Dilo tú que puedes

Dilo tú, que puedes. La frase eternamente repetida por el personal adicto al silencio cómplice. «Dilo tú, que puedes», dice el sevillanito que quiere que resplandezca la verdad? pero que se niega a decirla en voz alta para no perder el estatus, la prebenda, el favor del poder, la estima de los cenáculos, ese prestigio que se basa en ponerse de perfil ante todo. El mismo que después, cuando un valiente ha soltado esa verdad en público, le da la puñalada del óxido por la espalda cuando se postra ante el poderoso que ha recibido el leñazo. «No le eches cuenta, son las cosas de ese tío que es un amargado y un resentido, solo hay que leer lo que escribe o escuchar lo que dice para comprobarlo».

«Dilo tú, que puedes». Di que el cartel de esa asociación de belenistas es la apoteosis del lobby gay que está imponiéndose en buena parte de la Sevilla rancia. Esto es algo que todo el mundo sabe y todo el mundillo comenta en las tertulias afiladas de las barras de los bares o de los tabernáculos cofrades, algo que casi nadie saca a la luz. Ese arcángel que esta posando en la atmósfera de un bar de ambiente, con su melenita de peluquería y todo, es el icono perfecto de lo que está sucediendo. Y eso no significa que sea bueno ni malo, pues doctores tiene la Iglesia? aunque no se pronuncien.

Los mismos doctos que se tragaron el desahogo de ese delegado de la Junta que se permitió el pasote de presumir de las copias de Murillo que se han instalado en Santa María la Blanca. Es un lujo presumir de lo que no ha hecho la Junta de Andalucía, como denunció Valdivieso. Si no han puesto un euro en el proyecto, ¿qué hacía allí el mismo que quiere multar a las monjas de Santa Inés por restaurar un órgano? Pues figurar, verbo que no es propiedad privada de la ranciedumbre cofradiera, sino que se extiende a los personajes del Régimen que mangonean en la ciudad. Todo esto es posible porque el mandado de Susana en Sevilla sabe que nadie, o casi nadie, iba a afearle su conducta porque no se trata de enemistarse con los nuevos señoritos, ¿verdad, usted?

Dilo tú, anda. Di que es una vergüenza lo que está pasando con la Madrugada. Esos hermanos mayores que presumen de sacrificios (sic) por cambiar de calle y dar un rodeo de unos cuantos metros, mientras los cristianos de medio mundo sufren persecuciones que no los llevan a la Alfalfa, al Museo o a la Gavidia, sino a la muerte. Sí, esto es muy fuerte, pero es tan verdadero que escuece. Y nadie lo dice en voz alta. No vaya a ser que no te nombren pregonero y te quedes con las ganas. Por eso tú puedes decirlo, porque te da casi todo igual. Por eso debes decir que esta Semana Santa en manos de la cursilería sensiblera y de los cambios de itinerarios que parecen decisiones de la OTAN, es el puro reflejo de la ciudad decadente y decaída. La ciudad del alumbrado navideño que están instalando y que será igual de hortera que el de todos los años. «Dilo tú, que puedes». Pues dicho está. Ahora sólo falta esperar el becqueriano frío del acero en las entrañas. Por la parte de la espalda, como siempre.

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