Marcello Mastroianni, el «antihéroe» más querido del cine europeo
El humor desencantado insinuaba su tristeza, pero el 19 de diciembre de 1996, cuando Marcello Mastroianni murió, su recuerdo se[…]
El humor desencantado insinuaba su tristeza, pero el 19 de diciembre de 1996, cuando Marcello Mastroianni murió, su recuerdo se ligó para siempre al del actor exitoso, mujeriego y «bon vivant» que había protagonizado la edad de oro del cine italiano de posguerra. Nada quedó del niño pobre, hijo de un carpintero y de un ama de casa que fardaba de marido «ebanista»; nada del joven que evitó la Alemania nazi, ocultándose en Venecia con su amigo, el pintor Remo Brindisi; nada, en definitiva, del chico que vio a partisanos ahorcados, que aprendió teatro con Luchino Visconti y que tuvo que esperar cuatro décadas para alcanzar la fama.
«Me considero un hombre afortunado, porque amo la vida; y tal vez, por eso, he sido amado por ella», confesó el actor en sus memorias, «Me acuerdo, sí que me acuerdo». Lo cierto es que había tenido suerte, sin apenas disfrutarla. La periodista Oriana Fallaci, observadora perspicaz, supo describir su temperamento en un artículo titulado «Autorretrato de Marcello Mastroianni», escrito en una ficticia primera persona: «Los hombres de mi clase son conscientes de todo, incluso de su inconsciencia. ¿Para qué les sirve? Para ser infelices. Yo soy infeliz (...) No me gusto. No me he gustado nunca, ni siquiera físicamente. Cuanto más lo pienso, más me pregunto cómo es posible que una cara así me dé de comer. ¿Será que la gente ve la expresión de una época, el símbolo de un hombre ambiguo, confuso, egoísta, inmaduro?». Retirado el barniz de pasotismo, de su presunta indiferencia: ¿Qué originaba su desasosiego, y cuál era el tiempo al que se refería?
El niño que vivió el fascismo
Marcello Mastroianni había nacido en Fontana Liri, un pueblecito a unos cien kilómetros de Roma, en 1924. Su infancia y juventud, atravesadas por la pobreza, transcurrieron con Benito Mussolini a las riendas de Italia. «Yo no creo que el inquilino del sexto piso sea antifascista, más bien creo que el fascismo es anti-inquilino del sexto piso», se quejaba Gabrielle, el homosexual perseguido por el régimen al que interpretó en «Una jornada particular» (Ettore Scola, 1978). En realidad, la frase podría haberla dicho el propio actor: si en su niñez ignoraba con inocencia los peores aspectos de la dictadura ?«un pequeño fusil en la mano era emocionante; hacer marchas, el único juego»?, durante su juventud, ya consciente, nunca abrazó la oposición militante, solo intentando esquivar la guerra en la medida de lo posible. Fallaci, en el citado artículo, lo explica así: «Soy el antihéroe por excelencia. A mí, el fascismo solo me molestaba porque el sábado me llamaban a las reuniones».
Durante la Segunda Guerra Mundial, Mastroianni fue trasladado a Florencia, al Instituto Geográfico Militar. Temiendo ser enviado a Alemania, logró huir a Venecia, donde pasó el resto del conflicto oculto en una azotea junto a su compañero de fuga, el reconocido pintor Remo Brindisi. Ambos sobrevivieron como dos pillos, dibujando los puentes de la ciudad de los canales en pañuelos que luego vendían a turistas. La experiencia, como a tantos hombres de su generación, le dejó huella. Su hija Chiara lo explicó así en 1997: «Las personas que han conocido la guerra no viven como las demás. Han vivido lo peor. Su vida ha estado en peligro. Después de sobrevivir a eso, se puede resistir todo. Mi padre hablaba de la guerra con frecuencia. Siendo tan novelesca como él, era el público ideal cuando contaba esas historias geniales que me creía a medias. Después tuve la prueba de que todo lo que decía era cierto».
