Familias de emergencia

Alejandro tiene 9 años. Los mismos que Andrés. Sus madres de acogida son Estrella Ferrón y Teresa Díaz, respectivamente, vecinas que se llevan como hermanas. Al igual que los niños que acogieron. Lo hacen todo juntas: buscan pisos cercanos y colegio para los pequeños, comparten vivencias y también las preocupaciones propias de la acogida de un menor durante sus primeros años de vida. «Materialmente, en los centros de protección de menores lo tienen todo, probablemente más que nuestros hijos biológicos, pero te das cuenta cuando vas de que les falta afecto. Empiezas a ver cómo se mueven y compruebas que no tienen el vínculo tan necesario que les enseña a ser humanos», afirma Estrella.

«Alejandro está conmigo desde que tenía un añito. Y tiene la misma pasión por su madre, Vanesa, que por mí. Es muy curioso», continúa Ferrón. Existe lo que se llama el «vínculo tenaz» del niño con su verdaderos padres: preguntan por ellos, los llevan siempre en la cabeza. No menos llamativo es el lenguaje que emplean estas madres de acogida. Combinan con soltura la realidad biológica con la sentimental. Y no presentan grietas en el discurso: «El objetivo del acogimiento es que el menor esté en un entorno seguro. Su estabilidad. Luego, la primera medida que se persigue es el retorno del niño con sus padres, que han atravesado situaciones a veces muy difíciles. Asumimos que volverán con ellos porque queremos el bien de los niños y sabemos que no los vamos a perder, que estarán ahí, de una u otra manera, siempre. En el corazón de un niño cabe afecto para todos». Quien habla es Teresa, profesora de Antropología en la Universidad CEU San Pablo, que junto a Estrella forma parte de la asociación Familias para la Acogida.

Ellas, se puede decir, ya son expertas en estas lides. Estrella tiene un hijo adoptado, Juan, y otros dos niños de acogida, además de cinco biológicos. En el domicilio de Teresa, sus tres hijos mayores han aprendido a «ceder» espacio al pequeño Andrés y están encantados con ello. «La mayor, Rocío, se ha decantado por cursar la carrera de Educación Infantil y yo creo que es por la convivencia con su hermano Andrés», agrega Teresa. «Es una experiencia única, muy bonita», defiende.

A la tercera va la vencida

Asiente su amiga escuchándola porque para Estrella están haciendo un «bien» por menores que no tenían escapatoria. En su caso, la historia de Vanesa ha sido un auténtico drama. Es una niña rusa, adoptada por padres españoles y luego abandonada. A los 17 años se quedó embarazada y ahora tiene hueco también en la vida de Estrella, como su hijo Alejandro. Ambos han recibido en casa de esta maestra cacereña toda la ayuda que no tuvieron de sus dos primeras familias.

«Tengo 58 años y no sé qué es pasar la tarde en un museo ?dice con mucha gracia Estrella?. Nos pasamos la vida en las comisiones de educación pidiendo un colegio para Andrés y Alejandro, o llevándolos al psicólogo porque se culpabilizan del abandono, o...». «Hombre, lo que aportan es muchísimo, pero también es agotador. Yo tengo 49 años, ahora no cogería a un bebé o un niño muy pequeño que requiera estar toda la tarde en el parque. No me da», asegura Teresa, aunque su ritmo vital parece llevarle la contraria.

Mucha gente ajena se malicia de que cuidan, dan sustento y formación y se desviven por niños que luego «volarán» del nido. «Pero como los biológicos», se apresura a corregir Teresa. «Somos lo que se puede decir un amortiguador afectuoso», sonríe. Desde Aseaf (la Asociación Estatal de Acogimiento Familiar), Jesús Palacios, catedrático dePsicología Evolutiva y de Educación de la Universidad de Sevilla, le da la razón y reivindica ese «fuelle» emocional: «El ser humano está hecho de un material especial que en su infancia necesita para su desarrollo pleno un hogar en el que recibir un beso de buenos días, la charla alrededor de la mesa sobre cómo ha ido la mañana en el colegio, el rato de juego por la tarde, la lectura al pie de la cama cuando termina el día o el abrazo cuando la herida duele».

Eso lo dan estas familias acogedoras, un fenómeno que, a diferencia de la adopción, no será para siempre, es un procedimiento mucho más rápido desde que se solicita y no viene acompañado por un reguero de requisitos nacionales o internacionales del país de origen. Los padres de Andrés son hispanocolombianos. Tenían 15 años cuando tuvieron al bebé. No estaban preparados, pero tampoco quisieron darlo en adopción. Ni perderlo. Desde entonces, Teresa da cobijo al niño. Les han salvado parte de su vida, pero ellas son renuentes a magnificar el gesto.

Once euros al día por menor

María Araúz escucha en la charla de sobremesa montada por las dos amigas. Es la vicepresidenta de Aseaf y Adacam (Asociaciones de acogedores de menores de la Comunidad de Madrid) y, por supuesto, comparte la aventura del acogimiento. Los niños dan satisfacciones, pero hace falta voluntad, refrenda, al tiempo que subraya que el problema con que se topan es con el desconocimiento de la sociedad. «La mayoría de los acogedores nos hemos metido de forma casual», añade. «Y la primera pregunta que suele hacerte la gente es ?cuándo te lo quitan?», lamenta.

También es preciso el dinero. En Madrid, se perciben 11 euros por menor y día (3.900 euros), dinero que se «evapora» y que hay que solicitar durante un tiempo muy determinado, porque si no se pierde, se quejan. «Hacen falta más recursos, desde más psicólogos de atención a más puntos de encuentro. No es normal que solo tengas uno para todas las familias de Madrid (que en acogimiento familiar son 2.371 y residencial 1.698 niños)», censura Teresa. Gracias a la Ley de la Infancia de 2015, los niños de 0 a 3 años no pasan por centros de menores. Van directos a las familias. El número de menores en acogimiento experimenta una tendencia decreciente: eran 37.000 en 2010, 33.700 en 2015. La cifra se mantiene estable; y ahora se ha comprobado que la mayoría son acogidos en familias extensas como las de Teresa y Estrella.

Los medios varían entre autonomías. «País Vasco dota a las familias de grandes recursos», afirma Teresa. En la comparativa que traza Aseaf, Cataluña otorgó en 2017 2.800 euros por menor; Andalucía, 3.483 euros; 4.200 en Comunidad Valenciana; y 5.300 en Castilla-La Mancha.

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