Tailandia vota sobre el proyecto que busca reforzar el poder militar

Apenas tienen ochos años, pero la monomanía política no entiende de juegos. El pasado 18 de julio, dos niñas residentes en la provincia de Kamphaeng Phet, al norte de Tailandia, eran interrogadas por la policía tras haber destruido unas listas de votantes para el referéndum constitucional de hoy. La draconiana acusación sobre las menores se enmarcaba en la ley sobre la consulta, redactada por la junta militar en el poder, y que conlleva posibles penas de prisión de hasta 10 años para quienes tergiversen el proyecto constitucional, critiquen su contenido o interrumpan las votaciones.

Las chiquillas acabarían confesando haber rasgado los papeles porque les gustaba el color rosa del documento. Finalmente, solo fueron acusadas de vandalismo, dada su corta edad.

Hoy, en el colegio electoral de las niñas, como en tantos otros puntos del país, cerca de 40 millones de tailandeses están llamados a las urnas para aceptar o rechazar la propuesta de constitución. El líder de la junta militar, Prayuth Chan-ocha, quien tomara el poder por la fuerza en 2014, ha prometido elecciones generales el próximo año. Pero antes, advierte, el nueva ordenamiento deberá ser aprobado.

«El Ejército tiene miedo al poder de la gente», reconoce a ABC Rangsiman Rome, líder del Movimiento Nueva Democracia, un grupo de activistas opositores a la junta militar. Para Rome, no se trata de un referéndum sobre la constitución como tal, sino de aceptar o no el régimen militar.

Sobre el papel, el proyecto busca combatir la corrupción que impregna el país. Solo esta palabra -«corrupción»- se menciona 46 veces en el texto. Sin embargo, entre las principales críticas al documento se encuentra la posibilidad de que los militares elijan a su antojo los asientos del Senado durante los próximos cinco años.

«La nueva constitución prolongará la autoridad y el poder del NCPO (Consejo Nacional para la Paz y el Orden, nombre oficial del Gobierno marcial)», denuncia Rome. El activista ha sido acusado por la junta militar de apoyar al exprimer ministro Thaksin Shinawatra, quien fuera depuesto por el ejército en 2006 y ahora en el exilio para evitar cargos de corrupción en Tailandia. Thaksin, cuyo movimiento es conocido por los «camisas rojas» -en oposición a los «camisas amarillas» de sus rivales Alianza Popular por la Democracia-, continúa gozando de gran estima entre las clases populares. Sobre todo, en las zonas rurales. A pesar de ello, sus críticos acusan al exprimer ministro de enriquecerse a expensas del estado.

«Tenemos que superar la mentalidad de ?camisas rojas? y ?camisas amarillas?», reconoce Rome. «Si seguimos divididos, solo beneficiará al Ejército», añade.

Ignorancia general

En este sentido, el proyecto de constitución permite a los militares y a sus aliados designar «legalmente» gobiernos futuros. Una cuestión que agrava el peso político logrado por las fuerzas armadas en la últimos años. Más aún, tras el golpe de 2014. Esto permitiría a la cúpula marcial ejercer un estrecho control sobre el poder y supervisar la sucesión del rey Bhumibol Adulyadej (88 años), figura reverenciada en el país y cuyo legado será, de forma previsible, continuado en el príncipe Maha Vajiralongkorn.

«La mayoría de la gente no conoce el proyecto de constitución o no entienden su contenido», denuncia a ABC Jatupat Boonpattararaksa, miembro de Dao Din, organización opositora al golpe de Estado de 2014. El pasado año, Jatupat fue detenido junto a otros 13 colaboradores por manifestarse contra el Gobierno militar. «(La constitución) no es un proyecto para la democracia. El poder de la gente será menor. No se escuchará la voz del pueblo», destaca, por su parte, el activista Sombat Boonngamanong.

El opositor, quien liderara una de las facciones de los «camisas rojas», asevera que si el proyecto de constitución es aprobado «habrá una 'bomba' a punto de estallar. Porque no valora la democracia. No sirve a los intereses de las personas. No es justa y no sirven al propósito de reconciliación».

Mientras, en la provincia de Kamphaeng Phet, al norte de Tailandia, dos chiquillas de apenas ocho años de edad esperan sus «papeles rosados».

Y esta vez, la democracia pretende no ser rasgada.

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