La industria de los fondos gira hacia la energía nuclear
Dos lanzamientos centrados en la cadena de valor de la energía nuclear confirman el viraje protagonizado por las gestoras de fondos para abrazar esta tecnología altamente contaminante pero que no produce emisiones de efecto invernadero
La industria de la gestión de activos está empezando a cruzar una línea que durante años fue casi infranqueable. Tras una década volcada en la sostenibilidad, la transición energética y los productos etiquetados como ESG, las gestoras de fondos comienzan a mirar con otros ojos a la energía nuclear.
El lanzamiento a comienzos de año del fondo DNB Nuclear Energy y del ETF UCITS UBS Nuclear Economies confirma un viraje de discurso que comenzó hace algún tiempo pero que gana adeptos con el argumento de que las renovables no bastan para abastecer el incremento de la demanda que provocará la revolución de la inteligencia artificial.
“Se espera que la demanda global de electricidad se incremente de manera dramática en los próximos años, impulsada especialmente por tecnologías electro-intensivas como la inteligencia artificial y los centros de datos, cuyo consumo de energía crecerá exponencialmente, según los pronósticos. En este contexto, la nuclear emerge como una fuente de energía fiable y escalable, con gran capacidad de producción y mínimas emisiones de efecto invernadero”, defiende la gestora noruega DNB, en la nota en la que anuncia el lanzamiento el fondo.
Desde UBS AM, la experta Amanda Rebello se expresa en la misma línea: “A medida que crece la demanda de energía y la seguridad energética se convierte en una prioridad para varios países, las economías nucleares vuelven a entrar en la conversación sobre políticas de infraestructura e industrialización a largo plazo».
Un giro radical respecto a las inversiones consideradas “sostenibles”
Durante años, el sector de los fondos se alineó con una visión muy distinta de la sostenibilidad. El mensaje dominante era claro: invertir de forma responsable implicaba apostar por renovables, electrificación y eficiencia energética, y excluir tecnologías consideradas contaminantes o socialmente controvertidas.
La energía nuclear quedaba fuera de ese relato, asociada a residuos altamente peligrosos, riesgos de accidentes y una fuerte oposición social.
Sin embargo, ese consenso empezó a resquebrajarse en Europa. Francia, gran defensora histórica de la energía nuclear, logró que Bruselas suavizara su postura y reconociera esta tecnología dentro de la taxonomía verde europea como actividad “transicional”, al considerar que no genera emisiones directas de CO₂.
Aquel giro regulatorio marcó un punto de inflexión. Sin borrar los riesgos ni la controversia, la nuclear dejaba de ser oficialmente una energía proscrita para los inversores institucionales.
Desde entonces, el discurso de muchas gestoras ha ido evolucionando. El argumento central es que la energía nuclear no emite gases de efecto invernadero durante la generación eléctrica y aporta una producción estable, algo especialmente valioso en un sistema energético cada vez más electrificado.
Es una visión parcial (porque los residuos son extremadamente contaminantes y los accidentes, aunque poco frecuentes, tienen consecuencias devastadoras), que ha ganado peso en un contexto de urgencia climática, de seguridad energética y de competencia contra China y los Estados Unidos.
Productos que invierten en energía nuclear
Ese cambio se ha materializado en cada vez más productos concretos. DNB Nuclear Energy, lanzado a comienzos de año, invierte en compañías vinculadas a toda la cadena de valor nuclear, desde la minería de uranio hasta la ingeniería, el mantenimiento y los servicios asociados.
En la misma línea, UBS Nuclear Economies UCITS ETF ofrece exposición diversificada a empresas que se benefician del renacimiento nuclear en distintas geografías.
Ambos se suman a otros vehículos lanzados en años recientes, pero su llegada casi simultánea subraya que ya no se trata de iniciativas marginales.
Para las gestoras, además, hay un atractivo evidente. Si se afianza este relato, el sector nuclear podría combinar inversiones de largo plazo, barreras de entrada elevadas y un fuerte respaldo político en países como Estados Unidos, Francia o Reino Unido.
Todo ello encaja bien para vender carteras que buscan exposición a megatendencias estructurales, que supuestamente deberían ofrecer rentabilidad más allá de los vaivenes del ciclo económico.
No obstante, el giro no está exento de críticas. Dentro del propio mundo de la inversión responsable hay voces que alertan de que no todo vale bajo la etiqueta de la transición energética.
¿Lavado de cara verde?
Más allá de organizaciones como Greenpeace, algunos gestores especializados en ESG y organizaciones vinculadas a la inversión sostenible sostienen que incluir la energía nuclear diluye el concepto de sostenibilidad y abre la puerta a un greenwashing encubierto.
Argumentan que los residuos radiactivos, cuya gestión se extiende durante miles de años, y el riesgo de un accidente grave hacen que la nuclear sea una línea que no debería cruzarse, por mucho que no emita dióxido de carbono.
El debate, en todo caso, está servido. La industria de los fondos parece haber asumido que la transición energética real será más compleja y menos pura de lo que se prometía hace una década. Y, en ese nuevo relato, la energía nuclear ha encontrado un hueco en sus carteras.
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