Feria de Hogueras: el bravo triunfo de dos colosos, Ponce y El Juli

Si quieres paz, prepárate para la guerra. Solo o con aliados. Y El Juli ha encontrado el más fiel en Garcigrande, un hierro al que conoce del derecho y del revés. Su tándem ha edificado triunfos sonados y cantados. Y ayer no fue menos: por San Juan, se convirtió en el primer amo y señor de las bravas embestidas del segundo toro. Templado desde el saludo, Julián López quitó por chicuelinas y cordobinas. Tuvo el gesto de brindar a Palazón, vencedor de la batalla a un cáncer. Rodilla en tierra, con mando y torería, descorchó la faena. Parecía que no andaba sobrado de fuerzas el toro... ¡Y qué bravura, acometividad y fijeza desarrolló! Obedeció a los muletazos por abajo de su frondosa faena, en la que el madrileño condujo como quiso y por donde quiso al rival salmantino, perdón, aliado, pues se rindió a su gobierno. Lo entendió perfecto, con esa manera tan suya de, en una misma serie, lo mismo torearlo hacia fuera que hacia dentro, de llevarlo ahora por aquí y luego por allá. Hubo dos series rotundas a izquierdas, ligadas y a rastras. Giró después como un compás, con el toro comiéndose la muleta sobre la mano de la cuchara. La estocada cayó baja, pero la plaza estaba de fiesta y pidió con énfasis las dos orejas.

Fue la explosión inicial de una corrida con casta y bravura en líneas generales, que hizo a matadores y cuadrillas «sudar la camiseta» y hasta poner en apuros a los más avezados. ¡Qué manera de embestir!

Quería más El Juli y salió a por todas con un quinto que derribó al piquero. Hasta tres quites, cosa sorprendente, se marcó el propio torero: uno por zapopinas, otro por faroles deslumbrantes y un tercero en el que dibujó un eterno circular invertido con el capote. ¡Qué barbaridad! «¡Juli, Juli!», gritaban a coro los tendidos. Después de tal recital, el animal fue a menos en la muleta hasta terminar acobardado en tablas.

Un señor puyazo

Un señor puyazo había recibido el primero, que se llevó una vara kilométrica. Empujó «Guijarrito» hasta sacar el caballo a los medios. Minuto y medio se quedó bajo el peto. Todo estaba a punto de caramelo y Enrique Ponce brindó al público. De las dobladas brotó un manantial de torería, con un cambio de mano por detrás de riesgo. Prosiguió sobre la derecha, ligando en redondo, y se adornó con molinetes. Oxigenó mucho entre ronda y ronda al encastado ejemplar, que no era fácil. Enseñoreó una a izquierdas, de vuelos y temple. Series y series, y el toro seguía y seguía hasta el broche por poncinas. Tanto alargó que oyó un recado cuando se perfilaba para matar. El bajísimo acero se llevó el triunfo. «Guijarrito» quiso ser una excepción en las teorías bravas y se marchó a morir a chiqueros, tragándose la muerte hasta el punto de que por segundos no sonaron los tres avisos. Gran ovación al toro y al torero.

Con esa afición inagotable, el valenciano no estaba dispuesto a marcharse a pie. ¿Alguien lo dudaba? Y Ponce cuajó una intensa y estupenda obra al gran cuarto, un «Borrachito» con movilidad al que ligó multitud de series, ebrio de toreo con la plaza rendida a su magisterio. La vuelta al ruedo con las dos orejas fue de manicomio.

Milagro

Genuflexo dio la bienvenida Cayetano al tercero, que propinó un volteretón terrorífico a Alberto Zayas en el segundo par (el milagro de la feria lleva su nombre). Hasta puso en apuros a un torero de plata con las facultades de Iván García. Después de esas reacciones, a Rivera Ordóñez no le agradó el animal y lo intentó con voluntad sin confiarse del todo. Pegado a las tablas prologó su faena al sexto -que se rajó a última hora-, con afán de alcanzar el éxito de sus compañeros, pero no pudo ser...

Toda la gloria era para Ponce y El Juli, El Juli y Ponce, dos colosos del toreo que apasionaron y se marcharon por la puerta grande en la brava y emocionante corrida de Domingo Hernández. Ardiente traca final de Hogueras.

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