Un adulto contradictorio
La pobreza, la guerra y la lucha por el éxito forjaron al hombre adulto. Mastroianni no fue fácil de definir. Infiel, sí era un hombre de «afectos constantes», según Sofía Loren; alérgico a la política, en 1984, de forma inesperada, asisitió al funeral del comunista Enrico Berlinguer; coleccionista de amantes, decía «conocer poco» el amor pasional. En «La dolce vita» (Federico Fellini, 1960), el periodista al que interpretaba resultaba igual de contradictorio. Lo mismo que sucedía con su Guido de «Ocho y medio» (Fellini, 1963), un director de cine poco inspirado que intentaba reconciliarse consigo mismo. «El verdadero motivo de mi incertidumbre. Me ahogo siempre en los colores aproximados: en los grises, en los marrones, en los beige. Grave error. Querría hacer, al menos por una vez en mi vida, un gesto definitivo. Cuando lo he intentado, me he quedado siempre a la mitad», pone Fallaci en boca del actor.
«Ocho y medio» era la película favorita de Mastroianni. El trabajo del que estaba más orgulloso. Sus compases, los de su banda sonora, retumbaron en Roma el día de su funeral. En una escena, Guido pregunta a Claudia (Claudia Cardinale), una especie de aparición que le sirve de musa: «¿Serías capaz de dejarlo todo y comenzar una vida de nuevo? De elegir una cosa, una sola cosa, y serle fiel. Lograr que se convierta en la razón de tu vida. Una cosa que recoja a todas, que se convierta en todas porque tu fidelidad la hace infinita. ¿Serías capaz? (...) No, este tipo no es capaz. Quiere tomarlo todo, acapararlo todo, no sabe renunciar a nada; cambia de dirección cada día porque teme perder la correcta, y se está muriendo, como desangrado». En 1950, en agosto, el actor se casó con Flora Carabella. Poco antes había pasado, según Sofía Loren, por una experiencia amorosa hiriente: «Marcello se enamoró perdidamente de Silvana Mangano, que vivía en el mismo barrio, pero un año más tarde empezó en el cine y se comprometió con De Laurentiis». Intentó recuperarla, pero el productor italiano se casó con ella.
«He sentido sufrimiento. ¿De qué otra forma se siente la pasión? Cuando se sufre por su culpa. Si todo va bien, se construye una relación serena, que definiría como afecto piadoso, querer bien, estima, apoyo recíproco: sentimientos muy profundos que pueden durar una vida entera, pero no califico con la palabra amor», explicó Mastroianni en una entrevista, meses antes de su muerte. Su matrimonio no funcionó, pero tampoco acabó en divorcio. El actor, que tuvo decenas de amantes ?la más querida, Faye Dunaway; la más importante, Catherine Deneuve, con la que tuvo a su hija Chiara?, nunca quiso que terminara. Fallaci, de nuevo, lo describe con acierto: «No siento ningún deseo de divorciarme. Es muy católico, lo sé: pero no hablo del matrimonio como de un sacramento, sino del divorcio como un dolor. En realidad, la pérdida de un amigo querido».
Marcello Mastroianni murió en París, en su domicilio de la céntrica rue de Seine, el 19 de diciembre de 1996. El día 22, Roma acogió su funeral público. La Fontana de Trevi también se unió al duelo. Cubierta de crespones negros en homenaje a la escena icónica de «La dolce vita», recordaba el momento del filme en el que el intérprete observaba embelesado a Sylvia, encarnada por la actriz Anita Ekberg. El director de cine Mario Monicelli lamentó así su pérdida
: «Su muerte no es sólo una pérdida para el cine, sino para toda la cultura italiana. Mastroianni ha transmitido una imagen positiva de Italia y del actor, una imagen fuera de lo normal, sin los vicios de los divos: desmitificadora y elegantemente irónica». Sofía Loren, su gran amiga, fue contundente: «Hoy es el día más triste de mi vida».
