«Hollywood no sabe que está muerto»
Aki Kaurismäki es como sus personajes: apenas sonríe. Como aprendió de Chaplin, en las comedias la risa corresponde al público,[…]
Aki Kaurismäki es como sus personajes: apenas sonríe. Como aprendió de Chaplin, en las comedias la risa corresponde al público, no al que hace la gracia. Su semblante siempre está serio, pero todavía queda en él ese resquicio de humanidad que echa en falta en un mundo en declive. Lacónico, habla para adentro, pero lo que dice llega bien claro: cuando el cineasta finlandés fija la diana, tiene bastante puntería.
En «El otro lado de la esperanza», la segunda parte de su trilogía sobre la inmigración, lanza su flecha contra la reacción de países como el suyo ante el drama de los refugiados. Lo hace a través de la odisea de un joven sirio que llega a Helsinki en un carguero, huyendo de la tragedia de su país y esperando encontrar asilo? sin éxito. La fría burocracia nórdica contrasta con la amabilidad de personas de a pie, que lo cobijan y ayudan, sin esperar nada a cambio; la reacción «vergonzosa» de su Gobierno ante la oleada de refugiados, frente a la del pueblo, que le «enorgullece». Aunque le preocupaba, porque «todo el mundo busca excusas para echar de su país a los inmigrantes».
La bondad de esos anónimos a los que retrata es su forma de mostrar ese «otro lado de la esperanza», que aunque remite, «como humano», no puede evitar olvidar. Por eso, escéptico con los gobiernos que prefieren mirar a otro lado, apunta su cámara hacia la gente corriente, ese rayo de luz que araña la superficie de un mundo en el que las instituciones parecen «marionetas del gran capital». «Si puedo escoger a quién grabar, ¿por qué voy a mostrar a idiotas? Ya hay bastantes detrás de la cámara», asegura a ABC en Vigo, donde ha presentado la película.
Kaurismäki da sus estocadas en voz baja pero firme: «Si no luchas contra el cinismo del mundo actual, estás perdido». Y, aunque no cree que el cine sea el medio para combatir ninguna pelea, aprovecha sus películas para mostrar su inconformismo. «Las películas carecen de sentido, pero son como un grito», reconoce mientras apura, lentamente, su copa de albariño. No alza la voz pero sí protesta contra la meca del cine, a la que se niega a visitar, por llegar siempre tarde a las causas que pelea, como Trump y por «no hacer nada interesante desde Robert Altman»: «Hollywood es como una serpiente de cascabel, no sabe que ha muerto y sigue agitándose hasta que se pone el sol».
Cinéfilo de cuna
Extravagante y mordaz, no critica sin conocimiento. Con «Nanuk, el esquimal», de Robert Flaherty, y «La edad de oro», de Luis Buñuel, descubrió el cine, del que luego se empapó: desde Lumière y Mèliés hasta 1976, cuando perdió el interés. «Me encanta estar en una sala en la que no huele a palomitas», se queja, irónico, sobre la época actual. Y aunque afirma emular con torpeza a sus maestros, las piezas de su puzle encajan con habilidad. Planos fijos, silencios. Humor absurdo, diestro. Las películas de Kaurismaki son mucho más que sus mentores; son él mismo. Cortante, sincero, y, a veces, contradictorio.
Como cuando responde sin responder.Ni se retirará ni retomará esta trilogía. De hacerlo, cambiaría Helsinki por Vigo. «Veremos a ver», chapurrea en una mezcla entre castellano y portugués. «No sé hacer otra cosa, así que supongo que tendré que seguir haciendo cine», contesta. Y segundos después: «Nunca se hará. Me he retirado, me dedico a cortar leña? Aunque pensándolo bien, ¿por qué no? Soy como un niño nervioso», explica a ABC. Pero responde tranquilo. Para él, las trilogías pueden ser de dos películas. Quizás hasta acuñe un estilo. Y sigue bebiendo vino, y fumando su cigarrillo.
