Un bloque Villaverde estalla: «Los okupas y las chinches nos van a matar»

María Luisa y Miguel Ángel tienen su habitación clausurada con cinta aislante. Hace una semana que duermen en dos colchones hinchables que han puesto en el salón de su vivienda, situado en el distrito de Villaverde. El matrimonio denuncia que las chinches han invadido su casa desde hace un mes. «No sabíamos que se trataba de estos insectos, pensábamos que eran picaduras de mosquito», cuenta María Luisa: «De hecho, el médico me decía que era alergia al sol».

La situación cambió hace siete días, cuando en el centro de salud del barrio admitieron que había una plaga y que, tal y como se recoge en el informe médico, el matrimonio presenta «lesiones en brazos, piernas y alguna en abdomen que son compatibles con picaduras de chinches». Ellos tienen claro cuál es el motivo de la infestación: los okupas que viven en el sótano del edificio. «Ellos y las chinches nos van a matar, nos terminarán comiendo», asegura Miguel Ángel.

Heridas producidas por las picaduras
Heridas producidas por las picaduras

Una familia okupó este habitáculo del número 36 de la calle de Tordegrillos en enero. Siete personas más un perro conviven en un local insalubre. «Son unos quinquis a los que les gusta vivir así. ¿Por qué no alquilan un piso si están cobrando del Estado?», se pregunta el hombre: «Yo solo quiero vivir con dignidad, pero ellos nos han impuesto su modo de vida. Esto está sucio, es un zafarrancho, los olores son insoportables», dice al tiempo que muestra las heridas por las picaduras, que todavía perduran en su piel.

«No tenemos miedo, solo estamos en tensión. Muchas noches lloro por la ansiedad. Pienso: ?¿Qué hago, cómo lo puedo solucionar??», continúa este vecino, que afirma que, «por precaución», evita bajar a la calle para no encontrarse a los nuevos moradores. Su mujer añade: «Han puesto nuestra vida patas arriba y todo el mundo mira hacia otro lado», dice sobre la nula respuesta que han tenido de la Junta de Distrito. «Saben lo que está pasando, pero Ahora Madrid ni siquiera se ha puesto en contacto con nosotros», explica. Juntos claman mientras Miguel Ángel fumiga «de forma casera» el colchón infectado y el olor a insecticida impregna toda la estancia. La situación se ha vuelto insostenible y necesitan ayuda.

Miguel Ángel fumiga el colchón de su habitación, invadido por las chinches
Miguel Ángel fumiga el colchón de su habitación, invadido por las chinches - Jaime García

El gato de la pareja se ha convertido en su mejor aliado. «Caza con nosotros», cuenta el hombre. «Ayer estaban discutiendo entre ellos, rodeados de basura, decían unas palabras que no quiero ni repetir», dice otra de las vecinas del inmueble, Vicenta.

El matrimonio ha presentado varias quejas a asuntos sociales por la situación que se vive bajo su suelo y también dos denuncias en la comisaría de Villaverde: una en enero, por usurpación, y otra en agosto, por amenazas hacia otros vecinos. Con fecha del día 17 de este mes se recoge que los usurpadores dijeron a una vecina del segundo: «Voy a subir y te voy a dar fuego».

Dos pisos más abajo, tras una pequeña puerta de metal, malviven los nuevos «inquilinos». Se encuentran en una situación total de precariedad. El mal olor se siente desde que se pone un pie en las escaleras que conducen al habitáculo que han convertido en su hogar. Los okupas niegan que esas fuesen sus palabras. «Lo entendieron mal. La señora nos estaba escupiendo. Nunca la amenazamos», asegura, cigarrillo en mano, el patriarca del clan, Juan Carlos.

Chatarra y platos sucios

La entrada al piso está cubierta por una bicicleta y varios carros de la compra con chatarra. «Es de lo que saco dinero para vivir cada día», dice Manuel, otro de los okupas. Sobre una repisa, la familia tiene un hornillo negro conectado a una bombona de butano y platos sin fregar. Al lado, una estantería con paquetes de galletas, pasta y una cafetera. Esa es toda la decoración que tiene el salón de la infravivienda, invadido por una mesa de madera, dos viejos sofás y una cama. La parte de atrás se divide en tres habitaciones, separadas entre sí por unas cortinas de tela. Los colchones están mugrientos, hay basura en el suelo y ropa sucia acumulada en un estante. La familia tampoco tiene baño. Se duchan con un cubo, defecan en el patio y orinan en la calle.

«Somos okupas, sí, pero aquí no hay chinches», dice Érika mientras limpia. La joven, de 18 años, está embarazada de dos meses. Su hijo mayor, que tuvo con 15, está tutelado por la Comunidad de Madrid. «Yo estaba en un centro de menores y me escapaba con el padre de mi hijo, un gitano que me amenazaba, por eso me quitaron al niño, pero nunca he dejado de verlo», relata, sobre su historia. «Hemos pedido una vivienda social, pero no nos la han dado. De los siete, solo mi prima cobra 380 euros», termina la joven, que asegura no tener «otra salida» para poder vivir bajo un techo.

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