Villanueva del Arzobispo o cómo soportar 51 grados al sol en verano

Pemán equiparaba el silencio absoluto a una tarde de verano en un pueblo andaluz. Y eso que el escritor vivía en Cádiz, donde el levante corrige a la baja la temperatura. Pero su metáfora es exacta: en Villanueva del Arzobispo (Jaén) ninguna charla, ningún paso, lo rompe a partir del mediodía porque prácticamente nadie permanece en la calle a 42 grados a la sombra. O, lo que es lo mismo, a 51 al sol. Además de recluirse en sus domicilios, sus habitantes combaten el intenso calor con aire acondicionado, abanico, ducha, hidratación y una alimentación en la que predominan las verduras de primer plato. En concreto, el gazpacho, que es el pantalón corto de la gastronomía.

Así lo hace Juana, una empleada municipal que alude a la sustitución de las legumbres por las sopas frías como una de las estrategias desarrolladas por la población para minimizar el efecto del calor. La principal, con todo, es evitar salir de casa a según qué horas. En realidad, a cualquiera de ellas. Ayer, a las 10 de la mañana, apenas era perceptible el trajín en este municipio de casi 9.000 habitantes próximo al río Guadalquivir. Sólo quienes tenían que cotizar a la Seguridad Social se enfrentaron al calor por imperativo laboral. El resto optó por permanecer en sus estancias con las persianas bajadas y las ventanas cerradas. Incluso durante la noche, ya que a las 23 horas la temperatura exterior era de 33 grados.

Las cifras que registra el termómetro no son normales. Villanueva, como gran parte de las poblaciones del parque natural de Cazorla, Segura y Las Villas, padece un calor nuevo, contemporáneo, radical, antisistema. Tanto que Alfonso, un vecino octogenario, asegura que ni siquiera durante el año del hambre, que abarca el extenso período de sequía de la posguerra, la población soportó unas temperaturas tan elevadas. Afectado de artrosis, su médico le recomienda que camine diariamente, pero ni la sensación térmica ni la orografía ?vive en un pueblo jalonado de cuestas- constituyen una invitación al paseo. Admite que no cumple la prescripción porque se siente superado por una temperatura arisca. «Antes, cuando llovía en invierno y en primavera, los veranos eran más agradables», rememora melancólico.

Buanaventura, menos nostálgico, pero no menos preocupado, teme que el calor haya llegado para quedarse. Propietario de un comercio situado en el centro del municipio, asegura que a partir de las 11 de la mañana la plaza de la Constitución, punto de encuentro de la población, se queda desierta. Personalmente, considera que la temperatura no es muy diferente a la registrada en años anteriores, pero hace hincapié en que en esta localidad las estaciones se han reducido a dos: invierno y verano. Sobre todo, verano. Y quien dice Villanueva, dice Andalucía, que en cierto modo, apunta otro villanovense, ha sido colonizada por África no por el mar, sino por el aire. En cierto modo, aclara, la inmigración climática ha arribado en cúmulos, las pateras del cielo, y se ha establecido en las zonas de interior.

La colonización es perceptible especialmente en el Valle del Guadalquivir, donde los niveles máximos no han bajado de los 40 grados durante la segunda ola de calor de la temporada, a la que seguirá una tercera y una cuarta, según prevén, no las isobaras, sino los viejos del lugar, cuyo porcentaje de acierto en materia meteorológica no es desdeñable. La intuición no tiene base científica, pero en Andalucía hay quien opina que en pocos años Londres, donde ahora principia el calor, será Sevilla sin taconeo. Y Sevilla, Etiopia con subvención.

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