El Parlamento que quieren los europeos

Pedro tiene 53 años, mujer y dos hijas. También, una casa que, como buen oficial de la construcción, levantó con sus propias manos a lo largo de la temporada que pasó en situación de desempleo, durante una crisis económica que golpeó con dureza a la región periférica de la Unión Europea en la que vive. Desde que alcanzó la mayoría de edad no ha faltado a una sola cita con las urnas para poder elegir a sus representantes a nivel local, autonómico, nacional o europeo.

El compromiso de Pedro con la democracia es pleno. Sigue los debates de actualidad y conoce los temas que tratan los políticos tanto en su ciudad como en la capital de su país. Tiene nociones sobre lo que se discute en Bruselas, pero se queja de no estar informado de todo lo que allí sucede. De vuelta en casa por Navidad, sus hijas -diestras en las redes sociales-, le muestran vídeos de debates del Parlamento Europeo colgados en Youtube. Pedro sigue con interés cada uno de los temas que en ellos se tratan... maravillado por el mero hecho de que se traten.

«¿Y esto por qué no sale en la televisión?», pregunta Pedro a sus hijas.

«Sale a veces, Papá», responde una de ellas. «También en la radio, en los periódicos y en internet».

«Pues yo casi nunca encuentro información sobre estos asuntos. ¡No sabía que el Parlamento Europeo actuaba para identificar y cortar las líneas de financiación a grupos terroristas o para combatir las raíces de la radicalización! Tampoco, que había impulsado iniciativas para que las multinacionales paguen los impuestos que de manera equitativa les corresponden, para que los servicios de las fronteras exteriores cuenten con los medios necesarios para gestionarlas o para que las aduanas intensifiquen los controles sobre alimentos procedentes de terceros países, garantizando que cumplan con los estándares de seguridad«, se lamenta Pedro.

Como acaba de descubrir, la Eurocámara propone, de hecho, numerosas medidas en estos ámbitos. Ámbitos que, como manifestaron el pasado verano los ciudadanos europeos, al ser preguntados acerca de cuáles debían ser las prioridades de la Unión Europea, consideraron de urgencia. En un tiempo compungido por atentados contra París, Bruselas o Berlín -que lo son contra toda Europa, contra todos nosotros-, la lucha antiterrorista resultó ser, para el 82% de los encuestados en esta edición especial del Eurobarómetro, el ámbito en que la Unión más debería implicarse. Inmediatamente después de éste, combatir el desempleo fue la petición que trasladaron a los legisladores europeos. En materia de lucha contra el fraude fiscal, la gestión de la inmigración y de las fronteras y la protección del medioambiente, los electores también respaldaron ampliamente el mandato concedido a las instituciones europeas.

La actividad que el Parlamento Europeo viene desarrollando en estas áreas es extensa. Sin dejar de ser un espacio para el debate más fructífero, para el encuentro de ideas llegadas de todas las regiones europeas y de todas las tonalidades de la paleta de colores políticos, la Eurocámara expresa la voluntad de los ciudadanos en materia de política agraria, gestión de las fronteras o tasas de ?roaming?, por ejemplo. También se encarga de velar por la preservación de los mecanismos democráticos en los 28 Estados miembros, así como de garantizar la libre circulación de personas, bienes y capitales en el mayor espacio de paz y libertad que nos hemos dado en nuestra Historia.

Las competencias que tiene son, por tanto, concretas y limitadas. Como concretos y limitados son los tiempos parlamentarios. Ello exige a los 751 diputados que, cada cinco años, los votantes eligen en las urnas, concentrarse en los temas que realmente preocupan a la ciudadanía y que tienen cabida en los paquetes legislativos sobre los que tiene competencia. En este sentido, hacer un uso óptimo de los recursos y tiempos del Parlamento Europeo pasa porque su actividad priorice dar soluciones a los problemas contra los que los ciudadanos le piden que actúe.

