Elecciones en otoño

Semanas antes de que Puigdemont fulminara a Marta Pascal -para poner a los suyos mucho más que para fijar un rumbo nuevo en su política de alianzas con el Gobierno, que en cualquier caso no tiene decidido- el círculo de confianza del presidente se planteaba disolver las Cortes a la vuelta del verano. Pedro Sánchez fue desde que llegó a La Moncloa muy consciente de que más que media legislatura por delante tenía una larga campaña electoral en la que le sería relativamente fácil hacer gestos efectistas y muy difícil gobernar.

Ni siquiera con un PDECat tranquilo se sentían los socialistas con fuerzas para sobrevivir a las navajadas traperas de Podemos, a las astracanadas de Puigdemont y a las contradicciones de Esquerra y del PNV. Pero la estocada de Puigdemont a lo que quedaba de la vieja Convergència y la elección de Pablo Casado como nuevo líder del Partido Popular han acabado de crear la sensación en el presidente y en sus colaboradores de que, si las encuestas de agosto siguen siendo buenas, anticipar las elecciones podría ser su mejor opción.

Tanto Puigdemont como Iglesias quieren llevar al límite a Pedro Sánchez: Puigdemont para resolver su situación personal y Pablo Iglesias porque está más interesado en sustituir al líder de los socialistas, como referente de la izquierda, de lo que estuvo en sustituir a Rajoy al frente del Gobierno.

Sobre Casado, tanto los socialistas como Pedro Arriola creen que, cuando el PP manifiestamente se identifica con los valores clásicos del conservadurismo, excita el voto útil de la izquierda alrededor del PSOE, por el miedo a que «viene la derecha».

La posible imputación de Pablo Casado por su máster es otro aliciente que los socialistas tienen para no darle mucho tiempo al PP, aunque con esta eventual imputación no sólo especula el PSOE. También Alberto Núñez Feijóo la tuvo en cuenta cuando decidió no presentarse a las primarias, entendiendo que tal vez dentro de unos meses podrá tomar el control del partido por la vía rápida sin tener que pasar por humillantes procesos de selección de personal que suelen ser además un letal mata gigantes.

Por todo ello, el presidente y su entorno temen que a partir de septiembre se iría haciendo evidente que con 85 diputados no se puede gobernar, lo que sólo podría arruinar el «efecto Sánchez» y secar sus expectativas electorales, y todo a cambio de un raquítico año de agonía e impotencia que tanto Iglesias como Rivera aprovecharían para sangrarles.

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