Ajuste de facturas

Manual breve para centristas desorientados, liberales huérfanos y peperos deprimidos: el camino del centro-derecha al poder pasa por una actitud de firmeza contra el nacionalismo. Y ello es así por dos razones. La primera consiste en que el factor esencial de cohesión de su electorado es el proyecto de un Estado igualitario y de un país unido, y la segunda, en que la propensión soberanista de la izquierda siempre acaba aflorando con carácter cíclico. Da igual que en Cataluña se haya producido un levantamiento contra la Constitución o que los partidarios de la independencia se empeñen en perpetuar el conflicto, cuestionen al Rey o se autoafirmen en el supremacismo: a la primera ocasión, nuestros sedicentes progresistas les tienden la mano y les sonríen con cordialidad de viejos amigos. Por tanto, la defensa de una ciudadanía sin privilegios debe de constituir la base de cualquier modelo alternativo, al menos mientras la España de las banderas, ya descolgadas o descoloridas, siga reclamando un cauce político.

La colaboración nacionalista en la investidura de Sánchez tiene un precio y el presidente tendrá que negociarlo para asentarse en el puesto. Ya ha empezado: el ajuste de la factura está en fase de tanteo. Urkullu ha presentado en la Moncloa una nota de cargo que incluye reclamaciones competenciales y acercamiento de presos, y Torra espera turno mientras explora afinidades con el complaciente líder de Podemos. El llamado clima de distensión no es más que la expresión de una voluntad recíproca de acercamiento que preludia el retorno a los coqueteos plurinacionales de Zapatero. De momento, Sánchez no se compromete a nada aunque su obsequiosa diplomacia de gestos aventura que el bloque tripartito de octubre se ha roto con la llegada del PSOE al Gobierno.

Ese clima de deferencia con los rupturistas dibuja para la aturdida oposición una oportunidad de recolocarse en el espacio que el giro socialista deja desocupado. Ni el PP ni Ciudadanos tendrán muchas más si no comparecen pronto en el debate que sus votantes están esperando: el de la idea de nación, su signo de identidad más claro. En todo lo demás, la socialdemocracia lleva ventaja con su discurso bonito y líquido de humanitarismo y diálogo, pero la revuelta de octubre condujo a una mayoría de españoles a la conclusión de que con los separatistas no cabe mostrarse simpáticos. Y como la política es un estado de ánimo, en esa convicción hay un capital de primer orden para quien sepa aprovecharlo antes de que la fortaleza civil desmaye de desamparo.

Para ello es menester que los partidos constitucionalistas salgan del desfallecimiento. No tienen mucho tiempo. Sánchez no va a resolver el problema pero va a tratar de disimularlo, de esconderlo. Y si algo enseña la experiencia es que en materia de concesiones territoriales resulta sumamente difícil deshacer lo hecho.

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