Millet, un pícaro de categoría superior

Cuando durante la instrucción del caso del Palau de la Música se conoció que el saqueador confeso Fèlix Millet había pagado con fondos de la institución la boda de su hija en el coliseo modernista casi se consideró algo normal, una más de entre un cúmulo de fechorías. Cuando de la misma boda se supo que no había pasado por alto cobrarle a su consuegro la mitad del coste de la celebración, la sociedad entendió definitivamente que Millet era un pícaro de categoría superior.

El pasado miércoles, años después de todo aquello, sentado en una silla de ruedas ante el tribunal que juzga el expolio, con su habitual voz de mala noche, Millet se justificaba ante el interrogatorio del fiscal Emilio Sánchez Ulled. En realidad, dijo, él aceptó que el Palau pagase el convite de sus dos hijas (164.269 euros en total) porque con eso se conseguía publicidad para la institución, en esos años en frenética actividad para conseguir fondos. Vaya, que le hizo un favor.

La anécdota de las bodas de las hijas es significativa del tono y maneras con las que Millet se condujo durante sus casi dos décadas como presidente -entre 1990 y 2009- del Palau de la Música, cuyo edificio, una maravilla del modernismo obra de Domènech i Montaner, se construyó para acoger el Orfeó Català, fundado por el bisabuelo del gran saqueador. Literalmente, Fèlix Millet andaba a sus anchas. «Nos han echado de casa», se lamentaba el personal más próximo a Millet una vez el escándalo acabó con una época de descontrol y saqueo.

Hablar de descontrol no es un recurso periodístico. Literalmente, lo de los sobres con billetes de 500 euros era un ir y venir, hasta el punto de que tal tráfico despertó la curiosidad de Hacienda, en esa época, con la economía española en fase turbo, preocupada por el uso que se daba a los billetes lilas. Las sospechas de Hacienda se comunicaron a la Fiscalía, cuya investigación inicial acabó desembocando en el registro de 23 de julio de 2009. Se había acabado la fiesta.

Vaciar las arcas

Desde ese momento, no hubo día en que no se conociesen más detalles. La deriva política pronto se enfocó hacia Convergència Democràtica de Catalunya (CDC), que como se está confirmando estos días durante el juicio utilizó el Palau como un vehículo para el cobro de comisiones. No obstante, los detalles más morbosos los puso la investigación en torno a Millet y su mano derecha, Jordi Montull, que literalmente se dedicaron a vaciar las arcas de la institución. Sin contemplaciones. Según las conclusiones de la Fiscalía, se estima que Millet desvió más de siete millones de euros, mientras que Montull se llevó 1,3.

A ellos hay que sumar los 9,6 millones de euros que desaparecieron de las arcas de la Fundación, la Asociación o el Consorcio del Palau «sin dejar rastro alguno», como se lamentaba en su momento el Ministerio Público. Una desaparición facilitada por el «modus operandi» más frecuente -la retirada de cheques al portador en ventanillas de bancos-, y al amparo de la poca colaboración que las entidades bancarias dieron a los investigadores para dilucidar quién acudió a cobrarlos, según denunció el en su momento juez instructor Josep María Pijoan.

Millet y los Montull -Jordi y su hija Gemma, directora financiera, también imputada- no se cortaban un pelo. Entre los gastos personales detectados a costa del Palau, Millet y Montull se costearon obras «suntuosas» en sus viviendas por un importe total de unos 2,5 millones de euros, de los cuales 2,3 para Millet. Él era el jefe. Además de estos gastos y las bodas de las hijas de Millet, el expresidente del Palau y Montull cargaron a la entidad gastos por viajes de placer con sus familias a destinos como México, la Polinesia, Kenia, o Islas Maldivas. Nada menos que 648.000 euros en total. La avaricia, por llamarlo de alguna manera, llegaba hasta tal punto que Millet cargaba al Palau todo tipo de gastos: cuando se reparaba la cafetera de su casa (373 euros), pagaba el Palau; cuando había que pulir el mármol del baño (330 euros), también pagaba el Palau, y cuando había que arreglar el videoportero de la casa de su hija (3.000 euros), pues también pagaba el Palau. Los Montull tampoco se cortaban: cualquier gasto era susceptible de cargarse a la institución. Era su casa. Todo a lo grande.

U negocio sensacional

Durante una época todo el mundo corría a hacerse la foto con Millet -de derecha a izquierda los políticos se daban codazos para ayudar al Palau-. Flirteó con el PP para ganarse las ayudas del Gobierno de José María Aznar para la reconstrucción del Palau; con el PSC todo eran facilidades para sacar adelante sus planes urbanísticos, empezando por el proyecto para el llamado hotel del Palau, por los que Millet y Montull pasaron preventivamente por la cárcel. De la relación con el nacionalismo y CDC se ha escrito largo y tendido, aunque tampoco nada era gratis: de la mordida de Convergència Millet y Montull también sacaban su parte. Del 4% que se estima que Ferrovial pagaba de comisión por obra pública, el partido se quedaba la mitad, y la otra se la repartían los saqueadores, tres cuartas partes para Millet, el resto para Montull. Un sensacional negocio.

A medida que avanzaba la instrucción se iban conociendo detalles sobre el modo impune con el que el presidente hacía y deshacía. De hecho, a modo retrospectivo, el perfil del expresidente lo clavó su hermano Xavier cuando estalló todo el escándalo. Éste explicaba que el afán de su hermano Fèlix por el dinero fácil y rápido era «patológico», y ya se reveló en su tierna infancia. De niño, contaba, cuando cumplían años Millet y sus hermanos, recibían una bolsa de caramelos. Félix los cogía y luego los ofrecía a sus hermanos... a cambio de dinero. Es más, proseguía Xavier, cuando los había vendido, luego se ponía a llorar y el hermano comprador acababa cediendo al calculado berrinche y se los devolvía. Una monada de niño.

Décadas después de aquello, las tropelías del niño Millet se ventilan en lo que se considera el juicio a toda una época.

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