La peor pesadilla para el sector farmacéutico

Las compañías estadounidenses temen negociar los precios con el Gobierno

Los directivos de las farmacéuticas celebraron en un primer momento la victoria de Donald Trump, ante la expectativa de que el empresario fuera más comprensivo con su sector que Hillary Clinton, una dura opositora. Pero no tardó en llegar la preocupación por la conducta iracunda del presidente; un miedo que se confirmó el 11 de enero, cuando afirmó Trump que el sector está «eludiendo las consecuencias de sus asesinatos». Su receta para reducir los precios de los fármacos: hacer que las compañías farmacéuticas compitan por sus negocios del Gobierno. 

La simple amenaza de que Washington recurra a su impresionante poder de negociación para bajar los precios supone un fuerte dolor de cabeza para el sector farmacéutico. Al contrario de lo que ocurre en otros países ricos, EE.UU. no regula directamente el precio de los medicamentos. La consecuencia es que los estadounidenses gastan más en la prescripción de medicamentos. Los principales programas de salud del gobierno para los más mayores y los más desfavorecidos supusieron un gasto de 195.000 millones de dólares en prescripciones de medicamentos en 2015. Medicaid, el programa para la gente con menos recursos, aplica rebajas fijas a las compañías farmacéuticas. Pero Medicare, el programa para los mayores, supone el triple de gasto y no puede hacerlo, por una ley que protege al sector de la negociación con las farmacéuticas. El Departamento de Defensa de EE.UU. y la Administración de Salud de los Veteranos reciben por ley descuentos fijos de las farmacéuticas, y tienen la posibilidad de negociar para obtener acuerdos aún mejores. 

En una encuesta realizada en 2015 por la Kaiser Family Foundation, la gran mayoría de los estadounidenses se mostraron partidarios de permitir a EE.UU. negociar en nombre de Medicare, que aúna el 30 por ciento de los medicamentos que se prescriben en EE.UU. A día de hoy, EE.UU. prefiere optar por un enfoque de sector privado, que supone que las aseguradoras privadas y los gestores de los beneficios del sector farmacéutico alcancen acuerdos sobre precios con las farmacéuticas, incluyendo el programa de cobertura farmacéutica Parte D de Medicare.

Desde el sector, se afirma que el sistema actual funciona. «Hoy en día, los medicamentos se compran en un mercado competitivo, donde compradores grandes y sofisticados negocian agresivamente los precios a la baja», afirma Stephen Ubl, CEO de Pharmaceutical Research and Manufacturers of America (PhRMA), el lobby del sector. «Estamos deseando trabajar con el nuevo Gobierno y con el Congreso para anticipar soluciones prácticas y proactivas para mejorar el mercado y cubrir mejor las necesidades de los pacientes».

Reto complicado

Pese al discurso duro de Trump, el cambio de política va a ser un reto difícil. Tendría que contar con un Congreso dominado por el Partido Republicano. Hasta el momento, los republicanos no parecen muy receptivos, y el responsable del Departamento de Salud y Servicios Sociales de EE.UU. designado por el propio Trump, Tom Price, se ha mostrado contrario a la negociación. Si el presidente intenta asumir el sector farmacéutico, «que Dios le pille confesado», afirmó Andy Slavitt, administrador en funciones de Centers for Medicare & Medicaid Services, en la Conferencia sobre Sanidad de J.P. Morgan celebrada el 9 de enero, según MarketWatch. «Está en lo cierto, pero... hace falta mucha energía para enfrentarse a este respecto con el sector farmacéutico». 

Una razón es el enorme poder negociador del sector. Un análisis realizado por la compañía de investigación sobre política sanitaria y conducta corporativa FairWarning, basado en los datos sobre el gasto ofrecidos por la institución sin ánimo de lucro Center for Responsive Politics, indica que en 2015 había más miembros de lobbies en Washington de las farmacéuticas y mayoristas que miembros del Congreso. Todos los años (en los últimos 13), más del 60 por ciento de dichos miembros de lobbies habían trabajado previamente en el Congreso o para el Gobierno, lo que les permitía mantener un vínculo particular. Y el sector farmacéutico ha obtenido más de 147.500 millones de dólares en contribuciones políticas desde 2003.

Afirmar que las promesas de Trump son algo hiperbólicas sería quedarse cortos. En 2016, afirmó que renegociar los precios de Medicare habría supuesto un ahorro de 300.000 millones de dólares al año. Pero Medicare presentó un gasto de menos de la mitad de dicha cifra en medicinas en 2015. 

