Gracias, Puchi

Nadie ha hecho más que él para destruir el independentismo. «Yo no creo en los mártires», declaraba Puigdemont, a una televisión belga. Acababan de preguntarle si no le parecía obsceno vivir en Waterloo, mientras los suyos se pudrían en la cárcel. Estupor en el prófugo. Luego, sonrisa: «Yo no creo en los mártires». Estupor en los entrevistadores: un golpista que no cree en mártires es una novedad. «Mártir», del griego mártys, mártyros: literalmente, «testigo». Es lo que la odiosa «lengua de las bestias» condensa en dos endecasílabos: «Vivamos sin ser cómplices, testigos; / advierta al mundo nuevo el mundo viejo». Pero, para valorar el testimonio sin mentira, hay que ser un homínido de cráneo tan inferior como Quevedo. Si un padre de la patria no aspira a ser testigo, mártir, ¿a qué demonios se supone que puede estar aspirando? A sueldo y mansión. Y que paguen los pardillos en presidio.

Es demasiado bonito para ser verdad. Pero ningún delirio independentista lo es hoy tanto como para resultar inverosímil. Ayer era filtrada, en ABC, la confesión de Puigdemont a sus allegados: no habrá la prometida candidatura suya a las europeas, «porque no quiero correr el riesgo de que me arresten en la Embajada? y que quede entonces como un ?mierda? por no tener cojones de ir a la Embajada española a retirar las credenciales en persona». De ser cierto tan desgarrador lamento, habría llegado la hora de tomarse en serio lo que tantos en Cataluña mantienen desde el día de su huida, hace un año: que Puigdemont es un agente particularmente eficaz del CNI español, con la misión encomiable de hundir este vodevil del Paralelo con sucursal flamenca.

Confirma esa sospecha el divertidísimo libro-entrevista que el no-mártir acaba de publicar en Bruselas, con el modesto título de La crisis catalana, una oportunidad para Europa. Del libro, la prensa europea ha apreciado dos épicos pasajes:

?El primero es una declaración formal de hostilidades: «Hace muchas semanas que estoy mentalizado de que estamos en guerra contra España». En el contexto de la cual guerra, deduce él la fascinante conclusión del riesgo de una cárcel que sería algo así como «cuando vivía en un internado en la época de Franco». Que le pregunte a Junqueras, a ver si es tan bucólica la cosa.

?El segundo es un pequeño monumento al olvido de sí mismo: «Estoy preparado para vivir encarcelado en España, si es necesario». Las condicionales son milagrosas: y, de momento, el que se ve en la «necesidad» de vivir en la cárcel es su contrincante Junqueras. Porque, seamos serios, una necesidad que puede ser elegida no es necesidad ni es nada. Puigdemont no vive en la cárcel porque prefiere ser aquello a lo que, ante sus acólitos, él habría dado escatológico nombre.

Y, mientras Puigdemont hace en Waterloo clownescas morisquetas, un hombre es secuestrado, torturado, y descuartizado en la Embajada saudí de Estambul. Que Puigdemont mime en farsa propia la tragedia ajena, dice su verdad más íntima. Gracias, Puchi.

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