Presos de ETA debaten la disolución para acelerar su salida de las cárceles

«Se prevé un proceso de reflexión entre toda la militancia de ETA a partir de primavera». Con estas palabras el etarra David Pla, preso en Francia y designado por la banda «interlocutor para la resolución del conflicto», anunciaba en una entrevista publicada en «Gara» en febrero pasado no solo la disposición de la banda a entregar las armas -lo que está previsto que se produzca este sábado- sino a debatir su propio futuro. Y lo enmarcó en el «proceso de refundación de la izquierda abertzale».

El martes, uno de los «mediadores», Michel Berhocohirigon, afirmaba en una entrevista en ETB que en el acto del sábado se hará público un manifiesto «muy importante que marcará el pasado y el futuro» y añadió que tras el desarme «será posible todo aquello que hasta ahora no lo era».

Los expertos antiterroristas consultados por ABC afirman que la banda, derrotada por el Estado de Derecho sin haber conseguido ni uno solo de sus objetivos, necesita tanto el desarme como el posterior anuncio de ese final para, primero, intentar dar la sensación de que tienen la iniciativa; y segundo, y no menos importante, para resolver el gran problema de la organización: el colectivo de presos, ahora mayoritario y en el que ya hay síntomas de descomposición. Y es que ETA tiene muy claro que el Gobierno solo moverá ficha si se dan las dos condiciones: entrega de las armas y disolución. «El único camino de ETA es la disolución, la entrega de armas, el arrepentimiento y el resarcimiento del daño causado», insistió ayer el ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido.

En realidad, algunas de las fuentes consultadas, con decenas de años de experiencia en la lucha contra la banda, consideran que ETA, como tal, dejó de existir el 20 de octubre de 2011, con su comunicado de cierre definitivo del terrorismo. «Una banda terrorista que no comete atentados, y mucho más si ahora entrega las armas, no se puede considerar como tal», argumenta este experto. En lo que todas las fuentes consultadas coinciden es que el desarme anunciado para el sábado, simplemente, es solo un paso, ya previsto hace tiempo, para llegar hasta el fin último, que es disolverse de la forma menos vergonzante que sea posible.

«No van a pedir perdón, porque para ellos sería otra humillación y un nuevo reconocimiento de que apenas llegan a ser una cuadrilla de pistoleros, sin estructura, apoyo social ni capacidad de actuar; pero probablemente sí harán un gesto que marque el final de ETA como tal, de nuevo adornado con todo lo necesario para que se convierta en un acto de propaganda», precisan los expertos.

«Proceso popular»

En la citada entrevista en Gara, el terrorista David Pla daba algunas claves: «Hace ya dos o tres años, nos lo recordaban diferentes compañeros que estaban presos. Que no nos quedáramos bloqueados en la resolución del conflicto, en el intento de abrir un nuevo tiempo de negociación o en la lucha por liberar a los presos. Que lo importante era seguir en el proceso de liberación (...). La izquierda abertzale acaba de concluir que, en esta fase política, el proceso de liberación avanzará mediante un proceso independentista popular y ahí deben situarse todas las fuerzas»...

De nuevo ETA situaba el famoso «proceso de liberación» -por lo demás, y son conscientes de ello, una entelequia inalcanzable-, como excusa para seguir dando pasos hacia su liquidación final, obligada por la actuación de las Fuerzas de Seguridad, la cooperación internacional y los tribunales de justicia.

«La mayor parte de ETA, y desde luego los individuos con más peso, están dentro de las cárceles. Aquello de que las órdenes se daban desde fuera de las prisiones y se cumplían dentro ha pasado a la historia», sostienen las fuentes consultadas. Muchos de los presos, a los que aún les quedan años de condena, están hartos: mientras ellos ven pasar los años encerrados lejos de sus familias, la rama política, EH-Bildu o Sortu, ha entrado en el juego democrático y sus miembros disfrutan de las ventajas que eso les proporciona. Además, ni España ni Francia se mueven de su posición, por lo que saben que tienen que dar el paso definitivo para aliviar su situación. Hay que recordar que muchos de los etarras encarcelados comenzaron a buscar salidas personales a su situación -eso forzó a la banda a autorizar ese tipo de movimientos- y que el desánimo en la militancia es absoluto.

Proceso largo

Por otra parte, los cabecillas etarras presos son perfectamente conscientes de que la banda ya no existe como tal, que no tienen capacidad de presionar al Estado y que lo único que queda fuera de las cárceles son unos jovencitos sin experiencia ni preparación, en los que no confían y a los que ni siquiera respetan. Por tanto, el peor de los escenarios posibles.

El «proceso de reflexión» anunciado en febrero por David Pla se hará, por supuesto, a través de intercambio de mensajes, ya que la mayor parte de los que participarán en él están entre rejas. «Será relativamente largo, de modo que hasta octubre o noviembre no es previsible movimiento alguno en este sentido. Antes estudiarán las reacciones que haya al desarme del sábado».

En cualquier caso, tampoco se espera que haya unanimidad en el colectivo. Aquellos que hayan sufrido una larga condena pero estén próximos a cumplir la pena intentarán desmarcarse; los que tengan por delante mucho tiempo de prisión serán los principales impulsores de la disolución, salvo alguno que sea especialmente recalcitrante».

Efecto inmediato

El efecto inmediato de esa decisión, y eso es algo que tienen muy presentes los etarras, sería el fin de la dispersión de presos, una medida que solo se justifica por la existencia de una organización, cuya cohesión interna se trata de combatir a través de esta medida penitenciaria.

«Si la banda no existe, legalmente no se puede mantener la dispersión; y así lo reconoció el propio Gobierno en la anterior legislatura. Pero mientras ETA no se disuelva, la simple entrega de armas no es suficiente para el fin de la misma», sostienen los expertos.

En ese escenario, los pasos serían relativamente sencillos: en principio, un esquema lógico sería que aquellos que estén próximos a salir en libertad y los enfermos sean los primeros en ser trasladados a cárceles del País Vasco; en el siguiente círculo se concentrarían aquellos a los que aún les quedan en torno a diez años, y finalmente, en un tercero, no demasiado alejado, los más duros. «Y no hay que olvidar -añaden las fuentes consultadas- que a partir del momento en que ETA se disuelva los terroristas pasarían a tener la consideración de presos comunes, con lo que eso supone en el tratamiento penitenciario».

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