El día que el Papa no sabía qué decir

Martes 2 de marzo de 2016. Faltaba un día para el encuentro del Papa con seis jóvenes españoles de 15 años en el Vaticano y dos para el Día Mundial contra el Cáncer. Laura, Enrique, Paula, Marina, Luigi y José María viajan a Roma para encontrarse con Francisco y contarle qué cambiarían de un sistema educativo que no los representa del todo y cómo se sienten ante la vida, al margen del aula.

Alguno ya ha estado en la ciudad de inagotable belleza, pero hay quien sale de España por primera vez. Mirar la vida con los ojos de otros siempre es un experimento enriquecedor que llena de mayor sentido lo que se observa. Si además la mirada es virgen, nueva, parece que hasta uno tiene una oportunidad para empezar de cero.

La Capilla Sixtina parece más increíble aún cuando la observa Paula, estudiante del San Ignacio de Loyola de Madrid. Tiene la sensibilidad de quien quiere dedicarse al mundo del arte y la mirada desprejuiciada de lo que es, una inquieta joven de tan solo 15 años. Después de pasear por los Museos Vaticanos, conocerá al Papa, lo besará y conseguirá bendecir unos rosarios. Todo queda registrado en vídeos que hace con su iPhone 6 usando la técnica del time-lapse (algo así como una secuencia de imágenes acelerada). Grabará el encuentro, la cena en la Piazza Navona, el helado más grande del mundo y la Fontana di Trevi como colofón de un día inolvidable. Vuelve a Madrid con su madre, compañera de viaje, orgullosa de que su pequeña haya podido estar con Francisco.

Otra secuencia, menos acelerada que la del time-lapse, graba cada día un pequeño paciente del Niño Jesus. También tiene 15 años. Tiene cáncer. Y una fuerza arrolladora. Sabe que se va a curar porque solo piensa en ello. Su madre está orgullosa de su actitud, y también sorprendida por haber redescubierto a su hijo a través de la enfermedad. Está abrumada por su optimismo, su fuerza, su fiel convencimiento de que todo es temporal, de que todo va a salir bien. De vez en cuando se le escapa una lágrima y confiesa, por lo bajo, que está «enfadada con Dios» . «Sigo creyendo pero no entiendo cómo puede ser todo tan injusto», dice secándose las lágrimas. Pero no pierde la fe. «Tengo que creer», dice.

En el encuentro con el Papa, los jóvenes también se secan las lágrimas. Francisco es cercano, cariñoso y empático con todo el que se le acerca. Pero él cree con todas sus fuerzas en la juventud. La pregunta es por qué esa juventud es tan diferente. No es que haya divergencias en cuanto a pensamientos, dudas, discrepancias con su entorno y con el sistema educativo que tienen. Al contrario, Scholas, la fundación del Papa que reunió a 300 jóvenes en Madrid y que pretende educar de «abajo para arriba», demostró que se puede llegar a consensos y soluciones aún cuando se trata de chicos de diferente educación, cultura y posición social. La diferencia radica más atrás, en el origen, pero ¿por qué hay niños que sufren y otros no? ¿Por qué más de la mitad de los refugiados son menores? ¿Por qué un niño de 15 años sufre de cáncer? «Cada vez que veo un niño sufriendo veo a Jesucristo. No tengo una explicación de por qué hay niños que sufren. No sé qué responder, no sé qué decir», dice el Papa Francisco levantado la mirada y clavando los ojos como muestra de absoluta sinceridad.










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