Moción de autocensura

El PP se estaba cociendo en su propia salsa. El huracán Lezo lo había convertido en zona catastrófica. Esperanza Aguirre había volado por los aires. Catalá y Zoido trataban de sujetarse a los árboles para que no les pasara lo mismo. Los dos fiscales más influyentes de España, Maza y Moix, estaban a un cuarto de hora de merecer la reprobación del Congreso. Cifuentes, a la desesperada, había invocado en una nota oficial de los suyos la doctrina de la responsabilidad «in vigilando» para marcar distancias con los destrozos de su antecesor. A Rajoy, nada más saberlo, se le pusieron los pelos como escarpias.

El ambiente general, con el martinete de la corrupción martilleando en la prensa a políticos, empresarios, magistrados, fiscales, periodistas y policías comenzaba a recordar la atmósfera irrespirable de la legislatura del 93, cuando Felipe González sangraba por los cuatro costados y su Gobierno se disolvía como un azucarillo putrefacto. Tal vez sea eso lo peor de todo: que 15 años después estamos de nuevo donde el PP nos prometió que jamás volveríamos a estar si le votábamos.

«El líder de Podemos entorpece la unidad de acción de los detractores de Rajoy»
Pablo Iglesias Suárez Hernández Mancha

Ahora Iglesias pervierte el carácter constructivo de la moción de censura y pretende utilizarla como un mal sucedáneo del debate sobre el estado de la nación. Ni siquiera está claro que quiera postularse él como candidato alternativo. No se trata de mostrarle al país que existe un plan B, mejor y más viable que el que encarna Rajoy, sino de embarrar aún más el terreno de juego. Cree que el lodo le beneficia. Pero se equivoca. Ninguna de las tres consecuencias principales de su bravuconada le vienen bien.

Para empezar le da árnica al PP por partida doble: desplaza de las portadas el fétido olor de las cagadas del charrán de Génova y convierte a la oposición parlamentaria en el ejército de Pancho Villa. Ya no hay un bloque compacto contra el Gobierno, sino una colección de partidas que hacen la guerra por su cuenta. El que se va a quedar sólo esta vez no es Rajoy, sino el propio Iglesias.

¿Efectos en las primarias del PSOE?

A Susana Díaz también le beneficia. Que la apoteosis Lezo hubiera estallado en plena campaña de las primarias sólo servía para que Pedro Sánchez pudiera vanagloriarse de haber mantenido su apuesta por el «no es no» contra viento y marea. El susanismo quedaba señalado por haber permitido la continuidad del partido de la corrupción en La Moncloa. Ahora los sanchistas no tienen más remedio que cerrar filas con la gestora para no aparecer ante los militantes del PSOE como testaferros de los intereses podemitas.

Hasta el jueves había dos almas en el partido: la que pedía que la sangre de Rajoy corriera por las bancadas del hemiciclo sin demora y la que no quería desenterrar el hacha de guerra hasta llevar a Ferraz a la presidenta andaluza. Los duros y los blandos, los coherentes y los contemporizadores, los del no y los de la abstención. Desde el jueves, en cambio, sólo existe un PSOE: el del corte de mangas a Pablo Iglesias.

Si el líder de Podemos quería hacer una exhibición de largueza estratégica, el tiro le ha salido por la culata. Ahí queda el rastro de su verdadera impronta: toma las decisiones sin consultar con su grupo, se tira a la piscina sin saber si hay agua, entorpece la unidad de acción de los detractores de Rajoy y se presenta a sí mismo como un charlatán de feria incapaz de conseguir un solo apoyo para su causa. Pincho de tortilla y caña a que después de esto Iglesias pasará a la historia como el inventor de la moción de autocensura.

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