El «Gran Juego» en Siria vuelve a enfrentar a rusos y occidentales

Días atrás, un grupo de combate naval encabezado por el portaviones Almirante Kuznetzov escoltado por siete de las unidades más poderosas de la armada rusa, desfiló desafiante por el Canal de La Mancha en su camino a los puertos sirios. El paso innecesariamente cercano a las costas británicas y la polémica por su escala fallida en el puerto español de Ceuta, revivió los mismos temores estratégicos que e n su momento despertó el despliegue masivo de tropas terrestres rusas en Siria para asistir al régimen de Afez Al Assad.

Las imágenes de los rusos marchando hacia Medio Oriente revive el antiguo deseo de Moscú de convertirse en un actor principal en el tablero del poder del Mediterráneo. Desde que la región era una provincia otomana, Rusia aspira a sostener un régimen que le sea afín en Siria. Por su ubicación, ese país constituye una de las llaves para influir sobre las zonas petroleras de Oriente Medio e intervenir en el tablero de inestabilidades que dominan el este del Mediterráneo.

Desde los tiempos de los zares, el imperio ruso buscó por todos los medios asegurar el control de los pasos navales hacia el Mediterráneo, en poder de los otomanos desde la caída de Constantinopla en 1453. Es así que otomanos y rusos de enfrascaron en varias guerras a lo largo de cuatro siglos. Los zares, planificaron incluso en varias ocasiones la ocupación de Estambul como paso previo para lanzarse hacia Medio Oriente. Es el «Gran Juego» descrito por el escritor Rudyard Kipling en su novela «Kim», en el que describe un complejo entramado de alianzas y luchas entre los imperios del siglo XIX por controlar el mar interior que une a Europa, Asia y África.

Aún sin poder doblegar a sus adversarios otomanos y luego occidentales, los rusos intentaron por todos los medios ejercer su influencia en Medio Oriente. Y en Siria, en donde habita una nutrida población de la iglesia religiosa ortodoxa rusa, la presencia de esa comunidad fue usada para justificar la intervención de Moscú. En un proceso similar, se procedió con los armenios de Palestina, identificados con la nación que para ese entonces formaba parte del imperio ruso y cuyos miembros sufrían constantes masacres a manos de los turcos en las zonas otomanas.

Fue en ese contexto en el que se abrió la Sociedad Imperial Ortodoxa Rusa en Palestina (SIORP), cuya primera sede fue creada en Damasco en 1882. Esta entidad tuvo por objetivo declarado proteger a las iglesias ortodoxas y luego hizo extensivo ese compromiso con los armenios residentes en Palestina. Las 100 escuelas zaristas que se fundaron bajo el paraguas de la SIORP, fueron luego reemplazadas por entidades similares financiadas desde Moscú con idéntica mirada estratégica. Estas academias fueron la cuna de varias generaciones de políticos e intelectuales sirios que dominaron el escenario político local en las décadas posteriores. LA SIORP, fue una de las pocas entidades zaristas que tuvo continuidad durante la era soviética. Y todavía existe y sigue funcionando como red educativa y social en todo medio Oriente, lo cual demuestra la solidez histórica de las políticas rusas hacia la región.

Sucede que la caída del zarismo no cambió las prioridades de sus sucesores sobre la región. Por el contrario, en 1925 estimularon la creación del Partido Comunista Sirio y luego apoyó el crecimiento de los grupos baasistas pro nasseristas que buscaban imitar las políticas pro soviéticas que llevó adelante el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser de 1954 en adelante. Las escuelas y hostales de la SIOPR, funcionaron a lo largo de este periodo como centro de reunión y protección para los políticos que promovían un acercamiento con Moscú

De modo que el reemplazo del régimen zarista por la URSS en 1917 y de los otomanos por la república de Turquía en 1932 (momento en que debieron ceder Siria a los franceses), solo cambió el rostro de los actores, pero mantuvo intactas las disputas. La independencia definitiva de Siria en abril de 1946 fue seguida por un largo periodo de inestabilidad y condujo hacia 1955 a la instalación de gobiernos cada vez más afines a Moscú, pese a los intentos de Occidente y Turquía por imponer a sus partidarios.

A partir de entonces, cada gobierno pro soviético de Damasco fue dotada de un poderoso arsenal y la protección comunista, mientras Turquía afianzaba sus lazos con la OTAN en su intento por hacer frente a sus adversarios de la frontera sur.

