Dadaab, un campo de refugiados con la misma población que La Coruña

«No quiero morir. Regresar significa volver a estar en peligro». Son palabras de Hassan Sugal Takoy desde el campamento de Dadaab (Kenia) a Médicos Sin Fronteras. Era octubre de 2016 y el Gobierno keniata seguía adelante con su plan para cerrar el campamento de refugiados más grande del mundo. Ayer el Tribunal Supremo del país paralizó el decreto al considerarlo «inconstitucional».

El campo de refugiados lleva más de 25 años en funcionamiento. La Agencia de las Naciones Unidas comenzó a instalar los primeros campamentos ?Ifo, Dagahaley y Hagadera? en 1991 para las familias que huían de la guerra civil en Somalia . Hoy es como una ciudad: acoge a 260.000 refugiados somalíes, pero llegó a albergar a más de 600.000 personas, según estimaciones de las ONG.

Dadaab está situado en el norte del país, a 80 kilómetros de la frontera somalí. Está rodeado por kilómetros de arena y maleza. A su llegada, sin acceso a los campamentos, los refugiados tardan una media de 12 días en recibir una primera ración de alimentos. Mantas o utensilios de cocina no se reciben hasta 34 días después por parte de ACNUR. Mientras tanto, los recién llegados construyen chamizos en la desértica periferia para sobrevivir, en un entorno con temperaturas de hasta 50 grados, según el informe «Sin espacio en Dadaab. El mayor campo de refugiados del mundo se queda pequeño».

Hoy, los refugiados de hasta tercera generación, que no han conocido más realidad que estos inmensos campamentos, se niegan a volver a Somalia. Según un informe de Médicos Sin Fronteras de octubre de 2016, ante el inminente cierre del campamento más del 80% de los refugiados no querían volver a su país de origen. Las razones que alegaban era el temor al reclutamiento forzado por parte de grupos armados, la violencia sexual y la falta de asistencia sanitaria del país africano, desolado por la guerra.

Lastre económico

Ante la sobrepoblación de Dadaab, el gobierno keniano ha intentado impedir el «efecto llamada» hacia sus fronteras. «Es la otra cara de la crisis somalí. La de una población keniana que no entiende por qué su gobierno debe acoger a nuevos refugiados, mientras se muestra incapaz de hacer frente a sus propias catástrofes y tragedias», escribía hace tres años Eduardo S. Molano desde Narobi.

Los refugiados son vistos con animadversión por la población keniana de los pueblos de alrededor, que no ve con buenos ojos la ayuda humanitaria que se les entrega mientras a ellos no se les hace ni caso. Durante la hambruna, los refugiados somalíes (95% de los habitantes de Dadaab) recibían cada quince días 10 kilos de alimentos, pero ellos ni un gramo.

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