Obama, entre la legalidad y la debilidad en sus viajes al exterior

La política exterior de Obama pasará a la historia por decisiones acertadas y erróneas pero, sobre todo, por una nueva visión del llamado «excepcionalismo americano». Una teoría anclada en la cultura presidencial, que contempla a la nación como potencia hegemónica y diferente a las demás, según la cual EE.UU. está llamado a liderar y a transformar el mundo. Para sus defensores, Obama ha intentado devolver el país a la legalidad y a las Naciones Unidas, como uno más, abandonando la soberbia política de muchas décadas. Para sus detractores, sencillamente, la ha liquidado, debilitando a EE.UU. y restándole su esencial papel de liderazgo en el mundo. Donald Trump sacó partido en la campaña de que esta sensación se había instalado en una parte importante del país.

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El presidente inició su mandato con un repliegue de fuerzas de Irak y Afganistán (aminorado después por la realidad sobre el terreno), que complementó con peticiones de perdón por culpas pasadas, en Laos, Hiroshima, Francia, Argentina, Japón? Un giro a la tradicional actitud «arrogante» de EE.UU., según sus palabras, que impugnaba su singularidad en la escena internacional y, sobre todo, sus apoyos a golpes militares y otros comportamientos poco humildes y de demostrada irresponsabilidad en la historia reciente. Mientras los intérpretes del obamismo hablan de «reformulación del excepcionalismo americano», que el presidente saliente plasmó en célebres discursos como el de Selma (Alabama), los críticos le recuerdan una desafortunada frase que después el propio Obama intentaría matizar: «Creo en el excepcionalismo americano, del mismo modo que sospecho que los británicos creen en el excepcionalismo británico y los griegos en el excepcionalismo griego».

El malestar de la mitad conservadora del país, e incluso de demócratas moderados que simpatizan con el papel de «liderazgo mundial» de EE.UU., incluida la exsecretaria de Estado y excandidata derrotada, Hillary Clinton, pareció aminorarse cuando el propio Obama anunciaba la exitosa operación que dio muerte a Osama bin Laden, el 2 de mayo de 2011. El sentimiento de tranquilidad y euforia de los miles de estadounidenses que aquella noche se lanzaron a la calle a festejarlo, resultaría ser un espejismo para quienes esperaban de Obama más determinación en los diferentes conflictos que su marcha deja sin resolver. Entre ellos, la fatídica guerra de Siria, con medio millón de muertos y trece millones de desplazados, donde la indeterminación, basada en su doctrina «leading from behind» (liderar desde atrás), han terminado cediendo el protagonismo a Rusia.

Obama asegura no arrepentirse de haberse echado atrás en el último momento, cuando estaba preparada la operación de bombardeo contra Al Assad

Pese a las críticas, Obama asegura no arrepentirse de haberse echado atrás en el último momento, cuando estaba preparada la operación de bombardeo contra el dictador sirio, en 2013. El otro problema que asume Donald Trump es el de los yihadistas de Daesh, que en ocho años se han expandido por buena parte del territorio musulmán y golpeado de forma sangrienta a Europa y, en menor medida, a EE.UU. En cuanto a Afganistán, su última decisión antes de dejar la Casa Blanca mantendrá una presencia de más de 8.000 soldados «sine die».

El resultado más importante de la obra diplomática del presidente Obama, ha llegado en los dos últimos años de mandato. El cambio más relevante con respecto a la tradicional política estadounidense se materializó en el acuerdo nuclear con Irán, alcanzado en julio de 2015, por el que el régimen de los ayatolás renunciaba a la construcción de la bomba nuclear, a cambio del fin de las sanciones económicas. Iniciativa del secretario de Estado, John Kerry, que logró la firma de toda la comunidad internacional, el pacto despertó una polémica que aún se mantiene. Además de las reticencias por ser uno de los tradicionales enemigos de EE.UU., financiador del terrorismo internacional, según los críticos, el entendimiento con Irán distanció aún más a Obama del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Una brecha aún más abierta recientemente, cuando la Administración Obama se abstuvo por primera vez permitiendo que la ONU condenara los asentamientos israelíes en los territorios ocupados.

La otra gran iniciativa de Obama fue el deshielo iniciado con Cuba, que simbolizó el restablecimiento de relaciones en diciembre de 2014 y la reapertura de ambas embajadas, en julio de 2015. Para salvar la oposición de la mayoría republicana en el Congreso al fin del embargo comercial aplicado a la isla durante cincuenta años, el presidente saliente ha firmado una serie de órdenes ejecutivas para una supresión de facto. Pese a los continuos gestos de la Administración Obama, el régimen de los Castro ha dado pocas señales de apertura, ni siquiera tras la muerte de Fidel, el pasado diciembre.

Europa, continente más visitado

Aunque Europa fue el continente más visitado, y quedarán para la historia discursos tan sonados como el de Berlín en 2009, en plena euforia mundial en pro del recién nombrado Premio Nobel de la Paz, su política se ha caracterizado por un distanciamiento del Viejo Continente y un acercamiento a Asia. La apuesta de Obama por mirar hacia Oriente, como nuevo espacio al que se traslada el eje de rotación del planeta, derivó en el acuerdo de comercio Transpacífico (con otros once países), que Trump se dispone ahora a liquidar. Los viajes más personales de un presidente al encuentro con su pasado, también dejaron huella. Como su presencia en la llamada «casa de los esclavos», en la isla de Gore, desde donde eran embarcados rumbo a América. O la visita a Kenia, de donde era original su padre, en busca de sus raíces algo más directas y cercanas.

La recta final del mandato está cargada de simbolismo. Como el que proporcionó su presencia en Cuba, frente a frente con Raúl Castro, a la que siguió una visita a Argentina, donde Mauricio Macri estaba abriendo una nueva era, tras la derrota del kirchnerismo. Los momentos no fueron de menor relevancia en Asia. Obama acudió a Hiroshima, donde pidió perdón por las víctimas japonesas de la bomba atómica. Pocos días antes, había acudido a Vietnam, otro país sin presencia de un mandatario norteamericano desde la impopular guerra.

En el esfuerzo final de salidas al exterior, Obama visitó también España. Fue el pasado julio. Un tiroteo que acabó con la vida de cinco policías en Dallas le obligó a recortar un viaje que, pese a estar programado su paso por Sevilla, se limitó a Madrid y a algunas bases norteamericanas.

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