William Finnegan: «Hay gente que es adicta a las noticias sobre Trump»

Si lo primero que a uno se le pasa por la cabeza cuando escucha la palabra surf son las canciones de los Beach Boys o las escaramuzas acrobáticas de «Le llaman Bodhi», la perspectiva de enfrentarse a 593 páginas repletas de olas mayores y menores, cabriolas oceánicas y viajes de costa a costa buscando la cresta perfecta puede resultar tan apetecible como echarse al coleto un sesudo tratado de entomología.

La cosa cambia, sin embargo, cuando todas esas páginas vienen firmadas por William Finnegan (Nueva York, 1952), prestigioso periodista político de la revista «The New Yorker» y corresponsal de guerra que, además de haber informado sobre conflictos en Nicaragua, México, Mozambique, Sudáfrica o los Balcanes, ha pasado casi toda su vida con las piernas en remojo y una tabla bajo el brazo en remotas playas de Honolulu, Ciudad del Cabo, Madeira o San Diego.

Un surfin? safari en toda regla del que Finnegan, acostumbrado alternar el reporterismo con las olas y la escritura con los revolcones bajo el agua, nunca fue plenamente consciente. «En realidad nunca había pensado en el surf;era algo que simplemente hacía. Llevaba haciéndolo desde que era niño, pero cuando pensaba en mí mismo me veía como escritor y periodista, no como surfista. Llegó un momento, sin embargo, en el que me di cuenta de que si había alguna constante en mi vida, esa era el surf», explica el escritor y periodista estadounidense.

Memoria emocional

Más o menos entonces, consolidado ya como firma de referencia en la prensa política estadounidense, fue cuando empezó a dar forma a «Años salvajes» (Libros del Asteroide), una suerte de retrato emocional en primera persona con el que se llevó el Pulitzer de 2015 a la mejor biografía y en la que el surf es, faltaría más, hilo conductor y protagonista casi absoluto. ¿Cómo no serlo cuando, subraya Finnegan, es uno de los pocos deportes en el que uno siempre tiene el aliento de la muerte pegado al cogote, esperando el más mínimo traspiés? «Nadie se va a jugar un partido de fútbol pensando en que puede morir, pero en el surf esa posibilidad siempre está ahí, bien presente», explica un periodista que, a pesar de lucir espléndido a sus 63 años, deja en «Años salvajes» un buen reguero de músculos magullados y huesos hechos fosfatina.

En el libro explica que, tras volver de Sudáfrica, empezó a obsesionarse con la política americana y, especialmente, con los asuntos internacionales. ¿Se mantiene esa obsesión después de tres décadas?

-Bueno, diría que ahora no estoy más obsesionado que cualquier otra persona de mi país. Mi mujer , que nunca ha mostrado demasiado interés por la política, está siguiendo la campaña electoral tanto como yo. Ahora mismo yo no estoy escribiendo nada sobre el tema, pero sé todo lo que hay que saber y podría ponerme en cualquier momento. ¡Y mi mujer también! Todo el mundo quiere hablar de política, así que llegados a este punto podría decirse que todo el mundo está obsesionado con el tema en Estados Unidos. Y todo se debe, claro, a Donald Trump. Ha conseguido enloquecer a todo un país.

¿Y esa obsesión permanecerá aunque Trump pierda las elecciones?

-No, desaparecerá. Seguirá apareciendo en las noticias, sí, pero asumiendo que pierda, la gente volverá a prestar mucha menos atención a las política. Quizá hay quien, más que interesado en política, es adicto a la noticias sobre Trump. Gente que, generalmente, le odia. En cualquier caso, las cadenas de televisión informativas ya han hecho un gran negocio en el último año y medio, y eso no creo que pueda continuar.

Hay un momento en el libro en el que, siendo ya periodista político, le preocupa publicar un reportaje dedicado al surf por si la gente dejaba de tomarle en serio. ¿Ha ocurrido algo parecido con «Años salvajes»?

En realidad no. La historia es que en los ochenta vendí mi primer artículo sobre Nicaragua al «The New Yorker» y alguien me dijo que si quería proponer algo más extenso ese era mi momento, ya que los editores tenían mi atención. Así que empecé a pensar en una historia y se me ocurrió escribir sobre un doctor de San Francisco que conocía y que practicaba surf. No fue una gran idea, pero sí la única que tuve. Me llevó siete años completarlo, y durante ese tiempo escribí tres libros, me uní a la plantilla del «The New Yorker» y me empecé a labrar un reputación como periodista político, así que me pregunté:?¿Realmente quiero escribir esto, revelar que soy un surfero?? Creía que nadie me tomaría en serio y minaría mi autoridad como periodista político debido a todos los estereotipos que hay sobre los surferos, pero lo acabé, se publicó y no pasó nada. El problema estaba sólo en mi cabeza. Así que a la hora de ponerme a escribir este libro no hubo ningún tipo de prevención.

¿Podría decirse que con «Años salvajes» se ha acercado a sí mismo, a su propia vida, desde un prisma periodístico?

El resto de mis libros son estrictamente periodísticos, pero este es más personal. Y para un periodista, la autobiografía es un género muy extraño, ya que has de investigar tu propia historia, confrontar los recuerdos con lo que ocurrió en realidad. Además, es todo vida privada, todo ?off the record? y compartido con otras personas a las que has de preguntar si quieren o no aparecer. Soy periodista, así que me acerco a mí mismo como periodista. Quizá la perspectiva no sea la misma, pero para escribir este libro he hecho mucho trabajo de reportero recopilando cartas y diarios que escribí siendo adolescente.

Así, picoteando de sus propios recuerdos y recorriendo sin descanso una geografía emocional que viaja de las tensiones sociales de ese Hawái en el que creció por imperativo familiar a la segregación racial de la Sudáfrica de los ochenta o el San Francisco de los peores años del SIDA, Finnegan ha escrito un libro sobre surf «para gente a la que no le interesa el surf» y que, añade, puede leerse también como un extenso relato «sobre amistades masculinas complejas». O, ampliando aún más el foco, como la biografía de un joven que se vio de pronto arrastrado a Honolulu por su familia y encontró en el surf una manera de protegerse de un entorno que le resultaba francamente hostil. «Era una escapatorio de mi familia, una manera de encontrar mi propio lugar en sitios en los que no encajaba», relata un autor al que las olas llevaron a Ciudad del Cabo, donde acabó dando clases en Grassy Park, un colegio para estudiantes negros. La experiencia, asegura, le hizo interesarse cada vez más por la política y cambiar definitivamente su sueño de ser novelista -por una próspera carrera como periodista.

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