La «pinza» de Sanders con Trump exaspera al Partido Demócrata

Recta final de las primarias. En diez días culminará el proceso más atípico en décadas, reflejo de un país que abomina hoy de todo lo que huela a establishment y a política clásica. La paradoja es que se sabe quiénes van a ser los nominados, pero es como si no se supiera. En el bando republicano, Donald Trump, el outsider por excelencia, sigue renegando de un partido que tampoco le quiere. Pese a ello, está consumando una victoria apabullante: ya ha sumado los 1.237 (mitad más uno) delegados necesarios. Uno más, para ser exactos. Y está a punto de convertirse en el más votado en unas primarias republicanas. El dislate demócrata no es menor. Salvo Bernie Sanders, el otro outsider protagonista, autoproclamado socialista y llamado a revolucionar un partido al que ni siquiera pertenece (se presenta como independiente), todo el mundo reconoce que Hillary Clinton va a ser la nominada. Alcanzará la mitad más uno de los delegados en la jornada final del 7 de junio. Pero Sanders no se conforma. Consciente de haber puesto la semilla de un discurso emancipador, que ha radicalizado a la propia exsecretaria de Estado, no quiere irse de vacío.

Nadie acierta a definir qué pretende Sanders. El oficialismo, incluida la propia Clinton, se exaspera y exige su retirada, consciente de que su presencia debilita a la segura candidata. El senador por Vermont resiste. Para unos pocos, aspira a ser candidato a vicepresidente en un ticket con Clinton. Para la mayoría, quiere cambiar el partido y el país. Es un activista. Pero en su apuesta a doble o nada, tiene desquiciado el establishment. Primero fue la asamblea demócrata de Nevada, en la que la discusión entre la dirección del partido y los partidarios de Sanders derivó en algarada. Entre acusaciones de manipulación, refrendadas después por el senador, hubo brotes de violencia: enfrentamientos verbales y sillas volando. Ahora llega el segundo desafío. En su intento de acaparar el mayor protagonismo frente a Clinton, Sanders negocia un debate televisivo en California con su enemigo ideológico, pero aparente amigo táctico, Donald Trump.

No está claro si habrá cara a cara, pero la discusión entre outsiders, vedetes de un inopinado espectáculo político al margen de la oficialidad, está relegando a Clinton a un segundo plano. Sanders se justifica en que primero ofreció a la exsecretaria de Estado un debate que ella rechazó. La posible primera presidenta de Estados Unidos afirma que ?no es una discusión seria? y proclama que esperará a su debate con Trump. Sanders responde tachándola de ?arrogante?.

El showman aprovecha para darle hilo a la cometa de Sanders y ahondar en la brecha demócrata. Entre invitaciones continuas al senador para que se presente como independiente, antesala hipotética de su segura victoria, el millonario se mueve como pez en el agua en la desestabilización ajena. Y parece marear la perdiz con el debate, que condiciona a que una televisión logre 15 millones en publicidad, pero destine diez a fines benéficos. En concreto, para la salud de las mujeres, colectivo que hoy le da la espalda.

Entre tanto, la simbólica California, el estado de oro, tradicional testigo mudo en las primarias, emerge ahora como termómetro electoral, como símbolo de un final feliz o de una nueva tortura para Clinton. Aunque sigue liderando las encuestas, Sanders ha recortado hasta el empate técnico.

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