El hombre paciente

Sus enemigos han dado a Mariano Rajoy por desahuciado muchas veces. Demasiadas. Pero tiene esa terca virtud inherente a los hombres pacientes capaces de rumiar las crisis y los conflictos sin alterarse con ataques de nervios sobreactuados o sonoros golpes sobre una mesa. Flota como un corcho y estira el tiempo hasta extenuar de hartazgo a su oponente y lograr que se rinda autodestruyéndose de puro agotamiento. Su armario está repleto de cadáveres políticos consumidos de golpearse con un martillo pilón.

En fin? cuando vienen mal dadas, Rajoy se altera lo justo dando distancia al morlaco, midiéndole como de soslayo y despreciando el peligro con una inusitada apariencia de pasotismo zen. Dontancredismo en versión 3.0, ¡que ya escampará! Algo así como aquel proverbio chino según el cual «si tus males tienen remedio, ¿por qué te preocupas?, y si no lo tienen, ¿por qué te preocupas?» Asumo que el topicazo aburre, pero es que lo clava: todo en Rajoy es un ceremonial de galleguismo en estado puro.

Hoy Mariano Rajoy vuelve a estar en una situación límite. Cuentan que tras el 20-D Angela Merkel le animó a no ceder y a aguantar estoicamente hasta que el PSOE aceptara su investidura o se repitiesen las elecciones. Fue una apuesta arriesgada, todo al negro, que no le salió mal. Ahora, en unos días, se reabrirán las urnas para resolver el segundo jeroglífico más relevante de nuestra democracia, y en el PP emergen, entre nervios y conspiraciones, todas las dudas posibles sobre el alcance de la nueva votación. Pero Rajoy repite y repite: ¿para qué especular, si aún no se ha votado? Lo que hoy carece de solución, puede tener una muy fácil mañana. Y si uno tiene un problema, a veces conviene aguardar a que lo resuelvan los demás si, por necesidad o por torpeza, agrandan el lío de su propia madeja. En este caso, tacticismo de proverbio pontevedrés.

«Para Rajoy, todo se reduce a ganar la investidura y a hacer 'un Casillas'»Manuel Marín

Tras el 26-J habrá una crisis profunda. Lo que aún se desconoce es si en el Partido Popular o en el PSOE. Depende de quién consiga gobernar. Pero al afectado, sea Mariano Rajoy o sea Pedro Sánchez, esa crisis le golpeará de modo implacable. Uno sobrevivirá a esa amarga sensación de fin de ciclo bipartidista que emergió el 20-D. Pero el otro no. Y ahí es donde Rajoy sigue templando nervios para acometer, a su tiempo y sin más precipitaciones que las imprescindibles, una renovación inevitable. Para Rajoy, todo se reduce a ganar la investidura y a hacer «un Casillas»: una transición dulce en la portería del PP para que la prejubilación de toda una promoción sea pactada y no acabe en tragedia.

Es probable que, en función de los resultados, Rajoy esté diseñando mentalmente una legislatura corta y de circunstancias, con su relevo ordenado al frente del PP como una meta de medio plazo en el horizonte. Solo la pérdida de La Moncloa precipitaría una severa convulsión en el PP de consecuencias imprevisibles. Pero ahora no es el momento. Es campaña electoral, nadie habla de sucesión alguna, y solo algunos impacientes la murmuran entre dientes cuando sus deseos se aparecen como esa alerta de calendario que avisa en el teléfono móvil de que es el día?, y después siempre hay que aplazarla.

Pero los muchos desahuciadores de Rajoy que le pronosticaban un fin prematuro en aquella encerrona que fue el congreso del PP de Valencia, o tras aquellos «Luis, sé fuerte», o con el rescate a manos de los «hombres de negro», o con las acusaciones de indecencia envueltas en «pactos de progreso»?, yacen por decenas golpeándose la cabeza en una habitación de paredes blancas acolchadas. Sí, el tiempo y el poder han desgastado a Rajoy, pero a menudo también le han dado la razón. Como si una vocecita le dijera: «Mariano, Marianoooo, sé fuerte». Extenuados los deja. Eso seguro.

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