Expropiación de YPF: una estrategia entre la nostalgia y la rentabilidad política
Mal hicieron, en una semana tan aciaga para España en términos económicos y de imagen exterior, quienes afirmaron desde el Gobierno que la amenaza de expropiación de parecía alejarse. Entre otras cosas, porque mostraban una total ignorancia respecto a la forma de actuar de la presidenta argentina, Cristina Fernández y sus auténticos planes. Con la ley ya redactada y distribuida entre los parlamentarios, resultaba difícil imaginar que la presidenta se echara atrás en sus propósitos y el presidente de , Antonio Brufau estaba más convencido que nadie de ello.
Brufau decidió hace siete años, al poco de llegar a la presidencia de Repsol comprarse un apartamento en Buenos Aires y visitar con frecuencia la ciudad porteña. Intuía que tal vez el presente, pero una parte del futuro de su compañía pasaba por la buena defensa de los intereses argentinos. Y desde entonces ha sido disciplinado en sus visitas a Buenos Aires y ha conocido aquella realidad cuyo desconocimiento han puesto ahora en evidencia algunos ministros españoles.
No era fácil lidiar con el problema argentino. Había que aproximarse a los Eskenazi, principales socios en YPF, pero también al Gobierno y tratar de compatibilizar ambos intereses, algo casi imposible cuando la descarnada batalla por el poder enfrenta a clanes y familias en Argentina. Convencido, pese a sus innumerables esfuerzos, de la imposibilidad de aunar intereses, Brufau se planteó pronto la necesidad de soltar lastre argentino. Se trataba de vender al mejor precio YPF que estaba castigando la cotización de Repsol. El problema es que ni Argentina ni los mercados pusieron las condiciones propicias para que la operación pudiera llevarse a cabo.
El descubrimiento del magnífico yacimiento de Vaca Muerta hace poco más de un año fue una gran noticia para Repsol, pero el principio del fin de su aventura Argentina. Un yacimiento de esas proporciones permitiría, si contara con los medios para su producción (lo que requiere una inversión mínima de 25.000 millones de euros) lograr un cierto equilibrio entre su demanda de productos energéticos y su oferta, que el año pasado le supuso una pérdida de 10.000 millones de dólares. Lo demás lo ponía la nostalgia: "Néstor -su marido y anterior presidente de la compañía- siempre soñó con que YPF volviera al estado argentino", afirmó la presidenta argentina al anunciar la expropiación. Y ahora en medio de graves problemas económicos y teniendo como referencia la poderosa Petrobras, primera compañía de un Brasil fuertemente deficitario en energía en otro tiempo, Cristina Fernández ha decidido ir adelante con la expropiación del 51 por ciento de YPF. Ha decidido, además, repartir el botín para asegurarse lealtades políticas: el 51 por ciento se lo queda el Estado central y el 49 por ciento restantes irá a las provincias con intereses petrolíferos.
Tendrá también que hacer frente a las innumerables denuncias y a la pérdida de imagen como consecuencia de esta operación. Habrá que ver en unos años si, además de rentabilidad política, la operación tiene rentabilidad económica.