Susana Díaz busca sacar 20.000 votos de ventaja a Pedro Sánchez

El diagnóstico en el PSOE es unánime. Pablo Iglesias no ha puesto en marcha una moción de censura para debilitar a Mariano Rajoy, sino para agitar, y si es posible convulsionar, la fase definitiva de la recogida de avales entre la militancia socialista, que concluye el jueves. Podemos ha pretendido que los dos principales aspirantes a dirigir el PSOE, Susana Díaz y Pedro Sánchez, se retraten. La primera lo hizo con un «no» automático, taxativo y demostrativo de su lejanía de intereses con Podemos. El segundo dio un «no» menos creíble, de modo mucho más tardío y matizado, haciendo hincapié en que lo relevante sería que Rajoy dimitiese, y no en si para ello sería necesario que Sánchez e Iglesias formaran coalición. Que lo sería, aunque Sánchez ahora no se prodigue en la idea.

En cualquier caso, por primera vez en dos años, una trampa de Iglesias al PSOE no surte efecto alguno. La hábil táctica de poner a los socialistas ante una tesitura imposible -o están con Podemos o están con el PP- no ha servido de nada esta vez, y su propósito de hacer implosionar las primarias socialistas desde fuera puede perjudicar a Sánchez más que beneficiarle. De hecho, una vez más la militancia socialista observa cómo su anterior secretario general se mueve en parámetros muy similares a los de Podemos, y ello les arrastró a dos derrotas electorales con sendos suelos históricos.

Objetivamente, la improvisada moción de censura de Podemos ha sido un hito en el camino del PSOE hacia las primarias. Un intento de Iglesias por sembrar confusión, desconfianza e incertidumbre entre los socialistas. Se trataba de transmitir al militante socialista un cierto sentido de orfandad ideológica que solo puede ser cubierta desde Podemos como única fuerza movilizada de la izquierda. Sin embargo, la reacción de la gestora del PSOE demuestra que en ningún caso el ardid de la moción condicionará su proceso de renovación. Fue Iglesias quien en febrero de 2016 cegó la ventana de un hipotético Gobierno del PSOE y dejó de ser fiable. Incluso, para un sector relevante de su partido, como el errejonista, ahora en fase de laminación.

Bravuconadas

La pugna entre Díaz, Sánchez y Patxi López va por otros derroteros. Aún nadie ha calculado en Ferraz el efecto real que tendrá una campaña que se ha visto muy disminuida por la corrupción del PP y de la familia Pujol. Están pasando inadvertidas bravuconadas como las dichas por el propio Sánchez -«no voy a ganar, voy a arrasar»- o intentos simplistas de desacreditar a Susana Díaz en Cataluña bajo la doble «acusación» de ser mujer y andaluza. Hojarasca irrelevante para una campaña de obligado perfil bajo, en la que Patxi López empieza a ser la evidencia de que es solo un convidado de piedra destinado a dividir el voto de Pedro Sánchez.

Los cálculos no son fáciles, pero Díaz confía en lograr un mínimo de entre 15.000 y 20.000 votos de ventaja sobre Sánchez, sobre la idea de que llegue a votar el 80% de los casi 200.000 militantes convocados. Andalucía es la base de toda su expectativa. Primero porque es la federación más numerosa, y la que probablemente condicione el resultado final con sus hipotéticos 40.000 votos.

El equipo de Díaz cree factible obtener al menos tres de cuatro votos en Andalucía, que junto a una mayoría más matizada y no tan apabullante, pero sí clarificadora, en Extremadura, Castilla-La Mancha o Madrid, sería suficiente. En Cataluña, Díaz calcula perder en una proporción de siete a tres frente a Sánchez, y en la Comunidad Valenciana la división de la militancia arrojaría un resultado prácticamente idéntico para cada uno.

En el resto de federaciones, salvo en la vasca, muy inclinada a Patxi López pero poco numerosa para condicionar el resultado definitivo, la fractura es muy evidente. No obstante, difícilmente podría sumar Sánchez los suficientes votos para compensar la mayoría susanista en Andalucía. Para el militante andaluz, percibir juntos a Felipe González, Alfonso Guerra, Rubalcaba o Zapatero en torno a Díaz ofrece poco lugar a dudas sobre su preferencia por un modelo de socialismo clásico frente a uno «visionario» y radicalizado.

La cuestión de fondo es la insalvable diferencia que hay entre un PSOE pronacionalista que abandera Sánchez, y un PSOE inflexible con la unidad nacional tal y como está concebida en la Constitución, que lidera Díaz. Frente a la reivindicación de la Declaración de Granada y la utopía de la España federal que reclama Díaz, Sánchez apela indirectamente a la consecución del poder con cesiones al independentismo y al populismo, como un mal menor frente a la prioridad de expulsar a la derecha del poder. Eso es lo que dirime el PSOE para aclarar su futuro, sencillamente porque ambas tesis no parecen compatibles.

El resto es puro tacticismo irrelevante, puro maquillaje para atraer al militante indeciso bajo retóricos mensajes de unidad en el partido y ausencia de rencor. Sin embargo, en las agrupaciones locales del PSOE, el día a día es muy distinto. Se pasa lista, se recuerdan favores del pasado, se moviliza a toque de corneta? y ya ni siquiera se contabilizan avales reales, sino votos virtuales. Esa es hoy su batalla, no hacer el trabajo sucio a Pablo Iglesias.

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