Los supervivientes de Ática: «Lo peor fue el olor a carne humana quemada»

«Hemos pasado del paraíso al infierno» nos dice entre lágrimas Eleni, junto a su marido, Socratis Patiris, piloto de aviación y sus dos hijos, una familia que ha visto destruida su casa por el devastador fuego del lunes en Mati, en la región de Atica, a 30 kilómetros de Atenas. Se han retirado ya de la calle principal del pueblo muchas carcasas calcinadas de los coches en los que decenas de personas encontraron la muerte, aunque aún pasará tiempo para remover las que están en casas o aparcamientos. Las cenizas siguen recubriéndolo todo, mientras se respira aún un fuerte olor a quemado. El paisaje en Mati es espectral, casi un escenario de guerra, con casas destruidas y árboles calcinados. «Los pinos se convirtieron en auténticas armas porque al incendiarse sus pequeñas piñas se desprendieron y se convirtieron en proyectiles», nos dice Andreas Pachios, 72 años, ex director de banca, mientras nos muestra la mano y los costados con las heridas que le produjeron las piñas: «Afortunadamente salimos a tiempo de la casa y en parte nos protegimos con toallas sobre nuestras cabezas», nos explica Andreas, con tiznajos en sus manos y cuerpo porque está intentando limpiar una parte habitable de su casa ennegrecida.

Los que han conseguido salvarse y vieron de cerca la muerte, en aquellas horas dramáticas de la tarde del lunes, hablan de milagro, como nos cuenta la familia de Socratis Patiris: «Logramos marcharnos en el momento justo en dirección al mar. Cuando aparcamos, vimos que detrás de nosotros se bajaba otra familia. Cuando estaban todos fuera, el coche explotó. Fue un milagro».

Mientras tanto, continúa la búsqueda de las víctimas. Soldados y bomberos inspeccionan casa por casa, sobre todo las destruidas por las llamas, mientras la policía vigila la zona para evitar robos en edificios y villas abandonadas. «Todavía hay desaparecidos y la lluvia que esperamos que caiga en estos días podría ayudarnos a descubrir otros cuerpos», nos explica Jristos Ramos, un mando de un equipo de Protección Civil especializado en incendios y tareas de salvamento.

Con el corazón encogido, Jristos nos lleva hasta el lugar preciso en el que murieron 26 personas entre ellas algunos niños. Estaban huyendo hacia el mar y no encontraron una vía de fuga. Tenían la playa a pocos metros, pero el fuego los envolvió y quedaron atrapados. Los cuerpos de los niños estaban abrazados por sus madres en un intento desesperado por salvar a sus hijos. De ahí que en algunos medios se hable de Mati como una segunda Pompeya. Jristos Ramos, 49 años, que ha vivido ya otros graves incendios no recuerda nada parecido: «Esto ha sido el infierno. El fuego ha sido mucho más devastador que los incendios del 2007 y 2011, que también fueron trágicos, con decenas de muertos. No se me van de la cabeza esas imágenes dramáticas y el olor a carne humana quemada». También como en Pompeya, algunos se entretuvieron en coger sus pequeñas pertenencias. Cuando intentaron marcharse era demasiado tarde: Un gran rio de fuego como si fuera lava destruyó cuanto había a su paso. «Yo estaba confiado en que la carretera iba a actuar como cortafuegos. Pero cuando me quise dar cuenta las llamas traspasaron la carretera y rodearon mi casa», nos explica Andreas Pachios.

Rabia y acusaciones

Quedan pocas personas viviendo en Mati. Algunos han podido quedarse en sus casas semidestruidas. Es el caso de Maria Danelou, 70 años, hija de un actor griego: «Me duele que se me han quemado todos los recuerdos de mi padre. En la planta de arriba, completamente destruida, vivía mi ahijado con su novia. Ahora no sé cómo haremos para vivir en el pequeño espacio que nos ha quedado en la planta baja».

Llueven las acusaciones y protestas contra las autoridades y las instituciones. Todas las personas con las que hablamos se lamentan, a veces con rabia: «No recibimos avisos sobre qué teníamos que hacer, hubo retrasos en las ayudas y nunca se estableció un plan de salidas o vías de emergencia en casos de incendios», son algunas de las quejas más comunes. «Nos hemos sentido solos, dejados de la mano de Dios», nos confiesa Eleni Patiris, mientras su hijo Constantinos, 19 años, tercia también para protestar: «Ni siquiera la Iglesia tocó las campanas o se abrió para acoger a la gente». El grave problema de Mati, que se percibe a simple vista, es que casi parece un laberinto, con sus calles proyectadas en muchos casos sin orden ni concierto. Se han construido muchas casas ilegales y se han sucedido las condonaciones. Esta falta de planificación urbanística ha hecho casi impracticable el acceso de bomberos, mientras muchas personas, que huían a pie o en automóvil, quedaron atrapadas como en ratoneras, sin saber dónde ir y cegadas por el humo y el fuego. La familia Socratis Patiris nos reconoce que su casa también «se construyó ilegalmente, pero pagamos los impuestos y tenemos derechos a una seguridad».

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