Obama: peligrosamente impopular

¿Qué ocurriría si en España hubiera unas elecciones de mitad de mandato en las que se renovaran gran parte de[…]

¿Qué ocurriría si en España hubiera unas elecciones de mitad de mandato en las que se renovaran gran parte de los escaños del Senado y del Congreso? Seguramente, el Partido Socialista perdería la inestable mayoría de la que ha disfrutado en los dos últimos años a manos, seguramente, del Partido Popular, con lo que le costaría todavía más sacar adelante la importantísima -y más este año- Ley de Presupuestos. Y peligrarían otras asignaturas que Zapatero tiene que aprobar por imperativo del implacable FMI, como la reforma de las pensiones. Entonces, la prima de riesgo de la deuda española se tensaría otra vez y es posible que, de nuevo, oliéramos el desastre.

Afortunadamente, nada de esto ocurrirá, pese a los exabruptos que vienen de uno y otro lado.

El que se enfrenta a una tesitura parecida o, incluso, más difícil todavía es el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y su partido, el Demócrata, que puede perder el control de las Cámaras. Según los sondeos del New York Times, en el Senado, 46 escaños son seguros para los demócratas, 35, para los republicanos, pero hay 19 en el aire; en el Congreso, tanto republicanos como demócratas tienen "adjudicados" 168 escaños cada uno, pero los 99 restantes pueden inclinar la balanza hacia un lado o hacia otro fácilmente. Y todo parece indicar que se inclinarán, como dice Krugman, hacia la derecha al desastre.

En una encuesta realizada por Gallup a principios de septiembre, el 50 por ciento de los republicanos se mostraban entusiastas con la idea de votar a sus siglas. Las movilizaciones del Tea Party han tenido un peligroso efecto agitador. Sin embargo, sólo el 25 por ciento de los demócratas mantienen la ilusión para votar de nuevo por el "Yes, we can".

Ni Irak, ni Afganistán, ni las disputas por el control en la frontera con México, ni la mezquita en la zona cero de Nueva York, ni la convicción que tiene parte de la sociedad americana de que Barack Obama es musulmán. "Es la economía, estúpido", que dijo Clinton a Bush padre. Obama sabía desde el principio que la gestión de la crisis le iba a ir restando puntos de popular día tras día. Lo acaba de reconocer. Y las encuestas lo atestiguan: sólo el 35% de los americanos cree que los estímulos ayudaron a que la pérdida de empleos fuera todavía mayor -pese a que eminentes economistas han elaborado modelos econométricos que demuestran que sin paquetes presupuestarios anti-crisis Estados Unidos estaría todavía en recesión-. El 49% de los americanos considera que los republicanos gestionarían mejor la crisis, frente al 38% que opina que lo harían mejor los demócratas.

Obama sabía a qué se iba a enfrentar y, por eso, se dio prisa para aprobar cuanto antes las dos reformas más urgentes: la financiera y la sanitaria. En otras circunstancias, con estas dos leyes, podríamos darnos por satisfechos y el presidente podría tomarse libre el resto de la legislatura. Pero la economía renquea. Como el presidente de Estados Unidos dijo el pasado viernes: "La recuperación está en marcha, pero es dolorosamente lenta". De ahí que haya puesto en marcha más medidas de estímulo. Tímidas, eso sí. Insuficientes, según los economistas keynesianos más puros. Pero la derecha, más envalentonada que nunca, le llama comunista y derrochón. Y éstos son algo más que insultos en Estados Unidos. Y están calando demasiado en el americano medio.

Obama apeló a la responsabilidad y animó a los republicanos a aprobar esas leyes en el Congreso, sobre todo la de incentivos a la inversión de las pequeñas y medianas empresas.

Pero el verdadero caballo de batalla de las elecciones del 2 de noviembre está en los impuestos. A final de año, vence el periodo de gracia otorgado por Bush hijo en el impuesto sobre la renta: lo bajó del 39,6% hasta el 35% para las rentas más altas. Una irresponsabilidad según muchos economistas, dado que, junto con la guerra de Irak, llevó a Estados Unidos del superávit fiscal que dejó Clinton al déficit salvaje que dejó Bush.

Obama quiere volver a los impuestos de Clinton. Este incremento afectaría a entre el 2% y el 3% de los contribuyentes americanos. Si el presidente logra su objetivo, ello se traducirá en unos 700.000 millones de dólares a inyectar en las arcas estadounidenses en la próxima década, con el consiguiente efecto en la reducción del déficit. En cambio, Obama sí es partidario de prorrogar las reducciones de impuestos para quienes ingresan menos de 250.000 euros al año. Los republicanos quieren que se mantengan todos los recortes impositivos de manera indefinida.

¿Más impuestos implica menos consumo? Moody's ha elaborado un informe sobre este asunto y ha concluido que sucede todo lo contrario: cuando se bajan los impuestos a los ricos es cuando éstos gastan menos. Así que este argumento de los republicanos no sirve. 

La política fiscal en su conjunto, tanto la forma de conseguir ingresos como la política de gasto, está en juego con estas elecciones. Y la política fiscal es la POLÍTICA. El cambio de paradigma económico que desde el Institute for New Economic Thinking proponen Stiglitz y Soros, entre otros, puede acabar en agua de borrajas si el electorado estadounidense le hace un corte de mangas a los demócratas. El triunfo de los republicanos podría ser una sentencia de muerte para el gasto público y un espaldarazo para las políticas de austeridad que pueden matar la recuperación. Krugman, teatral y exagerado como siempre, dice que si los republicanos empiezan a hacerse con las riendas de la política económica, "Japón podría convertirse en la tierra prometida".

La batalla es encarnizada. Lo lleva siendo desde que en enero de 2009 Obama llegara a la presidencia de EE.UU. Para que luego digan los anglófilos que en EE.UU. van todos a una, no como en España.

Y con esa presión, ¿quién se atreve a proponer un plan de recapitalización para la banca americana, aún tan escasa de capital? Aunque 61 de los 62 grandes bancos americanos ya cumplirían los requisitos de Basilea III, lo cierto es que el sistema en su conjunto aún no ha cubierto las pérdidas registradas durante la crisis. Según cifras de Bloomberg, los bancos americanos se habrían apuntado unas minusvalías de 730.000 millones de dólares, pero las inyecciones de capital no han llegado a los 520.000 millones de dólares.

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