¿Pagamos más hipoteca que nuestros padres? Los datos dicen que no (con peros)

Un informe revela que el esfuerzo mensual para pagar la cuota hipotecaria es hoy menor que en los años 90, aunque el verdadero obstáculo se ha trasladado al precio de la vivienda y al ahorro previo necesario para la entrada

Durante años se ha instalado la idea de que comprar casa hoy es mucho más difícil que hace tres décadas. La percepción general apunta a que las nuevas generaciones destinan más dinero y más esfuerzo que sus padres a pagar la hipoteca.

Sin embargo, cuando se analizan los datos con detalle, la conclusión es más matizada: pagar la cuota mensual es hoy, en proporción al salario, más llevadero que en los años 90. El problema no está tanto en la hipoteca como en poder acceder a ella.

Así lo sostiene el último informe elaborado por el comparador y asesor hipotecario iAhorro, que analiza la evolución del mercado entre 1995 y 2025.

El estudio compara los precios de la vivienda, los salarios, los tipos de interés, los plazos de amortización, las cuotas y el esfuerzo financiero, y concluye que el obstáculo ha cambiado de lugar: del banco al mercado inmobiliario.

Tipos de interés: del 11 % al entorno del 3 %

En 1995, el tipo medio de las hipotecas superaba el 11 %. Hoy ronda el 2,8 %-3 %. Es decir, el coste del dinero se ha reducido en torno a un 75 % en tres décadas. Esa diferencia tiene un impacto directo en la cuota mensual y en el coste total del préstamo.

En los años 90, las hipotecas eran más cortas (con plazos medios de unos 17 años) y los intereses de dos dígitos encarecían notablemente el préstamo.

Según el informe, los compradores podían llegar a pagar más de un 120 % adicional sobre el precio del inmueble solo en intereses.

Además, la cuota hipotecaria suponía cerca del 40 % del salario bruto anual, un nivel que hoy se consideraría de alto riesgo.

En cambio, en 2025, con tipos en torno al 3 % y plazos que ya alcanzan los 25 o 26 años de media, la cuota representa aproximadamente el 31 % del salario bruto.

En determinados momentos recientes, incluso se situó en niveles cercanos al 25 %-26 %.

“Hemos pasado de un problema de financiación a un problema de acceso”, resume Laura Martínez, portavoz de Iahorro.

En otras palabras: nuestros padres compraban viviendas más baratas, pero con hipotecas mucho más caras y exigentes mes a mes. Hoy financiamos a un coste mucho menor y con más margen temporal para devolver el préstamo.

Vivienda y salarios: la brecha que explica el malestar

Si pagar la cuota es relativamente más fácil, ¿por qué existe la sensación de que comprar vivienda es casi imposible? La respuesta está en el precio de partida.

En 1995, el precio medio de una vivienda en España rondaba los 55.439 euros. En 2025, supera los 208.850 euros. El incremento acumulado es del 276,7 %.

En el mismo periodo, el salario bruto medio ha pasado de unos 14.539 euros anuales a algo más de 29.000 euros, una subida del 101,45 %.

La consecuencia es clara: hoy comprar una vivienda exige el equivalente a más de siete salarios anuales completos, cuando en los años 90 bastaban algo menos de cuatro. El esfuerzo previo prácticamente se ha duplicado.

Además, los bancos financian habitualmente hasta el 80 % del valor del inmueble. Eso obliga al comprador a aportar el 20 % restante más los gastos asociados, lo que eleva el desembolso inicial hasta cerca del 30 % del precio.

Con casas que superan los 200.000 euros de media, el ahorro necesario es muy superior al de hace tres décadas.

El informe estima que en 1995 bastaban alrededor de cuatro años de ahorro para reunir la entrada, mientras que hoy se necesitan más de siete.

“Antes el problema era la hipoteca, ahora el problema es el precio de la vivienda; el acceso inicial es el gran desafío de la generación actual”, subraya Martínez.

La comparación, por tanto, desmonta parte del mito generacional. No pagamos más hipoteca que nuestros padres en términos de esfuerzo mensual.

De hecho, destinamos una menor proporción de nuestros ingresos a la cuota. Pero sí afrontamos un mercado en el que la vivienda se ha encarecido mucho más rápido que los salarios, desplazando el esfuerzo desde el pago mensual hacia el ahorro previo.

El resultado es un retraso en la edad de compra, una mayor dependencia de la ayuda familiar y una creciente sensación de exclusión del mercado. El obstáculo no está en el recibo del banco, sino en la puerta de entrada.

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