Pepe Luis Siete Revueltas: Soy un truhán, soy un señor

El estribillo de Julio Iglesias, susurrándole al micro la doble personalidad de un bohemio con inclinaciones donjuanescas, ponía a las[…]

El estribillo de Julio Iglesias, susurrándole al micro la doble personalidad de un bohemio con inclinaciones donjuanescas, ponía a las señoras bien y a sus hijas en edad de merecer de lo más tiernas y dispuestas, conocedoras ambas de las dotes de galán del madrileño. «Y es que yo/amo la vida y amo el amor/soy un truhán, soy un señor/algo bohemio y soñador». Cuando Pepe Luis Siete Revueltas, una de las figuras más inmarcesibles de la charanga noctámbula sevillana de los setenta, escuchaba esta canción podía verse reflejado en ella sin estridencia alguna. Él fue eso. Un truhán y un señor. Un bohemio y un soñador. Un torrencial personaje de los que hacen las delicias de cualquier reunión, narrando ocurrencias y sucedidos dignos del diario de un sinvergüenza, con mucho whisky en la cantimplora y una pulcra elegancia en sus formas. Fue el rey de aquella Sevilla que se despeinaba en los flamenquitos de Vicente El Traga y en el local que en la calle Siete Revueltas tenía Pepe Luis. En su corte brillaron señoritos puteros y dos ministros plenipotenciarios: Joseliqui y El Loqui de Triana. Dos cabezas de vidrio quebradas al nacer que eran objeto de esa burla local que suele engolfarse con los más débiles. En las 7 Revueltas, recuerda Josele Moreno, se iba a tocar la guitarra y a apretarle las clavijas a alguna chavalita en deseos. Elegante, educado, ingenioso, bien dotado para refrescar vasos largos en güisquerías calientes, dicen, causaba asombro entre las profesionales la herramienta de nuestro bohemio, una llave inglesa o americana que le llegaba a la rótula.

Con aquella herramienta abrió las puertas de las alcobas más poderosas y más humildes. Yo a los palacios subí, a las cabañas bajé. La puerta más dorada que traspasó fue la de Joanne Hearst, nieta del potentado empresario de prensa norteamericano, William Randolph Hearst, con la que mantuvo una tórrida y turbulenta relación, que acabó en los tribunales. No obstante, hasta que la hermana de Patricia Hearst, la pirada que asaltaba bancos en nombre del Ejército Simbiótico de Liberación en los yunaites, no vio violada su confianza, le dio la vida a Pepe Luis, montándole un apartamento donde se podía correr el Grand National, en la Plaza de Cuba, justo debajo del luminoso de la Cruzcampo. Antes, recién llegada la encaprichada Joanne, le dio parada y fonda en una de las suites del Colón, donde convivía la pareja. La otra suite alquilada la destinó la señora Hearst a vestidor para su carísima y maravillosa ropa. Joanne, alguna vez, quiso lucir a su burlador de Sevilla a los EE.UU. Pretendió acercarlo al círculo de los Kennedy. Pepe Luis no estaba para eso. Se aburría como una vaca mirando el paisaje. Necesitaba el oxigeno de su botella? de whisky y se las apañaba para dejar el jardín y los canapés de la reunión para fugarse con algunos de los del servicio de seguridad que guardaban las espaldas amenazadas del clan. Las calles más descuadradas y musicales de Nueva York le devolvían la sonrisa.

Cuentan que Joanne le preguntó alguna vez si conocía a Liz Taylor. Pepe Luis le dijo, con aquella pasmosa tranquilidad donde alambicaba el licor de su intratable desahogo, que la había visto dos o tres veces en el cine Regina? Ese era el compás de aquel señor.

Cuando las noches se le hacían demasiado largas y las güisquerías muy breves, ni las papas de la Algaba alcanzaban la gloria y el paladar de las de nuestro incorregible bohemio. Josele se lo topó una mañana, sobre las doce, camino de su bosque de nubes. Cuando le preguntó que a dónde iba le respondió: discúlpame José pero no tengo tiempo para entretenerme. Llego tarde a trabajar? La Sevilla más golfa y encastada de los setenta se lo rifaba. Su compañía era un seguro para la felicidad ligera y sin culpa del madrugón. Me cuentan que acostumbraba a realizar la cena de Navidad en una casa de Los Remedios, muy cinematográfica, llena de máximos y mínimos acontecimientos. Sentado a la mesa, elegante como un dandy, desahogado como una estafa, la tita de la familia, a la que quería con locura, le preguntó que a qué se dedicaba, en qué trabajaba. Pepe Luis la miró desde el asombro de aquellos ojos como huevos y le dijo que él no trabajaba. La tita, sorprendida y quizás enojada, le dijo que no le gustaban los tipos que no trabajaban. En salida extraordinaria le contestó: tita, entonces se va a tener que ir usted de esta casa? Pudo haber sido un personaje social del mundo de Truman Capote. Se quedó en un canallita de Joaquín Sabina, a quien podría haber inspirado una canción para un disco de platino.

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