Llega el gran día para el presidente más impopular

Donald Trump jura el cargo como el mandatario con peor imagen, un 44% de aceptación frente al 71% que tuvo Obama o el 77% de Bill Clinton

Viaje en el tiempo. Donald Trump será investido hoy como el 45 presidente de EE UU, pero las camisetas y bolsas que se ven en las calles de Washington son de Barack Obama y llevan la fecha del 20 de enero de 2009. «Se venden mejor. Es que hay mucha gente que todavía no las tenía», justificó Dexter, el vendedor ambulante que ayer se deshacía del inventario sobrante junto al metro de Foggy Bottom. En toda la mesa, un calendario del hombre del tupé amarillo al que solo cantan las estrellas de country.

El magnate neoyorquino al que tanto le gusta ganar aterrizó ayer junto a su esposa modelo en una ciudad donde obtuvo menos del 4% del voto. Trump ganó las elecciones con casi tres millones de votos menos que su rival gracias al arcaico sistema del Colegio Electoral. Las interferencias de piratas rusos que hackearon los servidores de la campaña de Hillary Clinton y del Partido Demócrata para entregar su contenido a Wikileaks se unieron a las falsas percepciones que creó el FBI hasta hundir a su rival en la recta final.

Hoy, al filo del mediodía, se convertirá en el presidente de EE UU con menos popularidad de la historia, 44% frente al 71% con el que llegó Obama o el 77% de Bill Clinton. Despierta también el mayor antagonismo de todos los tiempos -le desaprueba el 52% de la población, frente al 14% que veía con malos ojos a Obama o incluso el 22% de George W. Bush-. A su favor tiene cielos encapotados que para hoy amenazan un 90% de lluvia pero traen temperaturas mucho más suaves que las que soportaron cerca de dos millones de personas para ver al primer presidente negro de la historia jurar el cargo sobre los escalones del Capitolio.

Con todo y el sol fuera, los taxistas de Washington estaban ayer decepcionados ante las expectativas frustradas. «Más dolores de cabeza que clientes», gruñía uno que se enfrentaba a calles cerradas y medidas de seguridad draconianas. El equipo de transición presidencial aventuraba que unas 700.000 personas celebrarán hoy en las calles la llegada al poder de un millonario que promete sacudir el sistema como nadie. En eso la mayoría está de acuerdo, aunque no todos creen que vaya a ser para bien. Una pareja de neoyorquinos de origen polaco que ayer recogía su entrada en el Capitolio era de las pocas que vestía la famosa gorra del 'Make America Great Again'. Trump ha perdido nueve puntos de popularidad en los dos mes meses que han transcurrido desde su elección debido a la forma en que ha manejado la transición. Pero Adrian Wsocki y su esposa creen que la culpa no es de Trump sino de la prensa. «No lo soportan porque él es alguien que dice lo que piensa, en lugar de ser políticamente correcto como los demás. Lo que están intentando es azuzar las protestas».

Ciertamente 63 grupos habían pedido ayer permisos policiales para manifestarse en contra del nuevo presidente mientras tomaba posesión del cargo. Y eso no era nada para lo que desembarcará en las calles mañana para amargarle su primer día de gobierno. Si para la inauguración de hoy se habían registrado 200 autobuses, 1.200 lo han hecho para la gran Marcha de Mujeres que aglutina todas las causas. Un verdadero carnaval de protestas que se propone advertir al nuevo presidente de que la verdadera oposición a sus políticas discriminatorias no estará en el Congreso sino en las calles. Son el único músculo que puede flexionar el Partido Demócrata, que pese a la nostalgia ha perdido durante la presidencia de Obama más de 900 legisladores estatales, 12 gobernadores y 82 asientos en el Congreso.

La redistribución de los distritos electorales y la apatía del electorado progresista son algunas de las cosas que tendrán que enfrentar los demócratas para recuperar el poder. Trump, un mago de los rating televisivos y experto en golpes de efecto, podría enseñarles más de un truco. Pretende estrenar su presidencia con «medidas robustas» que traerán una traca de anuncios espectaculares para «su primer día, su primera semana y su primer mes», adelantó ayer su portavoz Sean Spicer. Se concentrará en esos temas que son decisivos para sus seguidores, como la creación de empleo e infraestructura, los tratados comerciales, la inmigración y la seguridad nacional.

Examen a los candidatos

A este último campo pertenecen la mayor parte de los más de 50 cargos de la Casa Blanca a los que ha pedido seguir en el puesto hasta que pueda configurar su equipo. Trump ha nombrado a los 21 miembros de su gabinete que requieren confirmación pero hasta ayer el Senado no había aprobado a ninguno de ellos. El alto número de generales, multimillonarios sin experiencia y ejecutivos de Wall Street con un conflictivo currículum propicia que los legisladores quieran llevar a cabo una exhaustiva investigación de los candidatos. Entre ellos hay dos mujeres, un negro y ningún hispano, por lo que se considera el gabinete menos diverso desde Reagan.

El espejo de un país en el que muchos no se encuentran reflejados. Esa «America» que Trump quiere poner por delante de todo con un eslogan -'America First'- que a muchos pone los vellos de punta por sus connotaciones con los simpatizantes nazis que lo crearon en los años 30 para evitar que EE UU interviniera en la II Guerra Mundial.

A Trump no le importa. Su discurso lo ha escrito él, insisten sus asesores, inspirado en Kennedy y Reagan, con la esperanza de pasar a la historia junto a ellos como uno de los grandes presidentes de Estados Unidos. Ayer cumplió su sueño de ser celebrado en el Memorial de Lincoln, donde le gustaría ver su busto, y hoy alzará su Biblia para jurar el cargo, después de tomar el te con los Obama. Cuando entre por la Casa Blanca con los códigos nucleares en el bolsillo encontrará sus trajes colgados en el armario, su cepillo de dientes en el baño y la pluma esperándole en el Despacho Oval para hacer y deshacer todo aquello que no le gusta. La era Trump ya ha comenzado.

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