Se lo piden porque, de hecho, afectan a su vida diaria. Razón por la cual muchos, como Pedro, quisieran que su discusión y desarrollo les fueran más cercanos. Según los datos del Eurobarómetro de noviembre, el 66% de los europeos dice no estar informado de las actividades del Parlamento. Y, sin embargo, más de la mitad consideran que formar parte de la Unión Europea es positivo. Porque la Unión Europea no sólo es sinónimo de progreso, sino también de respeto por los derechos humanos, los valores fundacionales (libertad, igualdad, solidaridad, Estado de derecho, justicia, tolerancia, pluralismo y no discriminación) y la democracia en su máxima expresión, que son a su vez los pilares básicos del sistema institucional europeo. Al ser el único órgano comunitario elegido a través del voto directo de los ciudadanos, el Parlamento Europeo es el máximo garante del respeto a los mencionados derechos y valores.

Con frecuencia, las voces euroescépticas critican el supuesto «déficit democrático» de que adolece la Unión. En este sentido es necesario acercar más y más la actividad del Parlamento -que es la institución ante la que rinden cuentas tanto la Comisión como el Consejo- a todos los rincones de la geografía europea. Para lograrlo, la Eurocámara se sitúa a la vanguardia de la democracia digital. Su equipo de comunicación se esfuerza por transformar complejos paquetes legislativos en mensajes claros y simples, aprovechando todos los canales disponibles para transmitirlos.

Hablamos no sólo del uso óptimo de herramientas tan innovadoras como la realidad virtual, las plataformas Snapchat y Medium o los Momentos de Twitter. Además, retransmite en vivo, a través de la página web oficial del Parlamento, todas las sesiones plenarias y las reuniones de las diferentes comisiones, ofreciendo una cobertura plena de la actividad legislativa.

Es necesario que las instituciones sigan apostando por avanzar en esta senda, ya que los ciudadanos europeos deben conocer, con mensajes simples, lo que Europa hace cada día por ellos. Necesitamos continuar explicando, mejor y de modo más pedagógico si cabe, el arduo proceso comunitario y los beneficios de las actuaciones de la Unión Europea.

Por eso, hemos de conseguir que el mensaje llegue, de hecho, a todos y cada uno de los ciudadanos, reforzando también el compromiso de los medios de comunicación tradicionales a la hora de ofrecer espacios más amplios a la información parlamentaria europea. Una ciudadanía más y mejor informada es más libre, es la pieza fundamental de la vida en sociedad; y, en la llamada «era de la posverdad», la labor de los periodistas es más necesaria que nunca. Para ello, el Parlamento Europeo debe seguir trabajando estrechamente con sus oficinas de información en los distintos países, pues son éstas quienes mejor concretan el mensaje en base a lo que piden los diferentes colectivos de cada Estado miembro.

En el momento más crítico de la historia de la Unión, los ciudadanos piden a sus representantes que actúen. Que dejen a un lado la palabrería y que concentren sus esfuerzos en avanzar hacia el refuerzo de políticas solidarias y hacia una apuesta firme y decidida por políticas sociales valientes. Más y mejores oportunidades de empleo para los jóvenes y los parados de larga duración, atención más rápida y dotada de más recursos para los necesitados y un fortalecimiento mayor todavía de los servicios propios de un Estado de bienestar en todas las regiones -desde las principales ciudades hasta las zonas rurales más modestas- es, junto con la suma de esfuerzos en la lucha antiterrorista y la gestión de los flujos migratorios, lo que la ciudadanía europea le pide a su Parlamento. Un Parlamento que, a su vez, es el escenario perfecto para transformar estas peticiones en disposiciones legislativas.

En un contexto complejo, los esfuerzos por acercar lo que la Unión hace en beneficio de los ciudadanos son vitales para poder invertir la tendencia a la baja en la participación electoral -que en las elecciones de 2014 descendió a un 42.61%- y, por extensión, en la vida democrática europea. Una vida que no se detiene hasta hallar soluciones que resuelvan los problemas de los ciudadanos. Una vida de la que a Pedro le gustaría saber más... Y la historia de Pedro no es ficción. Es la historia real que, seguro, viven día a día millones de ciudadanos y ciudadanas europeos.

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