Buscando entre las «mejores muertes» de William Shakespeare

La imaginación se activa en Inglaterra para festejar a Shakespeare en el 400 aniversario de su muerte, que coincide con la de Cervantes. Exposiciones, conferencias, nuevas excavaciones en su casa de Stratford upon-Avon, infinidad de representaciones de todo tipo de sus obras? Pero también ha aparecido la mirada necrófila. En mayo se estrenará la representación «Las muertes completas», que llevará a las tablas los setenta y cuatro fallecimientos que aparecen en las obras del Bardo. En paralelo, el diario «The Times» ha jugado a elegir cuáles son las diez muertes más memorables de los textos de Shakespeare.

Con Shakespeare pasa como con el fútbol; todos los aficionados, por modestos que seamos, llevamos a un seleccionador dentro y tenemos nuestra propia opinión. En la lista del periódico londinense, fundado hace 231 años, se perciben dos omisiones importantes. Una es la muerte del contrahecho Ricardo III, que cayó en el campo de batalla de Bosworth en 1585, luchando valerosamente bajo una granizada golpes de espada y lanza. Shakespeare pone en la boca agonizante de aquel Monarca malvado una frase que nunca se borrará de la memoria: «¡Un caballo, un caballo! ¡Mi Reino por un caballo!»

Ricardo III se convirtió además en fuente inesperada de noticia en 2013, cuando sus restos aparecieron en la excavación de un parking en Leicester. Fue exhumado y enterrado con el debido protocolo real en la catedral, con declamación poética incluida del actor Benedict Cumberbatch (alias Sherlock), remoto descendiente del último de la estirpe de los monarcas Plantagenet.

La otra muerte shakesperiana inolvidable que omite «The Times» es la del divino liante, putañero y borrachín Sir John Falstaff, la cumbre del genio cómico del dramaturgo. En «Enrique V», Mrs. Quickly, una de las revoltosas comadres de Windsor, cuenta el final de sir John, afirmando previamente que «el Rey mató su corazón». Lo cual es cierto. Falstaff había sido compinche de correrías tunantes del Príncipe Hal, que le dio la espalda nada más ceñirse la corona y lo humilló con crueldad. Los nubarrones ensombrecieron para siempre la risa del vividor. El relato de la muerte de sir John es un gran ejemplo del tacto con que Shakespeare muestra su conocimiento de todas las intimidades de la condición humana. Falstaff agoniza en el lecho. Mrs. Quickly se arrodilla junto a la cama, le coge las manos, y luego hace algo sorprendente: la mujer sube sus manos piernas arriba de Falstaff, hasta alcanzar su virilidad y constatar que aquello, que en vida fue casi un segundo cerebro que regía el ánimo de Falstaff, yace «frío como una piedra». Metáfora impagable de la extinción del pícaro vitalista.










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