Ni antaño ni hogaño

Tenemos muchas suerte, somos unos auténticos privilegiados los españoles que no hemos sido nunca objetivo directo de ETA. Quienes hace dos semanas se alegraban con la petición de perdón selectivo de los criminales tienen en la bazofia leída por el asesino Josu Ternera el pasado jueves la explicación de por qué ese perdón era falso.

Las víctimas de ETA no son sólo las 853 personas vilmente asesinadas y sus familiares. Lo son también las que fueron heridas en atentados, las que fueron secuestradas, y con todas ellas sus familiares. Miles y miles de españoles. Y víctimas de ETA fueron también los vascos que vivieron un ambiente irrespirable magistralmente descrito por Fernando Aramburu en «Patria», como víctimas han sido los españoles que viviendo fuera del País Vasco se sentían amenazados por los terroristas y debían mirar debajo de su coche cada mañana. De esos conozco bastantes.

Mi familia -mis padres, mis hermanos, mis hijos- no hemos sido nunca objetivo de esa banda criminal -o al menos no somos conscientes de haberlo sido. Pero en mi círculo más íntimo sí tengo al menos dos personas cuyos padres -y por lo tanto ellas- fueron víctimas de ETA. Y son personas a las que los asesinos ya han dejado claro que no van a pedir perdón.

Diego Prado y Colón de Carvajal fue secuestrado por ETA en el garaje de su casa el 25 de marzo de 1983. Era un empresario al que su paso por la presidencia del Banco de Descuento le había dejado en una situación económica casi imposible. La familia logró su liberación el 6 de junio de ese año, tras un secuestro de 75 días, hasta entonces el más largo que había habido. Las secuelas del cautiverio fueron terribles para Prado. Baste mencionar que al poco se le diagnosticó un cáncer -del que habría de morir- que se consideró consecuencia de las angustias vividas. Y el impacto fue sobre toda su familia. Pero a esas víctimas, ETA no les pide perdón porque no cree que un empresario como Prado y Colón de Carvajal lo merezca. Él era parte de «la oligarquía represora».

Tampoco van a pedir perdón a los nueves hijos y muchísimos nietos de Juan María Araluce, presidente de la Diputación de Guipúzcoa y consejero de Reino, a quien ETA asesinó a la puerta de su casa el 4 de octubre de 1976, dejando a su viuda, Maité, el reto de sacar adelante, ella sola, a todos aquellos hijos. El primer empeño de Maité fue enseñarles que la lección fundamental que debían de aprender de la tragedia que habían vivido era la de que «vuestro padre está en el Cielo y nosotros somos cristianos y tenemos que perdonar. Perdonamos de todo corazón».

Hasta el punto de que su hijo José, que es sacerdote, tiene dicho públicamente que «no me acuesto un solo día sin rezar por los que asesinaron a mi padre». Pero ni aún así le van a pedir perdón a José Araluce porque los asesinos consideran que su padre era un enemigo y por eso merecía morir acribillado a balazos en compañía de su conductor y tres policías de escolta. Cinco familias rotas en un solo acto vesánico por el que ETA no pide perdón.

A todos ellos les consideran culpables Ternera y toda esa caterva de asesinos a la que los pastores de los últimos lustros instruyó tan mal. No en vano, por aquellas actitudes han pedido perdón los obispos que hogaño rigen esas diócesis. Era aquel un clero que no enseñaba a pedir perdón por el daño causado. Tenían un sentido muy extraño de la fe. A Diego Prado le aseguraron que si le mataban le llevarían antes un sacerdote para confesarse. Pero ellos no sabían pedir perdón. Ni antaño ni hogaño.

Ramón Pérez-MauraRamón Pérez-Maura
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