ricos» 

Para aquellos que apuestan por poder pagar la vertiginosa factura de la recesión a la vez que se corrigen los desequilibrios sociales, la respuesta está en el patrimonio de los más ricos.

Perú está planeando un impuesto que conllevaría un aumento de la «solidaridad» entre los ciudadanos, y el ministro de Finanzas alemán Olaf Scholz ha creado un impuesto para los más «ricos» después de la crisis. 

Thomas Piketty, un economista francés que se hizo famoso por defender que el capitalismo moderno favorece inherentemente a los «ricos», ha  señalado  que Alemania y Japón impusieron  impuestos significativos a la riqueza  después de la Segunda Guerra Mundial.

La crisis también ha intensificado el escrutinio de las compañías de Internet como Facebook y Amazon, que ya estaban en el punto de mira de los gobiernos por su ventajosa fiscalidad.

Ahora, además, se considera que han salido beneficiadas con las medidas de confinamiento. El nuevo fondo de recuperación de la Comisión Europea de 750.000 millones de euros incluye un plan fiscal para los gigantes digitales si no se alcanza una solución global.

Pero no son las únicas compañías afectadas. Los supermercados y los fabricantes de alimentos duraderos también se consideran beneficiados por la crisis. Una encuesta de Yougov muestra que la mayoría en el Reino Unido  apoya un impuesto sobre el «el exceso de beneficios». 

De vuelta a casa 

El comercio internacional  podría cae r más de un 30 por ciento este año debido al coronavirus, según la Organización Mundial del Comercio.

Para algunos, la escasez de equipos médicos y la aparente  fragilidad  de las cadenas de suministro son la prueba de que las últimas décadas de globalización han ido demasiado lejos y que ha llegado el momento de la  autosuficiencia. 

Donald Trump lleva todo su mandato atacando el comercio global y el Reino Unido ha optado por abandonar la Unión Europea (UE), el mayor mercado único del mundo. Esas tendencias parecen haber llegado para quedarse. 

La propia UE está instando a la vigilancia sobre  las inversiones extranjeras  para asegurar que no se venda infraestructura crítica en pleno derrumbe de los precios de los activos; y el plan de recuperación del coronavirus apunta a una «soberanía tecnológica allí donde es importante». 

El Gobierno alemán ha recuperado un plan que en su día se descartó para revolucionar el país, con la implantación de un capitalismo estatal que bebe de la fuente intelectual de determinados países como China. 

Ralentización 

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Si bien es cierto que todas estas ideas dependerán de que la economía se recupere, hay un movimiento que insiste en que este es el momento de tomarse un respiro. 

La crisis de coronavirus es, de hecho, un experimento de la vida real sobre lo que se conoce como decrecimiento, una filosofía de consumo reducido que algunos ecologistas consideran la única vía para salvar al planeta del cambio climático

Si bien los confinamientos por la pandemia no suenan precisamente divertidos, los defensores afirman que esta congelación caótica de la economía no debe considerarse un ejemplo de decrecimiento, sino más bien una señal de por qué es necesaria; y es que la crisis del coronavirus deja patente la «insostenibilidad y fragilidad» de nuestra forma de vida actual.

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