De traidores y traicionados

Detecto cierta satisfacción un tanto perversa en buena parte de la opinión publicada ante la más que probable traición de Pedro Sánchez a Albert Rivera. Un tufillo muy común en cualquier situación de este tipo, ya sea política o personal, propio de quienes estiman que el traidor actúa movido por una lógica inefable dado que el traicionado se merece la traición. «Algo habrá hecho para terminar así», suelen decir entre dientes estas almas generosas. «Eso le pasa por tonto».

España es muy tolerante con la mentira, ya sea premeditada o sobrevenida. Siempre lo ha sido. Aquí, quien más quien menos engaña en alguna faceta de su vida, lo que nos lleva a considerar esa conducta tan natural como digna de admiración, siempre que se ejecute con éxito. O sea, que el burlado no se entere de que lo está siendo. La víctima se hace acreedora de desprecio por su bisoñez. El mentiroso, lejos de inspirar desconfianza o rechazo, escala peldaños.

Y vamos de lo general a lo concreto. Sánchez y Rivera firmaron un pacto de investidura basado en un documento acordado punto a punto, que recogia buena parte del programa electoral con el que Ciudadanos concurrió a las elecciones. Entre otros, la indisoluble unidad de la Nación española, la imposibilidad de celebrar un referéndum de autodeterminación en Cataluña o cualquier otra comunidad autónoma, el cumplimiento de los compromisos contraídos con la UE y el mantenimiento de la economía de mercado en los términos que conocemos. Ese pacto no gustó nada en Podemos y menos aún en el PP, donde se daba por hecho que Cds pondría sus escaños a la disposición de Rajoy, en calidad de muleta. El problema es que Rajoy rechazó la propuesta del Rey y se sentó a ganar tiempo, exactamente igual que ahora, en espera de que su mayoría minoritaria le convierta por sí sola en presidente. Sánchez aceptó el reto e inició conversaciones que cuajaron en el mencionado texto. Un documento que compromete o debería comprometer su acción de gobierno en caso de llegar a la Moncla. La comprometería, desde luego, si tuviera honor y palabra, cosa que está por ver. Porque ya ha empezado a faltar a ella dejando a un lado a su socio para reunirse con Puigdemont y muy pronto con Iglesias, en busca de costaleros que le aúpen al poder. Costaleros incompatibles con lo prometido a Rivera e incluso con el mandato recibido de su Comité Federal, cuya compañía ansía tanto, no obstante, como para suplicar a Tsipras que actúe de Celestina. No en vano son los únicos lo suficientemente fuertes como para hacer realidad su sueño. Un sueño cumplido sobre la base de una traición, cierto, pero materializado al fin y al cabo. ¿Quién dice que el fin no justifica los medios?

Soy de las que siempre ha creído que esto acabaría así, en un Frente Popular copresidido por Sánchez e Iglesias. Lo sigo creyendo. Aún así, valoro el esfuerzo realizado por Ciudadanos para tratar de acercar posturas entre partidos constitucionalistas y propiciar un ejecutivo de gran coalición capaz de ahuyentar el peligro inherente al separatismo y a Podemos. Sabían que podían ser traicionados, pero debieron pensar que vale más ser un ingenuo que un miserable o un vago. Eran conscientes del riesgo que asume una formación pequeña cuando se aviene a sentarse con otra como el PSOE. Ser bisagra no resulta fácil en un país tan proclive al sectarismo como el nuestro, aunque con ese empeño nacieron. Veremos hasta dónde llegan y si España tolera o no a un auténtico partido de centro.

Isabel San SebastiánIsabel San Sebastián









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