Rusia, un caso alarmante de tolerancia con las agresiones a la mujer

Debido a que la violencia de género en Rusia ha sido siempre un tema tabú, considerado un problema circunscrito exclusivamente al ámbito familiar y que, por tanto, «deben resolver los propios cónyuges», no hay cifras fidedignas de la incidencia real de esta lacra que se ceba especialmente con las mujeres rusas. Las distintas ONGs que en el país eslavo prestan ayuda a las maltratadas calculan que cada año unas 600.000 mujeres rusas son víctimas de la violencia de género.

El Ministerio del Interior ruso admitió en 2008 que cada año entre 12.000 y 14.000 mujeres mueren a manos de sus parejas, casi una cada 38 minutos. En años posteriores no se ha vuelto a facilitar datos al respecto, aparentemente para ocultar el problema, pese a los continuos requerimientos de los organismo internacionales. En 2015, el mismo ministerio aseguró que 50.000 féminas habían sido víctimas de la violencia doméstica, sin aportar más detalles. El país tiene una población de 144 millones de habitantes.

Pese a lo escalofriante de las cifras, en Rusia no hay una ley específica contra la violencia de género. Las agresiones en general, sin empleo de ningún tipo de armas, están reguladas por el artículo 116 del código penal ruso. En julio de 2016, se descriminalizó parcialmente la norma cuando se trata de un primer acto de violencia, siempre y cuando no implique serios daños para la salud del afectado.

El mes pasado, el presidente Vladímir Putin promulgó una modificación de este norma que extiende el mismo principio a la violencia dentro del seno de una misma familia, tanto si son mujeres como hombres. Es decir, un primer maltrato hacia la mujer será solamente una «falta administrativa», si no se repite en el periodo de un año.

Frente a los dos años de cárcel, pena máxima que antes podía ser impuesta a los maltratadores, la nueva norma prescribe multas de hasta 30.000 rublos (unos 480 euros), 15 días de arresto o 120 horas de servicios a la comunidad. Reincidir sí conllevaría penas de prisión como también causar lesiones graves a la víctima o acabar con su vida.

Una importante limitación de la ley es que, según deplora Marina Piléyeva, inspectora de la Policía de Ekaterimburgo especializada en violencia doméstica, «hace falta probar que ha habido malos tratos y los vecinos no son muy proclives a colaborar porque consideran que no hay que meterse en la vida de los demás».

Otro gran fallo de la norma es que, según Piléyeva, «mientras no haya lesiones importantes y si la víctima no denuncia, nosotros no podemos hacer prácticamente nada. Aunque haya testigos e incluso si nosotros presenciamos la agresión». «Tienen que denunciar ellas y no suelen hacerlo por miedo o por excesiva dependencia psicológica de sus parejas», señala.

El alcalde de Ekaterimburgo, Evgueni Roizman, asegura que, desde que Putin dio luz verde a la nueva ley contra la violencia de género, «casi se han duplicado las llamadas de mujeres maltratadas», que recibe la Policía. Roizman sostiene que «antes teníamos 120-130 llamadas al día y ahora 300-350». Ese es el triste balance de la nueva ley un mes después de su entrada en vigor. «Nadie se ha leído bien su texto, pero la idea general es que ahora se puede pegar a la mujer con mayor tranquilidad que antes», se lamenta el regidor de la ciudad de los Urales.

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