Placebos de la demogresca

Resulta muy aleccionador contemplar la evolución de los dos placebos que la demogresca brindó hace unos años a la ciudadanía (o sea, el pueblo hecho papilla). La facción denominada Podemos empezó con ínfulas de «asaltar los cielos»; pero el tiempo ha probado que solo quería asaltar las poltronas, que son mucho más cómodas y pingües. Creada para capitalizar la indignación del 15-M, la facción llamada Podemos prometió una nueva patria fundada sobre la justicia social, en la que los bancos dejasen de robar, las multinacionales inclinasen la testuz ante el Estado, los servicios públicos fuesen universales y los trabajadores volviesen a disfrutar de un salario digno. Pero, una vez asaltadas las poltronas, Podemos no hizo nada por lograr aquella patria prometida: crecieron las desigualdades sociales, los servicios públicos siguieron adelgazando, los bancos robaron con más desparpajo que nunca (como todo modesto ahorrador sabe) y las multinacionales pusieron de rodillas al Estado y dieron por retambufa a los trabajadores, cuyos salarios se parecen cada vez más a las propinas. ¿Y que hizo Podemos, entretanto, además de lanzar eslóganes vacuos? Desde los Ayuntamientos, instalar carriles bici y cambiar los nombres a las calles; y desde el Congreso, proponer más derechos de bragueta, para que los trabajadores puedan indagar el «género» de sus orificios, mientras los despluman de sus últimos derechos laborales y a sus pobres hijos los empluman en la escuela. Y, para completar su traición a los trabajadores, Podemos se ha dedicado a hacer un patético postureo en Cataluña, tan ambiguo como contrario a esa patria fundada sobre la justicia social que había prometido.

La traición de Podemos ha sido tan mayúscula que muchos de sus desorientados votantes confiesan a los encuestadores que, si ahora hubiese elecciones, votarían de buen grado al otro placebo urdido por la demogresca, la facción llamada Ciudadanos. Lo que no deja de tener su gracia cínica, pues Ciudadanos fue aupado en su momento como un «Podemos de derechas» desde ámbitos plutocráticos, temerosos de que Podemos se saliese de madre y no se atreviese a consumar la traición que la demogresca le había encomendado. Estos temores se han revelado a la postre infundados, incluso irrisorios, pero entretanto Ciudadanos ha crecido como la espuma, en volandas de la crisis catalana, para regocijo de quienes la auparon. Si el éxito de Podemos consistió en capitalizar la indignación de una izquierda a punto de echarse al monte, el éxito de Ciudadanos consiste en capitalizar la mala conciencia de una derecha que ha renegado de todos los principios que sus mayores defendieron. Y, para hacerse perdonar, esa derecha que antaño se proclamaba católica necesita aferrarse a un fetiche que supla y haga olvidar los principios que otrora defendió (siempre con menguante denuedo), hasta finalmente traicionarlos (siempre con creciente entusiasmo). Ese fetiche es la «unidad de España»; una unidad fantasiosa, pues la única unidad posible para España (como un Menéndez Pelayo profético nos enseñó) es la que se funda en la fe común y en los principios que esa fe proclama, de los que la derecha ha renegado. Pero, allá donde faltan los principios, los fetiches dan el pego y limpian conciencias renegridas.

Es comprensible que los votantes de Podemos estén dispuestos a votar de buen grado a Ciudadanos; como mañana lo sería que los votantes de Ciudadanos estuviesen dispuestos a votar a Podemos. Unos les prometen una justicia social falsa; los otros les prometen una unidad nacional fantasiosa. Y ambos les regalan derechos de bragueta a mansalva, que es lo que en el fondo anhelan los pueblos esclavizados y envilecidos.

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