La llegada de Hafez Al Asad al poder en Siria en 1971 - padre de Bashar, actual presidente ? significó convertir a Damasco en un aliado aún más cercano a los soviéticos. La base naval siria de Tartus, fue abierta a los buques de esa nacionalidad en el mismo año en que Basher llegó a la presidencia y desde ese día se convirtió en el apostadero extranjero más seguro y estable de los buques militares soviéticos ? y ahora rusos ? que operaban en el Mediterráneo.

Ni siquiera las derrotas frente a Israel en las guerras de 1967, 1973 y 1982 mermaron la voluntad de Moscú de seguir apoyando a Siria. En lugar de ello, se dedicaron reemplazar las armas pérdidas para que Damasco sostuviera su posición de potencia regional.

Incluso cuando el cayó el Muro de Berlín en 1989 y sus escombros arrastraron al universo soviético, la nueva Rusia que emergió de la debacle renovó su apoyo a Damasco. La rebelión contra el régimen de Assad, protagonizado desde fines de 2010 por grupos islamistas y rebeldes políticos mezclados en una confusa masa de alianzas con actores de Medio Oriente y Occidente, no lograron quebrar la resistencia del gobierno sirio que siempre tuvo a mano la asistencia militar y de inteligencia rusa para frenar, a veces sobre la hora, el avance de sus enemigos internos.

En los círculos de inteligencia, ya se conoce la «permisividad» de los funcionarios turcos para que las armas del Estado Islámico y otros grupos que atacan a Damasco fluyan hacia el frente desde territorio controlado por Ankara, al igual que el juego de complicidades que permite que el Daesh trafique petróleo a través de la frontera con ese país para financiar sus actividades. El derribo de un avión ruso SU24 por parte de una batería turca en noviembre de 2015, mostró la extrema susceptibilidad de las partes y que las posibilidades de que un nuevo incidente de esta naturaleza provoque una escalada de consecuencias todavía no calculadas.

Preocupantes consecuencias

Estamos a horas que se inicie la ofensiva final de los aliados de occidente para desalojar al Daesh de la ciudad iraquí de Mosul. La derrota en Irak, obligaría a los integristas a mudarse a Siria, en donde todavía controlan algunos bastiones estratégicos. Allí los esperan los rusos y sirios coligados, que también tienen en la mira a las milicias armadas y financiadas por los países árabes apoyados por las mismas potencias que respaldan la ofensiva en Mosul.

La llegada de la flota rusa no es el único movimiento del ajedrecista Putin en la región. El 30 de septiembre pasado, los primeros bombarderos rusos TU22 llegaron a la base iraní de Hmeymim, desde donde comenzaron a lanzar sus bombas y misiles hacia las posiciones de los enemigos de Al Assad. Pese a la distensión por el acuerdo entre Teherán y Washington para limitar el programa atómico iraní. Aun sin armas atómicas, el gobierno persa sigue expresando su rechazo por la presencia norteamericana en la región mientras exhibe uno de los más poderosos arsenales convencionales del área.

Y, lo que es aún más grave, en contra de las advertencias de Washington y sus aliados en la ONU, anunciaron el despliegue de sistemas antiaéreos S300/400 para blindar el cielo sirio. Los fanáticos del Daesh no operan aviones de combate, por lo que es obvio que ese paraguas militar apunta a expulsar a los aviones de la alianza occidental que incursionan contra las posiciones de los integristas islámicos

Es una movida riesgosa que podría tener consecuencias preocupantes en caso que alguna aeronave de Occidente o de sus aliados sea presa del sistema más efectivo del arsenal antiaéreo ruso.

Mientras Putin sigue moviendo sus piezas en el ajedrez sirio, occidente aguarda la definición en las elecciones de su mayor superpotencia, disputada entre una ex Secretaria de Estado que no encontró la fórmula para frenar a Rusia en Siria y un empresario que se propone batirse a duelo con los adversarios de EEUU como si se tratara de un asunto del Viejo Oeste.

El Gran Juego iniciado en tiempo de los zares por el control del Mediterráneo oriental, es la misma partida centenaria entre occidentales y rusos, aunque el cambio de nombres a lo largo de la historia haya dado una impresión diferente. La clave no está en la coyuntura, como podría serlo una escala de reaprovisionamiento en un puerto español, sino en las intenciones a largo plazo de los jugadores que mueven cada pieza.

No se trata de una flota que se pavonea frente a las costas de sus adversarios, sino de un movimiento estratégico que podría conducir a un jaque en Medio Oriente, cuyas consecuencias son aun imprevisibles.

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