Sánchez rompe a Podemos

La principal virtud de Pedro Sánchez no fue tanto dar el paso de ofrecerse para formar un gobierno imposible y apostar a ciegas, sino haber convertido un fracaso político como fue la votación de investidura en un éxito personal con la ayuda de Albert Rivera. Su capacidad de soportar la presión en el envite ya no está en duda y ha logrado reafirmar su figura entre quienes albergaban muchas dudas en el PSOE sobre la endeblez de su liderazgo.

Primero, se sobrepuso a la presión de los barones territoriales que se opusieron, y casi le vetaron, a pactar con Podemos. Entonces, Pablo Iglesias se las prometía felices con la puesta en marcha de su proyecto para convertir al PSOE en tercera fuerza política y en un subalterno de la nueva izquierda, de modo que los socialistas fueran capaces de condicionar gobiernos, pero no de liderarlos. Podemos prediseñó la absorción de Izquierda Unida y su casi millón de votos para transformar sus dos escaños en una quincena supeditada a Iglesias. A su vez, el bajón del PSOE, inmerso en una crisis eterna, e irresoluble, de identidad, permitiría una nueva fuga de votantes socialistas hacia la arcadia de la izquierda neocomunista y populista en unas nuevas elecciones. Un plan sin muchas fisuras.

Sin embargo, el aguante de Sánchez ha sorprendido incluso en el PSOE. Su mano izquierda en la dominación aparente de sus barones críticos, y su paciente espera a que la fragilidad interna en Podemos sucumbiese en una fractura seria de la formación de Iglesias ha dado frutos. Casi sin querer, y solo esperando la maduración de un proyecto incompleto y anárquico como Podemos, Sánchez ha roto ese partido. Para no haber «pablistas» o «errejonistas», como sostiene Iglesias con nula convicción, Podemos lo disimula bien.

El «no» al PSOE ha terminado por hartar al sector menos populista y más posibilista de ese partido, y le ha empujado a plantar cara a Iglesias. Sus modos autoritarios, su afán de purga, y su indisimulada ambición de poder han hecho el resto. Estructuralmente, Podemos siempre estuvo cogido por alfileres. Su debilidad real era compensada por el hiperliderazgo de Iglesias, y por una campaña de propaganda y demagogia no conocida hasta ahora en democracia, acompañada de una humillación mediática sin parangón. Hoy, donde todo eran virtudes, emergen los reproches.

Una parte sustancial de la izquierda censura la intransigencia de Iglesias y en cierto modo ha convertido a Sánchez en una víctima. La «teoría de la pinza» con el PP no ha desgastado a Rajoy, sino a Podemos. Las ambiciones personales, las pugnas de ego, han hecho el resto.

La imagen de Sánchez implorando ayuda a Tsipras no era la de un fracasado mendigando una investidura a cambio de unas monedas. Tenía su destinatario: el votante de Podemos que empieza a cuestionar el cesarismo de Iglesias. A su vez, Izquierda Unida se resiste a ser fagocitada. Quizás, al estratega Iglesias, a quien todo le vino rodado por su inteligencia a la hora de capitalizar la indignación ciudadana contra los vicios de la corrupción, le vienen grandes las crisis internas. Cosas del neo-leninismo. Comprobarlo será cuestión de tiempo.

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