Solo el hecho de alcanzar acuerdos no sería suficiente. En 2017, la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO) afirmó que permitir al secretario del HHS negociar con las compañías farmacéuticas tendría un efecto «insignificante» sobre el gasto, salvo que la agencia pudiera contar con más apalancamiento, como la capacidad de elegir un medicamento u otro. Si EE.UU. contara con dicha capacidad, podría ahorrar cantidades significativas, en torno a los 16.000 millones de dólares al año, según los investigadores de Carleton University y Public Citizen, siempre que la Secretaría de Sanidad y Servicios Sociales tuviera los mismos precios que recibe el Departamento de Veteranos. Y si Medicare exigiera al sector que ofrezca descuentos para los beneficiarios más desfavorecidos, como se le exige a Medicaid, EE.UU. ahorraría unos 145.000 millones de dólares en 10 años, según la Oficina de Presupuestos del Congreso. Estas cifras sí serían significativas: en 2015, el gasto en productos farmacéuticos en EE.UU. se estimó en 324.600 millones de dólares. 

Podría haber otras fórmulas para reducir los precios de los fármacos. El año pasado, Clinton presentó un plan para crear un equipo destinado a mejorar la disponibilidad de los medicamentos más económicos, controlar los cambios de precios y realizar posibles recomendaciones de sanciones por subidas injustificadas. Tanto los republicanos como los demócratas han ofrecido alternativas en el Congreso, incluyendo urgir a la Administración de Medicamentos y Alimentación de EE.UU. a aprobar medicamentos genéricos, que son más baratos que los de marca, y permitir la importación temporal de fármacos del extranjero para compensar las subidas de precios. 

Estos planes también levantarían voces críticas. El pasado 12 de enero, el Senado rechazó una enmienda a los presupuestos que habría permitido la importación de Canadá, donde los medicamentos son más económicos, por 52 votos a 46. El debate sobre los precios genera políticas imprevisibles: 12 republicanos apoyaron la medida y 13 demócratas se opusieron. 

Siguiendo la línea de sus declaraciones sobre el sector del automóvil, el pasado 11 de enero, Trump criticó al sector farmacéutico por producir fuera de las fronteras estadounidenses. «Nos suministran nuestros fármacos, pero en gran medida, no los producen aquí», afirmó. Trump abogó por «traer de vuelta nuestro sector farmacéutico». Pero los expertos afirman que reestructurar la cadena de producción del sector podría conllevar aumentos de precios.

Los datos de la Administración de Comercio Internacional de EE.UU. demuestran que solamente una cuarta parte de los cerca de 300.000 millones de dólares que EE.UU gasta al año en medicamentos son importados. EE.UU. recibe la mayor parte de sus productos farmacéuticos económicos, denominados principios activos farmacéuticos, de China o India. Cambiar esto supondría reubicar en EE.UU. un sector muy contaminante y que arroja márgenes escasos. Y mientras, el hecho de diseñar una cadena de suministro global compleja para reducir los costes y limitar los riesgos podría llevar a los estadounidenses a pagar más por los medicamentos o incluso a sufrir cortes en el suministro, ya que las fábricas tendrían que pasar por largos procesos de aprobación por parte de la FDA. 

«Traer las fábricas del sector dentro de las fronteras estadounidenses es un ideal, un sueño; pero si se hace a la fuerza, EE.UU. acabaría tirando piedras contra su propio tejado», afirma Shao Yan, CEO de China Grand Pharmaceutical & Healthcare, una compañía de Hong Kong que comercializa medicamentos a nivel global. 

Los directivos del sector en Asia afirman que las compañías estadounidenses importan grandes cantidades de medicamentos y productos químicos porque los costes son inferiores que lo que les supondría fabricarlos en EE.UU. Además, la competencia entre un abanico de proveedores globales le permite a EE.UU. reducir los precios. «Existe un efecto de escala que han alcanzado las compañías chinas o indias, en lo que se refiere a la fabricación de principios activos y moléculas pequeñas»; afirma Franck Le Deu, socio sénior en la consultora McKinsey.

Atraer operaciones del nivel superior, incluyendo el desarrollo de fármacos innovadores sería un movimiento inteligente, «pero traer los sectores que dependen del suministro, como el del sector de la producción de medicamentos genéricos, a EE.UU, podría resultar perjudicial y no conllevar creación de empleo para el ciudadano de a pie», afirma Shao.

En portada

Noticias de 

Si esta noticia ha sido útil para ti,
apúntate a nuestros boletines

También en nuestro canal de Whatsapp