Antro de tahúres

La política española se ha convertido en un antro de tahúres donde, a la que te descuides, te roban la cartera. Tomo la metáfora de la exconsejera catalana Clara Ponsatí, que nos contó el farol que intentaron con su declaración de independencia. De farol ha ido también Pedro Sánchez, prometiendo cosas a las que ha renunciado nada más pisar La Moncloa, como celebrar elecciones. Pero la palma se la lleva Torra, el president catalán, enviando al Rey una carta en la que, tras reprocharle su actitud ante el referéndum ilegal y la aún más ilegal declaración de la república catalana, le da lecciones sobre la democracia y le pide una entrevista para «abrir una negociación que acabe para siempre por dar la palabra a la ciudadanía de Cataluña». Para colmo, añade a su firma la de un fugitivo de la justicia. Con lo que se retrata. Democracia es respeto de la ley, no pisotearla, como han hecho Torra y Puigdemont. Su ignorancia de ella llega a pedir a un Rey constitucional que haga política, asumiendo competencias que no le atañen. Y, para colmo, que se retracte de haber alzado su voz ante un golpe de Estado, como su padre el 23-F. La Zarzuela ha remitido, como corresponde, la carta a La Moncloa.

¿Qué va a hacer el presidente del Gobierno? Pues no lo sé, porque Sánchez nos sorprende cada día con otro malabarismo. Si jugara limpio, vería en la carta la estrategia independentista. Primero, piden «diálogo», como el que él va a iniciar con Torra. Ya sentados a la mesa, el diálogo se convierte en «negociación». Pero no de dar y tomar, sino reducida a aceptar el «derecho a decidir del pueblo catalán», al que sólo representan ellos. Exactamente lo que vienen pidiendo desde que el autonomismo se convirtió en soberanismo. Claro que Zapatero les prometió aceptar lo que le pidieran. Sánchez, por boca de su encargada de los asuntos catalanes, Maritxel Batet, les ofrece el estatuto de 2006 una vez restaurados los artículos que el Tribunal Constitucional eliminó por anticonstitucionales. O sea, lo mismo. Pero parece que ni eso les contenta. Quieren su república. Ya, además. Veremos en qué acaba: ¿Sánchez como un segundo González o como un nuevo Zapatero?

Me quedan unas líneas para comentar la despedida de Rajoy. Confirmando que en España no se habla bien de nadie hasta que se muere, muchos de los que le negaron el pan y la sal, contribuyendo a que se fuera, encuentran digna su salida, aunque hay quien continúa criticándole por hábito. Pero son minoría. Rajoy ha dado un ejemplo de civismo volviendo al puesto que tenía antes de entrar en política, en vez se aceptar una estupenda jubilación, un puesto de relumbrón en el Estado o convertirse en millonario como lobista de grandes corporaciones. Es el primer expresidente que lo hace. Me gustaría que no fuese el último, pero lo dudo. La renovación de nuestra clase política ni siquiera ha empezado y los nuevos son una mala copia de los anteriores.

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