Sacerdotes de bata blanca

En la UCI pediátrica del hospital Clínico San Carlos, Yasmina se acurruca en el regazo de su madre totalmente ajena a los recortes que la izquierda radical ?de la mano del PSOE? quiere imponer al servicio de asistencia religiosa de los centros sanitarios públicos de Castilla-La Mancha. Ya tiene suficiente con ganarle la batalla al respirador al que lleva conectada dos meses y una tetraparesia que le dificulta la movilidad de brazos y piernas.

Para su madre, sin embargo, la presencia de los capellanes en el hospital ha sido «un apoyo fundamental» en «el trance más difícil» de su vida. «El padre Iñaki le da a mi hija la mejor medicina del mundo: la bendición. Cada vez que viene a la UCI le hace alguna mueca y ella luego se duerme. Yo siempre le digo en broma: ?Padre hay que venir más veces?», comenta Norma, una joven madre de origen paraguayo y afincada en Madrid desde hace diez años.

Pero la «cariñoterapia» que tanto defiende el Papa Francisco no ha sido el único remedio que ha ayudado a esta familia a sobrellevar con más entereza su dolor. «El servicio de atención religiosa muchas veces ofrece una serie de recursos cuando la propia administración no puede hacerlo. Por ejemplo, muchas veces ayudamos a instalar a las familias que vienen de fuera y no tienen suficientes recursos en casas de religiosas. Cuando hay posibilidades se ayuda y no se pregunta si la persona es católica o no», comenta el padre Iñaki Gallego, uno de los cinco capellanes que integran el servicio de atención religiosa del hospital Clínico.

Mediación con las autoridades

En el caso de Norma y Cristóbal fue necesario incluso mediar con las propias autoridades migratorias, ya que ante la enfermedad de la niña, sus abuelas decidieron viajar a España para acompañar a los padres en un trance tan duro. Pero ambas mujeres fueron retenidas en el aeropuerto Barajas para ser deportadas. «Mi marido y yo les habíamos enviado una informe médico con los problemas que tenía Yasmina, además de los billetes y una reserva de quince días en un hotel». Pero no fue suficiente. Tuvo que intervenir el capellán del aeropuerto y la Vicaría de Pastoral Social de la diócesis de Madrid para que las abuelas pudieran reencontrarse con sus hijos y conocer por fin a su nieta. Incluso el propio obispo monseñor Carlos Osoro se ofreció para acercarse a Barajas y resolver personalmente el problema. «Siempre voy a estar agradecida porque si no fuera por todos ellos nuestras madres no estarían aquí con nosotros», apunta Norma.

La atención religiosa en los hospitales «no es un privilegio de la Iglesia católica sino un derecho de los enfermos». Así lo ve Jesús Álvarez Maestro, un sacerdote jubilado que a sus 87 años trabaja como voluntario en el servicio de asistencia religiosa del Clínico y a quien ahora la vida ha puesto en la otra orilla, como enfermo. «Quitar a los capellanes es una injusticia terrible porque se hace un bien inmenso y es el bien más importante para el enfermo después del sanitario», asegura.

Hasta una semana antes de ser ingresado en el hospital, el padre Jesús realizaba su visita diaria al servicio de Cardiología. «?Allí viene el pater?, me dicen los pacientes. Yo les hago bromas y me meto mucho con ellos. Si hay uno del Atlético yo me hago del Madrid y así vamos pasando el día».

La Iglesia «no se mete»

Alrededor de 900 capellanes atienden cerca de 125.134 camas hospitalarias en todo el país. La mayoría son sacerdotes pero también hay «personal idóneo», como religiosas, religiosos o laicos que han sido formados para realizar esta tarea. Su labor está regulada por los distintos acuerdos que cada comunidad autónoma ha firmado con su respectiva diócesis, después de que el Estado decidiera transferir las competencias en materia de sanidad.

«El Estado debe garantizar que la persona pueda ejercer su derecho de libertad religiosa incluso cuando su libertad está limitada, como es el caso cuando está hospitalizada o en la cárcel. La Iglesia no se mete en el hospital. Es el Estado el que le pide a la Iglesia y demás confesiones religiosas (con quien tiene firmados acuerdos de colaboración) que en nombre del Estado garantice a los enfermos el ejercidio de ese derecho. Es por eso que las distintas administraciones públicas compensan ese servicio con un salario que no llega a los 1.000 euros brutos», explica a ABC Jesús Martínez, director del Departamento de Pastoral de la Salud de la Conferencia Episcopal Española (CEE).

Una labor que trasciende la religión

El trabajo de los capellanes en los hospitales es discreto y respetuoso con las distintas confesiones religiosas de los enfermos. «Creo que nuestra presencia es una paz muy grande para la gente, saber que hay una persona dispuesta a escucharles, a llevarles la paz de Dios en un momento díficil de sus vidas. Eso es un tesoro impagable», explica Iñaki. Este sacerdote alegre y con un gran don de gente lleva siete años trabajando como capellán en el Clínico. Casi todo el personal del hospital le conoce y para todos guarda alguna broma o frase de ánimo. «La relación con los trabajadores es buena», comenta el sacerdote. Al menos así lo parece a la vista de las conversaciones improvisadas que surgen en los pasillos. «Creo que ayudan a crear un ambiente acogedor enmedio de casos tan difíciles», comenta Pepi, una de las enfermeras.

Los capellanes dedican gran parte de su jornada a visitar a los enfermos que piden su presencia, reparten la comunión, celebran la misa, imparten la unción de los enfermos y también realizan bautizos de emergencia cuando peligra la vida de algún recién nacido. «Es una labor muy intensa porque casi todas las cosas que pasan son muy duras y la gente está al límite pero creo que la presencia de la Iglesia es humanizadora porque su labor trasciende la labor religiosa».










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