Nicaragua se sumerge en el violento ocaso de los regímenes del Alba

La represión de Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo ha causado, proporcionalmente, más muertos en Nicaragua en cuatro días (del 19 al 22 de abril) que la de Nicolás Maduro y su mujer, Cilia Flores*, en Venezuela en las masivas protestas de los últimos años. Los 46 muertos computados en la revuelta nicaragüense serían 233 si aplicáramos el ratio poblacional de Venezuela, que es algo más de cinco veces mayor.

En el caso venezolano, los 43 muertos en las protestas de 2014 y los casi 150 en las de 2017, sin embargo, tuvieron mayor impacto mediático por prolongarse más en el tiempo. También acabaron provocando una reacción internacional más contundente contra el gobierno opresor; Ortega ha querido prevenir esa intervención de la Organización de Estados Americanos retirando las medidas que habían provocado la revuelta y anunciando una supuesta investigación sobre las muertes.

El ocaso de los regímenes bolivarianos ?los países de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, o Alba? es irremediablemente violento, porque el atrincheramiento en el poder es parte de su ADN. Cuando hace un par de años comenzaron a soplar nuevos vientos políticos en la región, evidenciando el hartazgo social provocado por las llamadas 'revoluciones rosas', ya era predecible que no iba a haber un final bolivariano sin estridencia.

Dejando al margen el particular caso de Cuba, la excepción ha sido Ecuador. Rafael Correa estuvo tentado de forzar su permanencia en el poder y hubo un intento de formar colectivos como fuerza de choque. Al final Correa prefirió dejar a un sustituto para luego probablemente volver a la presidencia, pero Lenín Moreno ha roto con su mentor. Ese error de cálculo de Correa muy probablemente ha evitado a los ecuatorianos las escenas vividas en Venezuela y en Nicaragua.

El siguiente test tenía que haber sido Bolivia, donde todo indica que Evo Morales, contraviniendo las disposiciones constitucionales, volverá a presentarse a las presidenciales de 2019. La tentación de Morales de hacer frente al desgaste político con un gran fraude electoral calentará enormemente la calle.

Llegan los recortes

Antes de llegar a esa cita electoral, sin embargo, ha ocurrido lo de Nicaragua. Parecía que, luego del fraude de las presidenciales de 2016, Ortega había conseguido neutralizar el rechazo social, pero en realidad no era así. Ha bastado una controvertida decisión presidencial ?una que afecta a todos los sectores de la población y que muestra qué lejos del pueblo vive la familia presidencial? para que estallara la revuelta. La polémica reforma del seguro social, que consistía en reducir las pensiones en un 5% y aumentar el pago a la Seguridad Social tanto de empresarios (del 19% al 22%) como de trabajadores (del 6,25% al 7%), ha sido finalmente retirada por el Gobierno.

Con ser importante la movilización estudiantil y esencial el papel de liderazgo de la Iglesia nicaragüense en el cuestionamiento de Ortega, lo realmente clave ha sido el cambio de bando del empresariado. A diferencia de lo ocurrido en Venezuela, donde Hugo Chávez expropió compañías, cercenó la libre empresa y quiso enfrentar al pueblo contra la clase empresarial, Daniel Ortega ha tenido a los empresarios como aliados. Chávez no los necesitaba porque tenía los ingresos del petróleo; Ortega debía contar con su complicidad dados los menores recursos públicos de Nicaragua. En Venezuela, los dirigentes chavistas desplazaron a los empresarios y se pusieron ellos mismos a hacer negocios; en Nicaragua, los hijos de Ortega y Murillo también dirigen compañías, pero integrados en la comunidad empresarial.

Sin petróleo venezolano

Ortega no quedó en manos de las organizaciones empresariales porque contó con algo del petróleo venezolano, a través de la empresa Albanisa (51% de la estatal venezolana PDVSA y 49% de la nicaragüense Petronic), gestionada opacamente siguiendo intereses de clientelismo político. La caída del precio del petróleo en 2014 y luego la pronunciada reducción de la producción de PDVSA han disminuido notablemente el combustible que recibe Albanisa, generando un grave problema financiero en las cuentas públicas de Nicaragua, como ha relatado Univision en un reciente reportaje.

Ante ese problema, Ortega no ha tenido más remedio que comenzar a aplicar recortes y eso explica su proyecto de reforma del seguro social. La necesidad de recortes ya fue el final de Rafael Correa en Ecuador (su negativa a aplicarlos le llevó a ceder el puesto de presidente a Lenín Moreno para que fuera este quien aplicara la tijera, para luego él volver al cargo en un nuevo ciclo de vacas gordas), y puede serlo de Ortega. Aunque a diferencia de Ecuador, donde en 2016 llegó a haber cifras negativas del PIB, en Nicaragua la previsión de crecimiento para 2018, alrededor del 5% del PIB, es de las más altas de Latinoamérica.

En cualquier caso, la presión popular va a seguir en Nicaragua, donde los manifestantes no se han detenido en la cuestión del seguro social, sino que están reclamando la marcha de la pareja presidencial.

[* Rosario Murillo es vicepresidenta de Nicaragua, elegida en el ticket electoral junto a su esposo en las elecciones de 2016. Cilia Flores no tiene ese mismo rango en Venezuela, pero todas las fuentes confirman su directa intervención, con un protagonismo propio, en la mayoría de decisiones adoptadas por el poder chavista]

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