«A las 8 hay vagones de Metro que vienen ya hasta los topes. Es imposible subir»

Más allá de estadísticas, rifirrafes políticos o promesas que no llegan, no hay mejor termómetro que el de los usuarios para conocer los actuales problemas de Metro y Cercanías. Miles de personas que a diario hacen uso de estos servicios, juntos o por separado, en diferentes rutas y a diferentes horas. Viajeros como Jessica Guerrero, quien, cada noche, fija la mirada en el fondo de la vía suplicando que el último -y salvador- tren no haya pasado de largo. Cuando eso pasa, su odisea está servida: largas esperas, «búhos» interminables y una larga caminata marcada por el cansancio. «Trabajo en Aluche y vivo en Puente de Alcocer; para ir no tengo problemas porque cojo la Renfe hasta Atocha y luego el Metro, pero si no llego a tiempo a la vuelta...», resume esta muchacha de 28 años, cuyo horario laboral termina más allá de la 1 de la madrugada. «Si tuviera delante a los responsables del transporte, les diría que pongan más trenes y alarguen un poco la hora de cierre», añade, consciente de la dificultad de ver cumplidos sus deseos. [Consulte el primer reportaje de la serie]

El caso de Jessica contrasta con el de Yolanda, agobiada cada mañana en su particular guerra por llegar a tiempo al trabajo. «Entro a las 9 y a las 8 y algo el Metro ya viene hasta los topes. Hay días que es imposible subir todos», explica en dirección a Avenida de América. En Nuevos Ministerios, el tránsito a primera hora es especialmente tortuoso. La retirada de 43 trenes desde 2017 debido al amianto localizado en algunos de sus componentes -varios de los cuales han vuelto de forma progresiva a estar operativos, sin que los encargados del suburbano hayan precisado el número- y el aumento de usuarios -un 12,8% entre mayo y julio, y una previsión récord de 687 millones de viajeros al finalizar el año- son las causas más evidentes del reguero de protestas efectuadas en los últimos meses.

Además de las horas punta, los fines de semana y días festivos están marcados en rojo por el creciente pasaje. «En puentes como este, en las paradas del centro de la línea 1, tienes que dejar pasar algún vagón de lo llenos que llegan a veces», sostiene Luisa Castro en el vestíbulo de Sol. Con un bebé, que duerme plácidamente en su carrito, es aún más difícil hacerse un hueco. «Y otra cosa que pocas veces escucho. En muchas estaciones faltan ascensores y si voy sola tengo que pedir ayuda para subir por las escaleras», advierte. Esta tesitura también la sufren las personas mayores, como Alicia González, quien tiene claro que en el Metro hay tanto «carencia» como «falta de mantenimiento» de los elevadores. «No puede ser que en las salidas cercanas de los hospitales de La Paz y Ramón y Cajal no haya ninguno», apunta, con el convencimiento además, respecto al aumento de usuarios, de que los largos tiempos de espera en los autobuses de la EMT es el principal motivo.

Restricciones de tráfico

El cerco al tráfico privado en la zona centro, impulsado por el Ayuntamiento, es otra de las razones de preocupación. «Ahora que no van a dejar pasar los coches, deberían poner más trenes porque al final vamos a necesitar movernos en transporte público», incide Carmina Arcones, una de las más afortunadas pues, entre semana, observa desde el otro andén las marabuntas que se forman: «Por la mañana voy hacia la periferia, por lo que me suelo librar de las aglomeraciones». Pese a las críticas contra responsables y autoridades, también hay lugar para las quejas por la falta de civismo de algunos usuarios. «No me gusta cuando los asientos están ocupados y la gente se hace la despistada para no cedérselo a quien lo necesite», protesta Julio Holgueras.

Pero, en medio de tanta reclamación, no todos ven con malos ojos un servicio catalogado tradicionalmente como «uno de los mejores del mundo». «Puedo entender que la gente aquí se queje porque todo es mejorable, pero si supieran lo mal que funciona el transporte en Italia...», compara Marco Bonicini, un joven natural de Verona asentado en Madrid desde hace dos años. «Si lo comparas en términos de limpieza, modernidad o tiempos de espera, salimos siempre perdiendo», prosigue. En línea similar, Jorge Prittwitz, español pero de padre polaco, considera que Metro y Cercanías funcionan perfectamente. «No tengo ningún problema, voy a la Autónoma cada día y tardo mucho menos en llegar de lo que imaginaba», resuelve este estudiante de cuarto curso de Ciencias Políticas.

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